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¿Nuestro rey es republicano?

21/09/2009 15:58 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"¿Por qué no te callas?" - le espetó el Rey Juan Carlos de España al incontinente verbal Hugo Chávez. Inesperado, sorpresivo, el gesto del monarca está destinado a marcar una época: la del fin del democratismo populista y el inicio de otra, la de un institucionalismo republicano

"¿Por qué no te callas?" - le espetó el Rey Juan Carlos de España al incontinente verbal Hugo Chávez. Inesperado, sorpresivo, el gesto del monarca está destinado a marcar una época: la del fin del democratismo populista y el inicio de otra, la de un institucionalismo republicano. ¡Que ironía la de la historia! El paroxismo de la exaltada mente chavista contenida por el freno y contrapeso de un monarca de la Madre Patria. El autoritario gesto del "republicano" Chávez, quien, al igual que otros lideres latinoamericanos de repúblicas fingidas, es templado por la voz de moderación de un monarca. La lección de la historia está dada.

Pero fijémonos más de cerca en el hecho que nos ocupa. ¿Existen antecedentes similares? Seguro. No me refiero al mismo Chávez que ya ha protagonizado otra serie de desmanes descorteses, sino a cambios de marcha de la historia por la soberbia del poder ilimitado. Tal vez habría que remitirnos a aquel exabrupto de Nikita Kruschev cuando, en pleno auge de la Guerra Fría, golpeara con el taco del zapato el podio donde hablaba en la Asamblea General de las Naciones Unidas. La omnipotencia y megalomanía del líder soviético, que contrastaba con la supuesta "critica" del mismo a los crímenes de Stalin, se haría pedazos tiempo después.

Aquel desprecio mostrado a las normas básicas del diálogo político y diplomático no tendría nada que envidiar a las del hoy auto-promocionado Chávez. Ya lo dijo Castro, en solidaria camaradería ideológica, es un Waterloo ideológico, solo que este Waterloo revela la verdadera faceta monárquico-autoritaria de un presunto democrático-republicano. Pero he ahí la paradoja: el protagonismo del auto-control y autogobierno y el respeto a la opinión de las minorías y mayorías están dadas por un monarca, mientras que los excesos ilimitados del poder por un presidente "republicano". La realidad aparece revertida, Chávez es el monárquico, Juan Carlos el republicano. ¿Exageración? Nada de eso; piénsese solo en el llamado a referéndum de Chávez en diciembre próximo, para modificar nuevamente la constitución bolivariana y ser reelegido de forma indefinida. O el rey Juan Carlos, que detuviera las ambiciones golpistas del capitán Tejero en la entonces naciente democracia española.

Los latinoamericanos no reconocemos reyes, como argumenta Chávez, porque no los necesitamos; tenemos a los caudillos

José Martí ya lo había advertido a fines del siglo diecinueve: la monarquía había pasado toda entera a nuestras repúblicas. Los latinoamericanos no reconocemos reyes, como argumenta Chávez, porque no los necesitamos; tenemos a los caudillos. Por supuesto, los caudillos son los monarcas. ¿Acaso ese sentido de realeza no destilaba del reinado implantado por la Segunda Reconstrucción? Stroessner también era democrático a la manera de Chávez, reelegido de manera repetida, aunque la legitimidad de dicha mayoría nunca fue convincente; jamás mostró respeto a normas básicas de convivencia ni mucho menos respeto a minorías o instituciones.

La cuestión que nos ocupa es más que una anécdota, es crucial para el fortalecimiento de nuestro régimen político. O se está con Chávez y el chavismo, una visión bien extendida en la cultura política popular, o bien se está con la tradición republicana, de auténtica democracia. Seamos claros: los números y resultados electorales no lo son todo en un régimen político civilizado. La mayoría democrática, por más repetida que fuere, no legitima el acto de recortar libertades, ni modificar constituciones, ni dosificar la "licencia" a canales de televisión, como tampoco ignorar a los padres en el derecho a la educación de los hijos, ni mucho menos, interrumpir reiteradamente la palabra a otros en cumbres cuando no se quiere oír lo que a uno le disgusta.

Una democracia, para que sea fiel a la condición de dignidad humana, debe tener límites, respetar instituciones, debatir con aquellos con quienes no se está de acuerdo, vivir conforme a modos de convivencia civilizada. El resto, es solo una democracia morbosa, como Ortega gustaba repetir, una democracia, en fin, enferma, vacía de instituciones republicanas. Tal vez no nos vendría mal tener, de vez en cuando, algún rey republicano para hacernos caer en la cuenta de tan profunda verdad.

Autor:Mario Ramos-Reyes

fuente:Ultima hora.com


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