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29/12/2019

Siete años después de publicada la novela escrita por los hermanos Strugatski el cineasta ruso Andrei Tarkovsky se acercó una vez más al universo literario de la ciencia ficción (ya lo había hecho en 1972 con Solaris, inspirada en la novela de Stanislaw Lem) para recrear su particular universo siempre negando que su interés residiera en absoluto en la ciencia ficción como género, buscando una trascendencia espiritual desacostumbrada en la filmografía de los años setenta del siglo pasado y más aún, si cabe, en la que provenía de la Unión Soviética.

Recabando de inicio la colaboración de los hermanos novelistas para pergeñar un guión ajustado a sus particulares necesidades Tarkovsky, con todo el derecho del mundo, desestima desde el primer momento usar toda la novela y se centra únicamente en la presentación del escenario y en el último episodio pero abandonando los personajes con lo cual forzó a los autores originales a reescribir su idea básica y por lo que hemos llegado a saber por lo menos en cuatro ocasiones se rehizo el guión en el que el propio Tarkovsy participó llegando a personalizarlo de tal modo a su forma de sentir y pensar que incluyó poemas de su padre Arseni Tarkovsky entre otros y con ello ya resulta claro que no hallamos en absoluto una película de ciencia ficción con más o menos acción trepidante y efectos especiales sino justamente todo lo contrario: en su película Stalker se nos ofrece un remanso de imágenes que adquieren más fuerza en sucesivos visionados al mostrar el simbolismo casi críptico que el autor sostiene como forma de comunicar sus inquietudes a un público que forzosamente deberá dejar fuera de la sala toda clase de prejuicios e ideas preconcebidas porque se va a encontrar con algo inesperado.

imageLa propia elección del título centra la atención en el personaje que, heredero del Redrick Schuhart novelesco, mantiene alguno de sus rasgos como inadaptado social pero los destila al punto de permanecer como un "stalker", una especie de guía acechador que vigila y escudriña las personas que le contratan para viajar hasta la habitación donde los deseos se convierten en realidad: una especie de gurú, un personaje semi místico que con una simpleza aparente actúa al mismo tiempo como examinador para saber si aquellos que dependen de él para llegar a la fuente mágica son merecedores de la oportunidad o no.

Si en diferentes ocasiones me he reafirmado en mi opinión que salvo la presencia de productores de primerísima línea siempre es el director el máximo y último responsable de una película, en este caso la cuestión suscita no poca polémica ya que en casi todos los aspectos la obsesión de Tarkovsy de salirse con la suya provoca que por ejemplo el nombre del reconocido director de fotografía Georgi Rerberg ni siquiera aparezca en los títulos de crédito a pesar que sus geniales hallazgos permitan crear una atmósfera más que sugerente en la película (hay un documental posterior, al parecer muy interesante, titulado Rerberg and Tarkovsky: The reverse Side of Stalker, dirigido por Igor Mayboroda, que da respuesta a ciertas manifestaciones de Tarkovsky en sus memorias) en la que los tonos sepia distinguen la realidad de lo que es "La Zona", lugar mágico donde nada es lo que parece y precisamente es allí donde los colores son más vivos, aunque no siempre: nos hallaremos ante un mundo visual muy potente: casi tan poderoso como pausado, porque Tarkovsky se toma todo el tiempo del mundo para filmar las secuencias, con una morosidad que no había visto en ninguna otra película salvo la anterior Solaris, en mi opinión no tan redonda como ésta, porque, como dijo el propio director, en Solaris todas las maquetas y artefactos propios de la Sci-fi llegan a distraer de lo que a él le importa.

Tarkovsky no tan sólo reduce la nómina de personajes sino que, además, les confiere carácter de arquetipo: el Stalker guiará a un "Escritor" y a un "Profesor" y mandará a casa a una mujer que pretendía apuntarse a un viaje que muy pronto percibimos como mucho más que iniciático, inscribiéndose por derecho propio en las clásicas narraciones que presentan un camino como forma de alterar una condición personal que empieza de una forma y acaba de otra aunque todo se nos cuente de forma sutil y como es el caso apoyándose en imágenes más que en palabras aunque éstas no faltan.

Pero la imaginería de Tarkovsky alcanza su punto álgido cuando los viajeros penetran en La Zona y lo primero que escuchamos es a Stalker exclamar, jubiloso:¡por fin en casa! y escaparse de sus dos acompañantes para tenderse en el suelo abrazando la maleza, casi lloroso de la emoción. A partir de ahí, nada es lo que aparenta y debemos estar atentos para hallar el significado de cada imagen que seguramente lo tiene porque Tarkovsky no filma de forma gratuíta ni mucho menos: no ha quedado muy claro el porqué, pero la película se filmó por lo menos en dos ocasiones, teóricamente porque no le gustaban al genial Tarkovsky las tomas geniales de Rerberg, aunque luego las repitió al detalle más nimio, pero ello no hace más que reforzar que nada hay que obedezca a la casualidad, lo que convierte esta película en una sucesión de escenas que en una visión te parecen excesivas y eliminables y en otra les hallas significados.

En Stalker Tarkovsky se emplea a fondo para mostrar una de sus preocupaciones: la desidia con que la sociedad del siglo XX contempla la espiritualidad, la falta de interés de la humanidad por su propia alma y la presencia adormecedora de los intereses materiales que embrutecen el espíritu y cabe decir que no apunta ni siquiera al consumismo occidental de aquella época ni mucho menos, por descontado, a lo que ahora rige en esta época de globalización mercantilista que Tarkovsky, fallecido en 1986 a la temprana edad de 54 años, ni siquiera pudo llegar a imaginar. El simplón Stalker se manifiesta feliz dentro de La Zona porque allí tiene todo lo que necesita y nada de ello es de carácter material, porque vemos que el escenario es poco más que un vertedero esperpéntico en apariencia, porque él ve lo que a nosotros nos pasa desapercibido: el siente una presencia, una fuerza espiritual que el Profesor y el Escritor aprenden a percibir cuando se ven en el trance de su vida y Tarkovsky nos ha llevado con ellos al punto de darnos cuenta del mensaje que pretende comunicar. (Hay un vídeo en Vimeo muy interesante)

Es de reconocer que la propuesta de Tarkovsky en buena parte es deudora del excelente trabajo del terceto de actores que incorporan a los personajes principales, Aleksander Kaydanovsky, Anatoly Solonitsyn y Nicolay Grinko, así como las sugerentes composiciones musicales de Eduard Artemev y al departamento de sonidos dirigido por Vladimir Sharun: todos ellos contribuyen no poco a la magia de la pieza, tanto como el perro negro que aparecerá en La Zona y quedará ya para siempre unido al Stalker con un significado mítico y clásico de guía de su alma.

Lo que está fuera de discusión es que Stalker, guste o no, aburra mucho o poco, permanece como una muestra de cine puro, entendido el cine como el arte de comunicación de ideas y sentimientos a través de la imagen acompañada de textos y sonidos (ambos muy trabajados para completar la primera) y que con el defecto asumible de una lentitud extrema y un ritmo más moroso de lo habitual en pantallas se erige en una pieza imprescindible para cualquier cinéfilo que debería verla sin excusa.

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