Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Antoniomiguel.es escriba una noticia?

Percepción extrasensorial (II)

16
- +
06/11/2022 04:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En el ardor de los fuertes deseos, un aparente error puede indicarnos el camino acertado

Corría el año 1975, cumplía el Servicio Militar en La Armada Española, y entonces conocí a la chica que por aquellos tiempos fue mi novia. En un tren nocturno que me llevaba de Madrid a la Escuela de Telecomunicaciones de Vigo, donde ella vivía. Coincidimos en el mismo vagón, en una de aquellas interminables noches de los expresos. Ella fue un pequeño estímulo para sobrellevar la vida tan horrible que para mí era el régimen castrense, al que me incorporé verdaderamente furioso. No sólo por ser de pensamientos muy liberales, también porque interrumpió de golpe una importante etapa profesional de mi vida. Por ello, cuando terminé el curso y me destinaron a la Base Naval de El Ferrol, cualquier permiso era un camino al cielo de la libertad y la oportunidad de ir a Vigo, a los brazos de mi amada; que, como me suele suceder cuando me enamoro, la tenía continuamente en mi mente, refugiándome en su recuerdo de aquella absurda suerte militar.

Hasta que se determinó mi puesto definitivo en la Armada, siguiendo continuas instrucciones por desconocidas razones, deambulé por varios barcos. En el último traslado se me entregó la orden de abandonar la fragata Baleares y dirigirme al destructor Blas de Lezo. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando me presenté en el nuevo barco resultó que no podía subir a bordo; extrañamente, no habían recibido la documentación que debía acreditar mi incorporación. Ambos barcos estaban en el mismo puerto, apenas había unos metros entre uno y otro y, por lo visto, llegué yo antes que los papeles.

Desconcertado, cargué con el petate de nuevo y bajé a tierra por el puente pensando que en aquellos momentos yo era un fantasma. Pues si en un sitio ya no existía porque me habían dado de baja, y en el otro tampoco por no haber recibido el parte de alta —extraño vacío en la vida de un soldado—, ¡me encontraba de permiso!

No lo pensé dos veces, tal desbarajuste organizativo me regalaba la posibilidad de hacer una escapada y ver a mi novia. Tenía un argumento comprensible, no iba a estar sentado delante del barco hasta que llegaran los papeles... Así pensaba mientras me dirigia la carretera para ir a Vigo haciendo autoestop.

Era una hora temprana de la mañana y, con un poco de suerte, al mediodía podría llegar a la ciudad. En aquellos tiempos esto era muy normal en los soldados, no era difícil viajar en autoestop. Los militares uniformados gozábamos de cierta simpatía ante los conductores, especialmente los camioneros y era frecuente, no solo que accedieran a llevarnos con ellos, sino también que nos invitaran a comer o tomar algo.

Y eso, la comida, era lo único que me preocupaba en la alegría de esta pequeña libertad. El inesperado permiso me había pillado con presupuesto escaso. Pero bueno, me decía, estar con mi chica es lo importante, aunque tenga que apretarme el cinturón. Pues esto de vivir aventuras hasta circunstancias extremas ya era casi una costumbre en mi vida, y en cuestiones de amor pasar un poco de hambre era un mal menor.

Llegué pronto a Vigo y le di la sorpresa a mi novia sin advertirle de mi precaria situación. No me atrevía, así me lo pareció, a oscurecer quizá la belleza de esos días dando una imagen de necesidad. Vivíamos aún esa etapa inicial de encuentros y besos ardientes en que, henchidos de nuestro enamoramiento, el mundo era algo hermoso. Y en ello se apoyaba parte de mi estrategia para sobrevivir durante aquellos días, dirigiendo nuestros pasos hacía parques y jardines en románticos paseos, en vez de por locales de copas o discotecas, para limitar los gastos.

Pero la lluvia, frecuente en Galicia, trastornó el plan y el ajustado presupuesto. Si antes eran los bancos de los parques al anochecer, luego tuvieron que ser cines o locales en penumbra los cómplices de nuestros besos y caricias. Así, a los pocos días de nuestra improvisada luna de miel, ya no tenía con qué comer, y sobrellevar el vacío del estómago empezó a resultarme insoportable.

