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25/04/2013

Es el estereotipo que todos llevamos colgado, el que determina la actitud del turista en la travesía por sus viajes

a verdad sea dicha. No soy un gran amante de los viajes. No es que no me guste conocer otras culturas, que sí, pero prefiero leer y contrastar informaciones, sin necesidad de desplazarme a miles de kilómetros para corroborar lo leído. Me llamaréis carroza pero, por mis experiencias de viajero, reconozco que no tengo ninguna motivación en fotografiar las pirámides de Gizeh o la gran muralla China. Me llena más comprender la lógica social que se esconde detrás de sus ladrillos que las manifestaciones estéticas de los mismos ante el detenido. Cuando viajas conoces otras maneras de vivir distintas a las tuyas. Cambia – le decía esta mañana a Inés – la organización de la vida pero no su sentido. La esencia de las personas sigue siendo la misma aquí, en Francia o en la otra punta de Pekín. Ahora bien, los matices del carácter divergen de un lugar a otro. Es el estereotipo, o dicho en otras palabras, el estigma que todos llevamos colgado, por ser: de aquí o de allá, el que determina la actitud del turista en la travesía por sus viajes.

Hace aproximadamente ocho años, después de tres meses de debate, decidimos – mi mujer y yo – viajar a Italia con motivo de nuestro viaje de novios. A pesar de que soy bastante reacio a la gastronomía ajena. Entre comer: "vaya usted a saber qué", en un país perdido del Congo, y comer: espaguetis, en un bar italiano. Nos decantamos – después de algún que otro rifirrafe – por la pasta de los martes. A pesar de las turbulencias a las puertas de Roma. Al final llegamos, como diría mi abuela: "sanos y salvos", al hotel de destino. Allí – en Roma – es cuando tomé conciencia del país en que vivía. Me di cuenta – y así se lo dije a mi mujer – que: "o los españoles somos muy ricos o aquí – en Italia – todavía no se han descubierto el oro de sus gallinas". Mientras en España – mi país – las grúas estorbaban al turista para realizar su instantánea desde las panorámicas de Benidorm, en Italia una grúa era – y lo digo con toda sinceridad – un buen motivo para inmortalizar su figura en la Canon digital. Los Audis, Mercedes y todo lo que sonase a "tecnología germana" eran – se podría decir así – los versos sueltos de Roma. Por las calles solo se veían Fiats y más Fiats aparcados o arrancados. Pero eso sí, la mayoría de las veces con conductores alocados, bien peinados y trajeados, al volante de sus Ferraris - me refiero a sus Fiats, claro está -.

En las calles de Roma, cruzar la acera se convertía en una odisea no apta para cardiacos. Hasta el más radical de los ateos – doy fe de ello – se tenía que santiguar dos veces, antes de visualizarse dando pasos en la otra esquina.

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La visita del Vaticano – hacía pocos meses de la muerte de Wojty?a – me llamó muchísimo la atención. Lo primero que pensé: "¡Vaya, éstos son los que tanto hablan de pobreza!". Mientras el patrimonio civil de las calles romanas estaba sucio y seriamente deteriorado, los pasillos de San Pedro brillaban como una gargantilla en las vitrinas de la joyería. Me sorprendió – le decía a un compañero de ruta – la ostentación de tanto lujo en contraste con los dientes amarillos de los mendigos de afuera. Es la Iglesia – decía la novia de Manolo, mientras contemplaba los techos de la Sixtina – la que come con la plebe y duerme con los ricos. En aquellos tiempos de mieles y alegrías, el nuevo pontificado liderado por Benedicto marcada un antes y un después entre el atractivo mediático de Juan Pablo y los tiempos enigmáticos del Nombre de la Rosa. Hemos vuelto – decía Carlota – a los mismos muros de Umberto cuando el latín y la liturgia barata se convirtieron en un arma de ostentación entre las tribunas de las sotanas y las migajas feligresas.

Hasta el más radical de los ateos se tenía que santiguar dos veces antes de cruzar la calle

A la vuelta. Desde las ventanillas del tubo se veían los cientos de grúas que emergían de las tierras del Pocero. Mientras los Audis y Mercedes esperaban la luz verde en los semáforos de Lavapiés, los albañiles del andamio lanzaban sus piropos obscenos a las ejecutivas de Madrid. Los bungalows de Torrevieja y los apartamentos de Guardamar invadían los cristales de inmobiliarias omnipresentes en los rincones de la capital. El contraste entre las calles sucias de Roma y el glamour español marcaban las diferencias económicas entre las alegrías de aquí y las penurias de allí. Hoy – ocho años más tarde – miro con nostálgica la fotos pixeladas en las pantalla de mi PC. Me doy cuenta que la Italia de ayer se ha convertido en la España de hoy. Los Audis y los Mercedes son la excepción en los semáforos de Lavapiés. Los apartamentos y bungalows que colgaban de los escaparates madrileños son los mismos, que hoy, están cerrados a la espera de comprador. Estamos – decía esta mañana Inés, mientras leía las cifras catastróficas de la EPA - al borde de morir como país. Las vacas gordas del ayer ya no dicen Muu… en los tiempos de Rajoy.

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