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La misma rosa pálida

09/02/2012 19:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A falta de dos días para que se celebrara la boda, el automóvil de Merche se engarzó contra las ramas del único árbol que se atrevió a frenar aquella aparatosa caída desde el puente. Tardaron dos días en rescatar el vehículo..

A falta de dos días para que se celebrara la boda, el automóvil de Merche se engarzó contra las ramas del único árbol que se atrevió a frenar aquella aparatosa caída desde el puente. Tardaron dos días en rescatar el vehículo, que colgaba como un adorno navideño en la rama más alta, de tal manera que terminó siendo noticia en la página secundaria de algún periódico. La fotografía, aunque era en blanco y negro, dejaba intuir la tragedia, mostrando un amasijo de hierros y ramas.

Yo desayunaba sentado sobre el taburete de una cafetería, removiendo con la cucharilla la taza de café frío mientras tarareaba los titulares de las noticias, pasando páginas sin detenerme en ninguna en particular. Aquella foto, sin embargo, me roció los ojos con pegajosa curiosidad, y no tuve más remedio que regalarle toda mi atención. Así, de esta manera, me enteré de la muerte de Merche.

Aquella misma tarde se celebraba el funeral. Acudí en riguroso luto, ante las puertas de una iglesia atestada por varios centenares de conocidos que, como yo, debían haber estado celebrando un enlace y no un entierro. El féretro blanco y cerrado iba seguido muy de cerca por Marcos, el prometido y el viudo, las dos cosas al mismo tiempo, ambos caminando sin mirar a nadie, pegados al ataúd del cual nadie conseguía apartarles. Lo intentó el cura, un hombre anciano curtido en el consuelo de lo inconsolable, se llegó hasta el joven, biblia en mano, y le habló muy despacio al oído. Marcos, arrugado dentro de su propio traje, no consiguió prestar atención a ninguna de aquellas palabras. Tampoco hizo caso de los continuados pésames que recibía, palmeándole la espalda, ánimo, Marcos, no te hundas, aquí nos tienes, qué profunda desgracia, para lo que quieras, en cualquier momento, ya lo sabes, estamos todos contigo, yo estoy contigo, qué honda desdicha, puta vida…

Algunas horas más tarde la tumba ya era de tierra, construida contra el suelo, y Marcos continuaba allí, sólo, junto al agujero blanco y abierto. Le temblaban los labios, como si fuera a decir algo, pero solo conseguía apretar los puños, desinflando sus pulmones. A sus pies, de manera provisional, descansaba la pequeña lápida que habría de cubrir definitivamente la ausencia de Merche. Su nombre estaba allí gravado, “Merche López Prados, 1985-2011”. Seguido de una cita escogida por el propio Marcos. Decía: “Te estoy amando aún entre estas frías cosas”.

Aquella semana las idas y venidas de Marcos al cementerio se hicieron continuas y no se marchaba si no era que el sepulturero apareciese pala en mano, ahuyentando los malos espíritus. No permitía que los familiares se quedaran mucho tiempo visitando a sus difuntos, sobre todo al anochecer, no fuera a ser que aquella actitud desvelara el sueño eterno de alguno de ellos; por este mismo motivo, le negó a Marcos la posibilidad de quedarse a dormir allí, y le espantó las ideas con el hueco de la pala, sin dejarse doblegar por la piedad. De esta manera, con el cuerpo deshecho, desgastada la esperanza, pululaba Marcos arrastrando los pies, yendo y viniendo hacia ninguna parte.

