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No modulan la voz, no saben actuar... ¡No se los pierdan!

14/12/2017 20:25 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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La historia cobra interés cuando se diluye el narrador y cobra protagonismo lo narrado. Por eso, es un ejercicio de generosidad: estar y al mismo tiempo no estar. El pasado 13 de diciembre se presentó en Madrid Diario vivo, un ejercicio teatral y periodístico novedoso por estos lares, veterano más allá de nuestras fronteras, donde también ocurren cosas importantes.

Talía no ungió la frente de Margarita Xirgu. Nadie calzó coturnos. No hubo hybris. Pero sí se produjo la catarsis. El público asistió a una realidad desnuda, directa, transmitida solo a través de la palabra y de la presencia física, a veces temblorosa, titubeante, contundente, de seis periodistas sobre un escenario. Arte efímero, híbrido, teatro documental e hiperrealista. Exposición desnuda del resabiado, del metomentodo, de la osada, del sensible, de quien no ha perdido la capacidad de sorpresa, de la veterana. Quizá no lo parezca, pero estas son algunas de las virtudes de la profesión. Hay también vicios, pero no se personaron en el Palacio de la Prensa.

Se nos advirtió de que aquello sería único, irrepetible, efímero. Que lo guardáramos en la memoria porque no habría documentos gráficos ni sonoros. No me parece mal que volvamos a la tradición oral..., pero yo les voy a contar a ustedes una miaja, porque no hay derecho a que seis historias como seis soles permanezcan solo en la memoria de los pocos que aquella noche formamos secta, y perezcan con su estirpe. No tomé fotos, ni tomé notas. Así que, fiel al espíritu de la propuesta, vamos a considerar este escrito como una confidencia boca a oreja. Una vez leído, si me hacen el favor, lo rompen.

Sergio del Molino rompió el hielo. ¿A quién le importan las Hurdes?, nos interpeló. Y desgranó la conexión milagrosa del lugar que ocupábamos con Las Hurdes, tierra sin pan, el documental de Luis Buñuel de 1933. Allí, en el Palacio de la Prensa, lo presentó su autor ante Marañón, Ortega, Lorca, Acín... Mutatis mutandis, nos encontrábamos en medio de la vorágine de la historia. Pero Sergio del Molino no detuvo ahí su narración. Él es el autor de un libro fundamental sobre lo que ocurre actualmente en nuestro medio rural, La España vacía (2016). Y, con el propósito de documentarse, recorrió las Hurdes en sentido inverso al seguido por Buñuel. No encontró el primitivismo que buscaba, pero sí el recuerdo de la ofensa infligida por el aragonés a aquellas gentes. Los ancianos, entonces niños, aún lo recuerdan. Hasta ahí el tópico. Pero, ¿por qué olvidan, por qué esconden, por qué blanquean el pasado los hurdanos? ¿Lo hace también el resto de los españoles? Es aquí donde asoma el ensayista perspicaz, el orador, el viajero crítico. Razones para el olvido hay muchas, pero no más que para el recuerdo.

Alfonso Armada resumió en A cámara lenta una historia sublime acaecida en Ruanda, en pleno genocidio. No imaginen un héroe, sino una persona asustada y conmovida. Empotrado en una unidad de cascos azules italianos, acude al rescate de dos sacerdotes cristianos. Es testigo de la atrocidad. Entre un mar de cadáveres vislumbra un brazo fino, delicado, que lanza un S.O.S. tímido, como sin querer molestar (la imagen lo perseguirá a lo largo de más de veinte años). Armada se lo comunica al capitán de la expedición, quizá tan asustado como él. La respuesta resume las inconsistencias e incapacidades de las Naciones Unidas: "Hemos venido a rescatar a dos sacerdotes cristianos, y no vamos a cambiar nuestra misión".

En Bienvenida, señora Ibárruri, Soledad Gallego-Díaz nos devuelve el espíritu de la transición española con el simple comentario de un par de fotografías de las que fue testigo. Todo ocurría muy deprisa, nos confiesa, y ella tuvo la suerte de estar allí y ver. Recuerda el momento en que Adolfo Suárez recibe a Pasionaria a la puerta del hemiciclo. El momento histórico se resume en un icono, podríamos decir. El burócrata nacido de las tripas del franquismo estrecha la mano del comunismo. Pero hay otras relaciones menos evidentes que Soledad Gallego-Díaz nos desvela. Rafael Alberti y Dolores Ibárruri descienden las escaleras del hemiciclo para ocupar la presidencia de la mesa de la cámara. Todos los diputados vuelven la mirada hacia ellos, incluido Leopoldo Calvo Sotelo, sobrino de José Calvo Sotelo, el diputado monárquico asesinado el trece de julio de 1936. Su verbo era violento. Pero unos días antes de su asesinato, según se encargó de difundir el franquismo, Pasionaria le advirtió de que aquel sería su último discurso en las cortes. La acusación es infundada, pero Leopoldo, el sobrino del protomártir, creció en las entrañas de un régimen que señalaba a Pasionaria como inductora del asesinato de su tío. Por la misma época en que se encontraban Leopoldo, Adolfo y Pasionaria, Soledad Gallego-Díaz preguntó a su madre a quién iba a votar en la nueva democracia. "A Largo Caballero, como siempre", respondió la madre de Soledad.