Un día, con tal desesperación, sin dejarme llevar por la tentación de decirselo a mi novia, paseaba por el centro de la ciudad maquinando planes para comer algo lo más inmediatamente posible.

Pensé en ir a algún restaurante y a la hora de pagar excusarme diciendo que había olvidado la cartera en el coche, salir y no volver. Pero me parecía un truco demasiado explotado; no sería creíble, se me iba a notar. Después se me ocurrió el hacerlo dentro de un proceso más natural. Por ejemplo, entro, me siento, pido la carta y escojo un primer plato dejando la decisión del segundo para después. Terminado el primero, seleccionaría luego uno que se tardase un poco en cocinar y le preguntaría al camarero por un quiosco de prensa cercano. Entonces le digo que salgo un momento a por el periódico y... ya no regreso. En este caso debería pedir un primer plato bien cargado, pues sería lo único que comería.

Detrás de cada decisión hay algo sobre lo que mi mente sabe más que yo

En tales cavilaciones andaba, paseando por la ciudad, cuando, en la confluencia de dos céntricas calles, observé un cartel que ponía «Self Service». Se trataba de un nuevo tipo de restaurante —recordemos que estamos en 1975, hace 47 años—, un moderno sistema de comidas en aquella época. De hecho, yo no lo conocía bien. Sólo recordaba una conversación en la que alguien me había hablado de estos novedosos restaurantes:

«No hay camareros, te sirves tú, vas a unas estanterías y coges lo que quieras, lo que te apetezca, y puedes repetir».

Vaya, me dije, quizá sea más fácil escapar de un sitio así que de estos otros en los que la figura del camarero está siempre pendiente de ti. Además, puedo comer cuanto quiera.

Con estas presuntas intenciones me dirigí hacia ese Self Service, y me incorporé a una larga cola de gente que precedía a un mostrador de selección de comidas, postres y bebidas. La obligada espera permitió que pudiera observar con detenimiento el funcionamiento del nuevo sistema. Y a pocos pasos ya de mi turno vi el problema: había que pagar por adelantado... ¡Vaya chasco! Aquel sitio, comprobé decepcionado, no era lo mejor para mis planes. No tenía opción, era peor que los restaurantes tradicionales.

¿Qué hago ahora?, me preguntaba ante el nefasto descubrimiento. Di media vuelta y me marché. Algo atontado, permanecí unos instantes retenido en las cercanías, extrañamente indeciso, absorto en una especie de vacío mental. Inconscientemente bajé entonces la cabeza y observé, justamente entre mis dos zapatos, un sobre blanco. Me agaché a recogerlo sintiendo una corazonada, y examinando su interior comprobé que contenía cuatro billetes de mil pesetas… ¡Cuatro mil pesetas! (Unos veinticinco euros de hoy). Bastante dinero en aquellos tiempos, más que suficiente.

No sólo para comer aquel día, sino también los siguientes. Y para llevar a mi chica a donde quisiera. En definitiva, para disfrutar con tranquilidad de aquel extraño permiso, encontrado tan mágicamente como ahora la financiación.

No dije entonces nada a mi novia sobre el salvador hallazgo, pero sí algún tiempo después. Y lo comentábamos en tertulias con amigos, entre risas y asombros; cuando yo, como todos, pensaba que sólo se trataba de una extraordinaria coincidencia.

Pero, ¿qué había ocurrido de verdad?... ¿Es posible creer que, encontrándome hambriento y necesitado, algo como el azar, la magia del destino o un ángel... se había encargado de colocar algo de dinero en mi camino?

No, la realidad es, valga la expresión, una sencilla complejidad de la mente. Cuando yo decidí dirigirme a ese moderno restaurante, mi subconsciente ya lo sabía todo. Y en ese aparente equívoco de lugar, sin darme cuenta, yo estaba obedeciendo sus indicaciones precisas: mi subconsciente me llevaba a lo que imperiosamente necesitaba, a comer; pagaba él.

Y es que, esto es lo que la vida luego me ha enseñado, cuando los fuertes deseos persisten, detrás de cada decisión hay algo sobre lo que mi mente sabe más que yo.

  www.antoniomiguel.es 


Sobre esta noticia

Autor:
Antoniomiguel.es (31 noticias)
Visitas:
1170
Tipo:
Opinión
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.