Una mañana temprano, dos meses más tarde, vi a Marcos de lejos, mientras caminaba entre una multitud de gente. Quise saludarle, abrazarle con efusión, hablarle algunas palabras, tal vez incluso volver a disfrutar de la melancolía del pasado. Así que lo invité a un café y él aceptó. Nos sentamos apartados, lejos del bullicio, y comenzamos a hablar, evitando que la conversación pudiera derivar en doloroso recuerdos. Pude observarle con atención y encontré a un amigo deformado, con unas ojeras que le hinchaban la cara, aviejándole la mirada. Le temblaba el pulso cada vez que se pasaba la mano por la frente pero, sobre todo, lo que más eché en falta fue el brillo que siempre habían tenido sus ojos. Noté que había desaparecido el resplandor y él notó que yo lo observaba con demasiada atención.

-¿Acaso no me reconoces ya?- se atrevió a preguntar.

-Creía que sí. Pero bueno, el tiempo pasa y obliga a madurar…

-Madurar no, amigo mío. El tiempo pasa y nos envejece, nos deshidrata por dentro. Y por como te quedaste mirando, yo no puedo decir ni eso. A mí me está consumiendo, me devora. Uno a uno, se queda con todos mis recuerdos…

No quise añadir ningún comentario. Le veía mucho más demacrado que el día del entierro y supuse que se estaba muriendo de tristeza.

-Oye, Marcos, te invito a comer. Así nos ponemos al día…

-Hoy no puedo, imposible… De verdad que no puedo. Yo…, tengo una cita muy importante, no puedo… No, será mejor dejarlo para otro día. Yo…

-No te apures. Ya comprendo. Tengo aquí mismo el coche. Si no te importa, te acompaño a la cita…

Asintió y conduje derecho hacia el cementerio. Diez minutos más tarde atravesábamos una hilera de crucifijos, derechos hasta la tumba de Merche. Yo no la había visitado desde el entierro y me asombró la pulcritud con que estaba cuidado. Junto a la pequeña lápida que había a la cabecera, sobre la tumba, un césped que parecía artificial alfombraba todo el terreno. Y en el mismo centro alguien había dejado clavada una rosa blanca, reluciente, como si de verdad acabara de germinar. Quise preguntar su significado, si es que lo tenía, pero entonces percibí sobre la mirada de Marcos el fulgor de aquel brillo de antaño, mientras se dejaba hipnotizar por la presencia de la flor. No me atreví a interrumpir. Así que me contenté con volver a contemplar la cándida rosa.

-Es muy bella, ¿verdad?- preguntó él sin apartar la mirada.

Lo era. Como el vértice de unos ojos. Y tuve que decírselo.

Marcos se giró para mirarme.

-Acudo todos los días. Sin excepción. Y está como el primer día. ¡Tan bella como el primero!... Y de eso hace ya dos meses.

-¿Qué está como el primer día?

-…Nació entonces, el mismo día que la enterraron. La rosa. Allí estaba, ni me atrevía a tocarla, por miedo a estropearla. Y ahora mírala. No entiendo cómo pero ha sobrevivido. No ha crecido, ni se ha marchitado. Está ahí, todos los días…

Me acerqué lentamente hasta el tallo. Cuidando de no verbalizar mi razonable postura: ¿Que no se ha marchitado la rosa? Será que es de plástico, qué puede ser si no.

-¿Lo hueles?

Dije sí con la cabeza mientras, de cuclillas, a tan solo un palmo escaso de la flor, intentaba averiguar la trampa. Era verdad que notaba cierta fragancia que parecía nacer justo bajo mi nariz, y tentado estuve a rozar sus pétalos. De buena gana hubiera arrancado uno para ponérselo a Marcos entre los dedos, a quién pretendes engañar, fíjate, es de plástico… Pero no hice nada. Embriagado por el aroma, el bálsamo se me volvía cada vez más familiar, más cercano. Conocía ese olor: podría ser el de alguna colonia, o simplemente la esencia de algún recuerdo.

