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MIRADAS: Dalí, el reflejo del marqués des Esseintes

15/07/2009 00:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Salvador Dalí comentaba haber vivido la muerte antes que la vida, habiéndole dicho sus padres que él era la reencarnación del primer hijo del matrimonio, también llamado salvador y muerto prematuramente.

Dalí en sus Confesiones Inconfesables comenta: "nos parecíamos como dos gotas de agua, aunque con distintos reflejos". Lejos de saber si esta historia es del todo cierta o si está teñida de imaginación daliniana, lo que si puedo asegurar es que los padres de Dalí en parte llevaban razón. Con una salvedad, confundieron la identidad de la persona que había decidido reencarnarse en su adorado niño ya que, si alguien eligió el cuerpo del pequeño como nueva morada, no fue su hermano Salvador, sino un personaje que comparte con Dalí tanto parecido como reflejos, el marqués Jean Floressas des Esseintes.

Des Esseintes, el excéntrico protagonista de la obra cumbre de Huysmans, A Contrapelo, decide huir de un mundo que le produce insatisfacción y cuyos placeres ha gozado y exprimido hasta la última gota. Guiado por una insaciable sed de ideal, y con el firme deseo de buscar un comportamiento que se aleje al máximo de lo considerado común y normal en la sociedad de su época, decide huir a su apartada mansión. Allí buscará, a través de diversas experiencias estéticas, el camino que le permita penetrar en lo desconocido.

Des Esseintes llenara su mansión con aquellos libros y obras de arte que demanda su exacerbada sensibilidad. Poniendo siempre sus ojos en aquellas piezas evocadoras que lo transporten a un mundo oculto, ignorado, que puedan alterar su percepción del mundo provocándole diversas pasiones, ensueños angustiosos y visiones de toda índole.

La lista Des Esseintes

Entre estas obras de arte, se encuentran cuadros de Gustave Moreau, Odilon Redon y El Greco. No cabe la menor duda de que, si este curioso personaje hubiese nacido algunas décadas más tarde, el nombre Salvador Dalí habría estado el primero de la lista y habría coleccionado y contemplado sus cuadros hasta la extenuación. Puestos a elegir, El Autorretrato Cubista y El Gran Masturbador habrían ocupado sin duda un sitio de honor, pues expresan a la perfección tanto el malestar y el desequilibrio del personaje como sus aspiraciones estéticas, manías y obsesiones.

Resulta curioso, y cuanto menos intrigante, oscuro e incluso siniestro, que dos personajes de procedencias, orígenes y épocas tan dispares, puedan transmitir exactamente las mismas sensaciones e inquietudes, y que puedan hacerlo de una manera tan clara y visceral. Porque si está claro que conseguir despertar en los demás sensaciones e intranquilidades propias es realmente difícil, queda más claro aún que las obras a tratar lo logran con creces.

Tanto al contemplar El Gran Masturbador de Dalí como al acompañar al personaje de Huysmans en sus diversas aventuras estéticas, hay una serie de elementos recurrentes que nos siguen allá donde vamos. Un marcado nivel esteticista y antinaturalista. Tanto Des Esseintes como el pintor en su cuadro, buscan una estética que les permita acceder a la sensación de lo desconocido, profundo e inexpresable. Se trata de una búsqueda estético emocional que tiene como fin tocar lo intocable, alcanzar a través de la imaginación, el sueño, el artificio y la emoción estética, aquello que los ojos nunca alcanzan a ver, algo que nos está prohibido, inalcanzable.

Nueva visión

Des Esseintes considera en todo momento el artificio como "rasgo distintivo del ingenio humano" y, como bien dijo Bataille, "hablo de Salvador Dalí cuya pintura antaño me pareció ardiente y de la que apenas veo hoy sino el artificio".

Pero no nos engañemos, aquí el arte y la estética juegan un papel de primer orden, que sobrepasa el puro deleite y la contemplación ociosa. En ambos casos, el arte es el desencadenante de una nueva visión, ya no debe propiciar calma o serenidad, sino que debe imbuir estremecimiento y desasosiego. En los convulsos y fulminantes tiempos modernos que viven estos dos excéntricos personajes, el arte no puede ser un camino de rosas, y aspirar a la quietud contemplativa no es ni mucho menos su fin. Muy al contrario, debe producir la subversión del espíritu y gracias a ello posibilitar una comprensión mas profunda de la vida y la experiencia.

Ya los simbolistas, movimiento del que A Contrapelo es sin lugar a dudas la novela por excelencia, abrieron el camino para situar el objetivo del arte en esa búsqueda de un modelo puramente interior. Algo que en el siglo XX Dalí y sus amigos surrealistas también colocarán en el horizonte del arte de nuestro tiempo, a la vez que como indicio de la quiebra definitiva e irreversible de la mimesis clásica.

