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Carlos F. VallhonratMiembro desde: 26/11/12

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26/11/2012

¿El siglo del acceso, las redes sociales, comunicar y recibir comunicados al alcance de todos.. Supone el camino de la verdad global, el de la manipulación global, o ambos?

Si asumimos, con Nietzsche, que tras largos años de esfuerzos la sociedad ha conseguido hacer de buena parte de la gente una masa de seres uniformes, iguales entre iguales, ajustados a reglas, y, en consecuencia, controlables “con ayuda de la eticidad de la costumbre y de la camisa de fuerza social el ser humano fue hecho realmente calculable” (1), no podremos extrañarnos de que la evolución de la cultura haya estado al servicio de lo que no solo se ofrece como un ideal sino que de hecho resulta ser un objetivo sociopolítico.

Estas reflexiones se formulaban hace más de un cien años. En los siglos anteriores las dificultades de acceso personal y las propias barreras físicas a la transmisión de la información, geográficas, lingüísticas, etc., habían permitido el surgimiento de iniciativas individuales relativamente rompedoras; a fines del XIX las comunicaciones y los contactos habían facilitado la creación y difusión de movimientos transfronterizos y el auge de las organizaciones y movilizaciones de masas con distintos motivos o pretextos.

En la aldea global de comienzos del siglo XXI la sociedad occidental no solo ha conseguido fijar los parámetros de lo que es bueno y lo que es malo en lo cultural; no solo ha tratado con bastante éxito de organizar la transgresión, definir sus orientaciones y limitaciones y premiar a los nuevos iconos de lo socialmente correcto con pingües dotaciones de dinero público, cuando su genio no es suficientemente reconocido, y por tanto remunerado, por los consumidores tradicionales.

Pero es que, yendo más allá, ha tratado y está consiguiendo que el propio concepto de cultura y, lo que es relevante, sus consecuencias económicas, se delimite en cada caso en función de la ideología o de las conveniencias de los gobiernos y de las elites económicas. La mayor o menor compensación del llamado “efecto Baumol” y el marco (obra cultural y/o manifestaciones culturales) donde se aplica son parámetros que vienen a definir también lo que se denomina “política cultural” y, a fin de cuentas, el alcance la ayuda pública de las obras y actividades culturales.

La protección (y el mecenazgo y el patrocinio son formas de protección) es una forma de superioridad, de control, de poder; la controversia sobre si realmente el mecenas del renacimiento pagaba directa o indirectamente las obras de los artistas que protegían es relevante como investigación histórica pero solo confirma que de una forma u otra los protectores controlaban a sus protegidos. A lo largo de la historia del arte existen menos ejemplos de mecenazgo desinteresado que de transacciones comerciales, manipulaciones, traiciones y venganzas.

Es importante también resaltar que el poder sólo tiene sentido si puede ser ejercido, ostentado y admirado por los demás. Cabe admitir, aun a riesgo de ser tachado de ingenuo, que la autoridad, en tanto que reconocimiento de una superioridad moral o científica por los demás sin que estos se hayan visto obligados o condicionados a admitirlo, pueda ejercerse con voluntaria humildad y altruismo; en modo alguno el ejercicio del poder se ve adornado por esas virtudes, incluso en casos en que coincide con un reconocimiento de la autoridad. Siendo, pues, el ejercicio del

El propio concepto de cultura.. se delimita en cada caso en función de la ideología o de las conveniencias de los núcleos de poder

poder meta evidente de los grupos políticos y lobbies económicos no puede sorprender que el control y “orientación” de las obras y actividades culturales en forma de patrocinio tenga como objetivo a veces nada disimulado participar activamente en las complejas redes de intercambio establecidas en torno a lo que llamamos cultura.

Los medios de comunicación de masas han sido esenciales en la consecución de los objetivos antes mencionados. Siguen dependiendo de los políticos a través de sus directores, no pocos de los cuales son nombrados en virtud de su fidelidad incondicional a la causa. El “trabajo” de los medios ha evolucionado con las necesidades y usos sociales. No hace tanta falta significarse con críticas abiertamente parciales; ahora se trata simplemente de hacer que la gente que no sea de la cuerda, o que proponga alternativas demasiado innovadoras, resulte invisible. Porque, haciendo extensiva la teoría de Cohen sobre la prensa escrita, “si bien es verdad que los medios pueden no conseguir la mayor parte del tiempo decir a la gente lo que debe pensar, son sorprendentemente capaces de decir a su clientela en torno a qué temas deben pensar algo” (2).

Las redes sociales tampoco son ajenas a esta situación. Es, en efecto, una posibilidad que todos tenemos de acceder a niveles nunca anteriormente disponibles de información. Jamás en los tiempos anteriores tanta gente podía documentarse a partir de tantas fuentes, jamás tantos autores tenían la opción de dar a conocer sus obras con tantas posibilidades de difusión. Mientras, los intereses políticos y económicos han organizado su infiltración en las redes para colaborar en la creación de “hashtags” y en el control y orientación de los “trending topics”.

El mundo real hace tiempo que sigue caminos divergentes del mundo oficial a la hora de establecer los límites (si es que realmente debe haber límites) que definan obras y actividades como culturales. La dialéctica que se está estableciendo entre los poderes, que sólo denominan cultura aquello que pueden abarcar, controlar y dirigir; y la sociedad civil, que entiende que la cultura, además de las definiciones oficiales, se extiende e impregna la vida cotidiana e integra no pocas actividades profesionales y situaciones personales, aporta un horizonte de relativa esperanza al panorama poco optimista que todo lo arriba escrito pueda dibujar. Al final, y a pesar de todo, la cultura pertenece a los ciudadanos.

Carlos F. Vallhonrat.

Profesor del módulo Técnicas de fund raising para la financiación de proyectos culturales en el siglo XXI, del Máster en Proyectos Culturales (MPC).

(1) Nietzsche, F. La genealogía de la moral; Alianza Editorial; Madrid; 1978

(2) Cohen, B.C. The press and foreign policy; Princeton university press; citado en Wolff, Mauro. La investigación de la comunicación de masas. Paidós Ibérica. Buenos Aires. 1987

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