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El nieto de Gregorio Marañón destaca que su abuelo decía que el Cigarral era donde "su alma se serena y se resta

21/10/2010 22:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El académico Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, nieto del doctor Marañón, ha señalado que, según la confesión su abuelo, el cigarral que tenía en Toledo era el lugar "donde su alma se serena y se restaura", además de donde "escribirá casi todos sus libros".

En su conferencia 'Diálogo sobre Marañón y Toledo', ofrecida en el Centro Cultural CCM de Toledo, ha indicado que por esa casa pasaron "muchas de las personalidades españolas y extranjeras que han configurado la Historia del siglo XX".

El académico, que ha confesado que "excepcionalmente" quebranta el "principio de no hablar en público sobre Marañón", ha explicado que fue Benito Pérez Galdós, en su casa santanderina de San Quintín, quien, "con la poderosa y evocadora fuerza de su imaginación, inició al niño Marañón en el descubrimiento de Toledo", siendo con Galdós con quien Marañón realizó "su primera visita a Toledo".

El nieto del doctor ha explicado que su abuelo adquirió el Cigarral en 1921 y le puso el nombre de 'Cigarral Los Dolores', "en homenaje a Lolita, su mujer, a la que amaría apasionadamente toda su vida. La trascendencia que el Cigarral tuvo "en la vida de Marañón es inmensa".

Así, ha desvelado que su abuelo escribió, días de comprar el Cigarral, al pintor Ignacio Zuloaga diciéndole: "He comprado un "cigarral" en Toledo. El más bonito de los que hay por allí, con muchas flores y olivos, y un pequeño conventito que voy a arreglar muy bien para vivir allí unas temporadas. La vista de Toledo es formidable".

"CATEDRAL HUMANA"

Marañón ha apuntado que, según César González Ruano, muchos ilustres visitantes acuden a ver a Marañón como si fuera una "catedral humana". "Llegaba uno a él como a esos paisajes gratos donde es bueno reposar, desde él se ve el mar, y el día azul está sobre nosotros, fijo, seguro de que no nos va a dejar", escribió sobre él Juan Ramón Jiménez, ha relatado Marañón.

Por allí pasaron personas como Unamuno, Azorín, Baroja, Valle Inclán, Manuel Bartolomé Cossío, Zuloaga, Machado, Falla, Ortega, Pérez de Ayala, D'Ors, Madariaga, Menéndez Pidal, Gómez Moreno, Gómez de la Serna, Hernando, Azaña, Sánchez Albornoz, el pintor Solana, Jiménez de Asúa, Morente, Pí Suñer, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, José María Cossío, Benjamín Palencia, Fernández Almagro o el General De Gaulle.

Formaban también parte del núcleo más íntimo del Cigarral, Sebastian Miranda, Juan Belmonte, el Conde de Romanones, el Marqués de la Vega Inclán, José Hurtado de Mendoza, y "naturalmente los médicos".

Pero con toda, ha dicho el nieto del doctor, "lo más significativo de aquella afluencia de personas no es la lista de los innumerables visitantes de paso, sino la relación de los verdaderos amigos que se reunían con asiduidad en la paz del Cigarral, poseídos de un mismo espíritu liberal, para disfrutar conversaciones, compartir conocimientos y pensar apasionadamente en España".

EXILIO

Marañón ha relatado que a finales de 1936 sus abuelos salen de España hacia el exilio, "y el Cigarral será saqueado por las tropas nacionales, que harán con sus muebles y libros hogueras para calentarse o botín para repartirse". "Las bombas alcanzarán la airosa espadaña del Convento, que se derrumbará, hecha añicos, como un símbolo más de aquella barbarie", ha añadido.

Pero "hace un mes", ha agregado, "vino a verme el hijo de un Capitán del ejército nacional para devolverme el libro que su padre se había llevado en el saqueo del cigarral, setenta y tres años atrás", un tomo "de una excelente edición de las obras completas de Lope de Vega, que ya descansa, de nuevo, en los anaqueles de nuestra biblioteca". "Me alegra dar testimonio de este insólito y conmovedor gesto de reparación", ha enfatizado.

Según ha contado, su familia recuperó el Cigarral y cuando muere su abuela, en 1978, sus tías le brindaron el Cigarral a su padre, quien, desde la distancia de su puesto de Embajador en Argentina, "para sorpresa de propios y extraños, lo rechazó".

Se le adjudicó entonces a la hija mayor de sus abuelos, su tía Carmen Araoz, quien le llamó por teléfono indicándole, "con generoso desprendimiento, que si yo deseaba continuar con la tradición del cigarral, me ofrecía la posibilidad de comprarlo en el mismo precio en que se había valorado a efectos hereditarios".

"Mi sorpresa por el imprevisible curso de los acontecimientos no podía ser mayor. A los 35 años, esto es, casi a la misma edad con la que mi abuelo lo adquirió, se me presentaba la oportunidad de hacer mío el territorio en el que había estado el paraíso perdido de mi infancia y de echar así el ancla sentimental de mi vida en Toledo", ha relatdo.

"Y la respuesta, un tanto insensata para lo que entonces eran mis posibilidades, sólo pudo ser afirmativa. ¡Como sucedió con mis abuelos, también nuestras mejores horas transcurren ahora en el cigarral", ha concluido.


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