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Alberto LópezMiembro desde: 21/09/12

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19/11/2012

El órdago independentista de la Generalitat catalana promete trascender a toda suerte de advertencias acerca de su viabilidad, como producto del rencor y la soberbia

Herman Van Rompuy, a la sazón presidente del Consejo Europeo, ha lanzado una misiva a las obcecadas autoridades escocesas y catalanas decididas a celebrar un referéndum sobre la independencia de sus territorios, señalando que de la vorágine secesionista nadie cosechará frutos apetecibles, mas bien todo lo contrario. Para mayor sangría, muy recientemente hemos escuchado cómo el Sr. Durao Barroso vertía la descarnada advertencia a cualquier territorio que voluntariamente se desgaje de su nación matriz de quedar excluido literalmente de la organización comunitaria, dejándosele abierta, como a cualquier otro país, la vía de la adhesión según los cauces establecidos en el derecho primario de la Unión.

El movimiento uniformemente acelerado que ha adoptado el discurso de Artur Mas y de toda la comitiva independentista hacia la ruptura con España nos invita a la reflexión de si podemos encontrarnos en un escenario de rendición d el conjunto de España, y del ingrediente español dentro de Cataluña, ante una apuesta tan decidida como irresponsable y, muy especialmente, desenraizada de las bases históricas en las que dicen amparar su delirio. Hasta el momento, a salvo de aisladas voces con marcados tintes retrógrados emanadas del estamento militar, poco se ha percibido que pueda avalarse como una firme reacción a la independencia.

Sin duda, el president juega entre sus mejores bazas con una pavorosa debilidad de argumentos a favor de la unidad, escenificada por el estruendoso mutismo de una sociedad civil, agazapada tras una cortina de indiferencia y miedo, que pudiera dar incluso la sensación de asumir una batalla perdida. La crisis económica, que tan agrios malestares sociales provoca, parece justificar cualquier alternativa a una identidad consolidada a lo largo de centurias. Es indudable que el desencanto generado por ella alimenta el atractivo por la única ideología capaz de amalgamar voluntades opuestas, derechas e izquierdas, clericalismos y anticlericalismos. Y la indefinición, antes llamada cinismo, del socialismo catalán, sumada al evidentemente pírrico peso específico del Partido Popular en Cataluña, hace pasillo triunfal al desfile secesionista.

En consecuencia, el viento sopla de popa para la estrategia de Artur Mas, que se ha autoerigido líder de la puesta en marcha de una iniciativa larvada durante décadas y una vez removidas las conciencias de ¿un millón? ¿dos millones? de catalanes, ahora sólo le resta guiar el velamen de la nave. En su cartera de propuestas y razones esgrime un programa idílico (es decir, maravilloso pero inviable). Y es ahora, en su campaña de marketing europeo cuando se ha abierto una vía de agua en el buque, pues en su entusiasmo nacionalista no pulsó la disposición europea a aceptar a Cataluña como Estado miembro, y así va de negativa en negativa.

Estamos, sin género de dudas, ante un gigante con pies de barro. Y Mas no sabe ni quiere explicar cómo piensa hacer una muy democrática consulta, pero ajena al ordenamiento jurídico

Grandes empresarios se han manifestado públicamente contrarios a la independencia, no con verborrea barata sino anticipando medidas drásticas en caso de llegar a término la secesión. Pero son solamente la punta de un iceberg que, de momento prefiere no asomar ni posicionarse abiertamente en un sentido o en otro. También hemos escuchado meridianas voces procedentes de los ámbitos deportivo y artístico, pero nada equiparable a lo que sería deseable: un posicionamiento colectivo y enérgico de los poderes fácticos económicos y sociales que hiciera salir de su ensoñación a los adalides de la independencia.

Y ya resulta patética la oportunista comparación de la situación de Cataluña con la de Escocia. No cabe duda que el tema escocés ha venido como anillo al dedo para alimentar paralelismos absolutamente ficticios. Durante el siglo XVII, Escocia e Inglaterra fueron dos reinos distintos que conservaron todas sus instituciones y leyes. En 1707 los Parlamentos de Inglaterra y Escocia aprobaron el acta que estableció el Reino de la Gran Bretaña y un Parlamento unitario con sede en Londres. A lo largo de las últimas tres centurias, los escoceses han mantenido un sistema judicial propio y no han quebrantado el ordenamiento constitucional del Reino Unido, mientras que en España se arrastra un pesado lastre de intentos de subvertir la legalidad por parte de los nacionalistas catalanes valiéndose de los poderes del Estado español, de suerte que podemos rememorar los episodios de 1931 y 1934 a los que ya, indefectiblemente, cabe sumar el de 2012.

Si comparamos dicha trayectoria con la realidad catalana, sabido es que el día 11 de septiembre celebra Cataluña su día nacional con una ofrenda a Rafael Casanova que conmemora el levantamiento de Barcelona contra Felipe V, monarca que aplastó la resistencia de la ciudad durante la Guerra de Sucesión en 1714. Se ignora deliberadamente que el acicate del levantamiento de este personaje no fue otro que la libertad de toda España y que Casanova no fue un nacionalista catalán, sino un patriota español.

Estamos, sin género de dudas, ante un gigante con pies de barro. Y Mas no sabe ni quiere explicar cómo piensa hacer una muy democrática consulta, pero ajena al ordenamiento jurídico. Y tampoco sabe ni quiere demostrar cómo un Estado independiente puede gobernarse con menos austeridad y menos sacrificios que una comunidad autónoma integrada en una nación.

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