-¿Lo reconoces?- me volvió a preguntar, acercándose a mi lado, sin apartar la mirada de la rosa.- Cuando me despertaba el fin de semana, aunque no hubiera que trabajar, yo me levantaba a las ocho. Tenía el despertador, el móvil, y me lo guardaba en la mano, en modo vibración, y así me dormía con él bajo la almohada. De esta manera me podía levantar y sorprenderla con el olor del desayuno que le llevaba a la cama. Entraba muy despacio, de puntillas, bandeja en mano, humeantes las tazas, y lo dejaba todo sobre mi lado de la cama. El aroma del café recién hecho terminaba por despertarla, era cuestión de segundos, comenzaba a olisquear desde sus sueños y para cuando entreabría los ojos ya paladeaba el penetrante olor del desayuno caliente. Yo la esperaba desde la cabecera, inclinado sobre su rostro que me daba la espalda, a que terminara de despertar. En ese preciso momento y, a pesar de los apetitosos olores que se desparramaban desde la bandeja y que llenaban la habitación, yo seguía sintiendo el aroma que emanaba de su cuello, la esencia misma de Merche, ella misma evaporándose por entre los poros de su piel. Era inconfundible. Irrepetible.

-Marcos, es solo una flor…

-La reconocí entonces y la reconozco ahora. Su aroma. Ese intenso aroma, mírala bien, es ella, ¿no ves que es ella?- y me cogió de la solapa, con prisas-, ¿es que no lo ves?

Cuando me despedí de su lado me quedé contemplando el rastro leve que iba dejando su figura consumida por la pena. Se movía como un fantasma y tuve que arañarme las manos para aguantar las lágrimas, consciente de la locura de mi amigo. Recuerdo que pensé en ese instante que Marcos no soportaría la erosión del tiempo, que acabaría evaporándose de pena. Y me alejé con una sensación de aturdimiento en la memoria, intentando no dar crédito alguno a la perturbada posibilidad que había sugerido mi amigo.

No volví a verlo hasta varias semanas más tarde, cuando me lo crucé en una estación de tren. Yo regresaba de un viaje agotador y él aguardaba para embarcar, y ante las puertas del mismo vagón intentamos cruzar a la vez. Él se detuvo a mitad de trayecto, sonriendo con un brillo deslumbrante. Yo pedí perdón, retrocedí, dejé espacio para que subiera. Pero él seguía sonriendo, sin moverse del escalón, mirándome con desgarro. Arrugué la cara, molesto por la descortesía del extraño, hasta que, de repente, conseguí distinguir unos rasgos reconocibles. ¿Marcos? Y nos fundimos en un medio abrazo.

Me extrañó sobremanera el asombroso cambio que se había producido. Estaba recuperado del todo. Era el mismo Marcos de entonces, el que sonreía mientras se abrazaba a ella, el mismo de las fotos de antaño, cuando Merche vivía. Su rostro desbordaba felicidad en cada gesto, incluso su voz se había suavizado. Jovialmente, me preguntó qué tal me encontraba y apenas pude balbucear algunas palabras. Tragando saliva, me apresuré a bajar los escalones que conducían fuera del tren, dejando a Marcos en el interior. Ni si quiera me atreví a preguntarle a dónde iba. Nos quedamos así un rato, sin decirnos nada, hasta que arrancó el tren. Él todavía me saludó, sin olvidar la sonrisa, mientras se alejaba lentamente. Yo resoplé amargamente, con la mano agarrotada de uñas, esperando a que el vagón desapareciera definitivamente.

Cuando se hubo alejado, quise creer que todo había sido una ilusión. Intenté imaginar que aquel encuentro no se había producido, que no había pasado nada. Me convencí de ello: aquella persona con la que me había cruzado no podía ser mi amigo, alguien quien tan solo hacía unas semanas se consumía de locura; no podía ser aquella la misma sonrisa, ni mucho menos el mismo brillo tan característico de sus ojos, extinguido tras la muerte de Merche; pero, sobre todo, no podía ser que, sobre la imperturbable y fragante solapa de la chaqueta de aquel extraño, rociada de escarcha, destacara una reluciente rosa, a la altura del corazón:

La misma rosa pálida que vi aquella mañana.


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Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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