Mayte Carrasco nos cuenta en La estrella de Belén que debe su vida a un yihadista, el que la sacó de Siria cuando las cosas se ponían muy chungas (un admirador de Bin Laden que lee a García Márquez y escucha a Britney Spears). Mayte no es una periodista al uso. Está más allá de las clasificaciones. No actúa bajo el paraguas de una organización. Se presenta de manera autónoma en Beirut y contacta con la resistencia siria. Confía en unos desconocidos que están en medio de una guerra y pasa con su ayuda al otro lado de la frontera, a través de un campo de olivos, corriendo sin saber a dónde, en mitad de la noche. Visita entonces un cuartel, algo parecido a un hospital y un media center. Contacta con gente a quien la guerra ha transformado. Se sienta inadvertidamente en una silla manchada de sangre y los milicianos le muestran el vídeo de una decapitación que se produjo poco antes en el mismo lugar. Aprende que en las guerras la gente también muere de un ataque al corazón. Conserva algunas fotos y sospecha que, de los retratados, hombres jóvenes todos ellos, apenas quedan unos pocos vivos.

En Baile gitano, Miguel Mora cuenta una historia tan ordenada como una jarana flamenca. La anécdota tiene en su boca la potencia de la greguería. A un flamenco le preguntó cómo era la posguerra: "éramos tan pobres que en los bautizos no nos comíamos los pasteles porque eran alquilaos". Ahí se resume todo. Una flamenca le definió el arte de la entrevista: "esto consiste en que yo hablo y usté cobra, ¿verdá?, Morita?. Pero no todo es sabiduría popular. Miguel Mora va tejiendo su historia en torno a un tesoro moral: deontología frente al linchamiento de Farruquito. Es obvio que la familia de Miguel Mora es la flamenca, y eso lo convierte en parte interesada. Pero pone el dedo en la llaga al denunciar el tratamiento desigual a payos y gitanos. Él no alzó la mano en contra de Farruquito, y tuvo por ello que comparecer ante la defensora del lector de El País. En un artículo no mencionó algunos detalles del caso. Detalles, por otro lado, que carecían ya de relevancia informativa, pues estaban en todas las columnas: el bailaor había atropellado mortalmente a un peatón (Benjamín Olalla), había omitido el deber de socorro e, incluso, había tratado de inculpar a su hermano. No hacer leña del árbol caído tiene un precio. Y solo algunos están dispuestos a pagarlo.

Por último, Michaëlla Cancela-Kieffer nos presenta en Nueve puntos amarillos el periodismo a vista de pájaro y nos demuestra que es posible empatizar incluso con una masa. La muchedumbre no se comprende desde dentro. Por eso accede a un balcón desde el que domina Vía Layetana el día en que se manifiestan decenas de miles de personas en contra de la violencia policial. Muchas de ellas han abandonado el recorrido oficial y se han encaminado a la comisaría de la Policía Nacional. El ánimo es pacífico, pero el ambiente es tenso. En cualquier momento puede saltar la chispa de la violencia (France Press, la agencia para la que trabaja Michaëlla, propuso enviar a todo el equipo de corresponsales cascos y chalecos antibala). Aparecen entonces en la cola de la manifestación unos puntos amarillos que, a medida que avanzan, disuaden a la muchedumbre de continuar por aquel derrotero. Poco a poco, de uno en uno, de grupo en grupo, la gente se da la vuelta y se pierde por las calles adyacentes. Los puntos amarillos alcanzan finalmente la cabecera y la gente se marcha. ¿Qué les han dicho? ¿Quiénes son? ¿Cuál es su superpoder? Michaëlla Cancela-Kieffer logra contactar con ellos. Se trata de jovencísimos miembros de una agencia de protección del medio ambiente. Nueve jóvenes con cascos y chalecos amarillos acostumbrados a apagar incendios. Uno de ellos afirma que cuando se quema el bosque se quema él mismo por dentro. Al llegar a la cabecera, se abrazan y dan por extinguido el incendio.

Seis historias, pues, narradas por seis testigos de excepción reunidos por François Musseau, editor de Diario vivo, corresponsal de Libération en España. No hay dirección actoral, ni escénica. Pero están sobre unas tablas, frente al público. Como se dijo de una famosa folclórica, aproximadamente: apenas modulan la voz, no dominan el espacio, no saben actuar, pero no se los pierdan (cuando vuelvan).


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2157 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
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