En A Contrapelo, el personaje nos muestra como la vida se ha tornado radicalmente distinta, incomprensible para una mirada directa o ingenua. Des Esseintes decide rastrear lo que la superficie en sus diversos y depositados estratos no permitía ver. Se trata de bucear en las profundidades con el fin de alcanzar ese mundo que se nos presenta cerrado, oculto e ignorado y que permite alcanzar el otro lado de la realidad que la constituye como tal. ¿Y qué intenta Dalí sino tocar lo desconocido a través del desarreglo de todos los sentidos?

Imaginación y ensueño

Por lo tanto, este viaje de la sensibilidad exacerbada, a través de la literatura, el placer y el arte, se presenta como una huida a lo desconocido, un intento de llegar a lo más profundo del mundo ignorado. La imaginación, la saturación de los sentidos o el ensueño son para ellos experiencias transformadoras que les acercan al absoluto. Tanto Dalí como Des Esseintes buscan una vida más real, y se revelan en contra de la situación que les ha tocado vivir.

Dalí, el iconoclasta por excelencia, convirtió la censura en un estimulo. Su actitud no fue nunca la de un revolucionario que pretende cambiar un modelo social por otro que considera mejor, sino la de un rebelde perpetuamente insatisfecho porque ningún modelo posible es capaz de acomodar su singularidad altiva. Esto mismo le sucede al personaje de A Contrapelo, que incluso emprende una huida para alejarse de ese mundo que le rodea, buscando una vida más real y revelándose en contra del modelo establecido. Su rebeldía se aleja de los hábitos de la época, adoptando un estilo de vida que resulta chocante para el resto de los hombres.

Dalí y Des Esseintes intentan con su desconcertante actitud vital superar la oposición entre el principio de placer y el principio de realidad por medio de una calculada y deliberada fusión de arte y vida, atravesada siempre por la imaginación. Así intentarán hacer de su existencia una continua exaltación emocional y espiritual, una auténtica obra de arte

Pero el concepto de belleza y de placer que ellos persiguen se aleja del concepto clásico creado ya en época griega. Tanto Des Esseintes como Dalí basan todo su deleite en el exceso y la desmesura. Se caracterizan por tomar experiencias estéticas que en si mismas resultan placenteras y llevarlas hasta el extremo, dilatarlas y explotarlas de tal modo que lo que en un principio parecía bello acabe resultando angustiante, dejándonos sin aire y al borde del colapso. Se trata de esa belleza convulsiva de la que tanto habló Bretón y que acabaría alcanzando su apoteosis con Dalí.

Minando en salud

Al avanzar en la lectura de A Contrapelo, aparecen los problemas internos que sacuden al protagonista, un hombre que se siente desbordado, y cuya máxima dolencia me atrevo a decir es la melancolía –enfermedad que según Freud "se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones" –. Porque, ¿qué hace Des Esseintes durante todo el libro sino castigarse?. Capitulo a capítulo, el personaje va minando su salud, y a través de sus distintas obsesiones, manías y excesos estéticos va matando asimismo todo aquello que antes amaba y por lo que sentía aprecio. Se trata de un hombre fracturado, roto, craquelado, igual que ese Dalí que en 1923 se autorretrata a la manera cubista, mostrando su yo igualmente dividido en mil pedazos. Si nos fijamos en esa fecha de realización, 1923, vemos que el final de la Primera Guerra Mundial aun era muy reciente y que Dalí estaba viviendo esos difíciles años locos.

Nos encontramos por lo tanto ante dos seres de extremada sensibilidad, viviendo tiempos desconcertantes, delirantes. Épocas en las que la inquietud y la angustia se vuelven parte del día a día.

Con la transformación de la concepción del mundo, la conmoción de las nuevas ideologías y la secularización de la sociedad, se produce un profundo cambio en la actitud del hombre. Vive en un entorno que le resulta ajeno y a la vez propio, y no logra salir de su extrañeza. Se despierta en él un sentimiento de Apocalipsis, crisis y derrumbamiento que hace que busque otras realidades posibles, o bien añorando los tiempos pasados, o intentando alcanzar ese otro universo que se esconde tras el velo de todo lo que vemos.

La melancolía se vuelve por tanto una negación trágica de este mundo. Y en este caso esta negación les llevará a la búsqueda de otra realidad, a través, como ya hemos visto, de visiones oníricas, alucinaciones, alteraciones de los sentidos y excesos. Estos dos personajes comparten por tanto la misma dolencia: la melancolía, ese exceso de humor negro en la sangre al que se refirió Aristóteles. Un arma de doble filo que conlleva tanto el don de la creación como su inseparable maldición y cuyo fruto ha llevado a estos dos personajes a entrar de lleno en la Historia.


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