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Enrique MadrazoMiembro desde: 05/11/11

Enrique Madrazo

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02/03/2012

Válgame, van a dar las once de la noche y yo aquí. Y esta chaqueta que no abriga nada, para colmo, solo le está ayudando al frío..

Válgame, van a dar las once de la noche y yo aquí. Y esta chaqueta que no abriga nada, para colmo, solo le está ayudando al frío. Por lo pronto, ya se me entumecieron los dedos. Pero yo aquí, temblándome las pestañas, como si no tuviera nada mejor que hacer un viernes por la noche. Y encima, mañana a las siete, otra vez arriba, en cohete hacia la oficina. También entonces hará frío. Como ahora, clavado y tiritando.

La verdad es que no aprendo ni a la de diez. No cojas el teléfono, no lo cojas, me decía Raquel. Pero yo, calla mujer, que seguro que es Francis, seguro que es él, verás. Estaba más que seguro de ello. Descolgué el auricular y a punto estuve de decir Francis, eres tú, cuántas semanas sin escuchar tu voz. Pero no, tiene que ser a las malas, no voy a aprender nunca, y lo peor es que Raquel tiene razón, yo me lo busco. Porque, vamos a ver, no parece lógico, quién se vuelve a la oficina cuando ya acabó la jornada. ¿Acaso no trabajé mis ocho horas? Te tiranizan y tú ni mu, así me ha dicho ella. Mujer, no es eso, le he dicho, aunque realmente es eso mismo…

Tenía que haber cogido al menos un jersey, pero quién pensaba entonces en el frío. No cojas el teléfono, y yo que sí, que seguro que es él, Francis, que se acordó en el último momento. Así que me está bien empleado, por decir que sí a todo el mundo. Me falta carácter, ya lo sé, pero qué le voy a hacer, ya soy demasiado mayor para andar con burocracias. Prefiero ir al grano. Aunque mi señora lo vea de otro modo. Ella, por lo pronto, ni habría descolgado el teléfono…

Además, tiene toda la razón. Porque, si llego a ser otro, respondo, no señor, no puedo, las órdenes en horas de trabajo, que ya me cansé, ea, que me cansé ya. Y acto seguido habría colgado, sin atender a las posibles consecuencias. Qué es eso de llamar a las tantas de la noche, y encima con exigencias, con la mayor sequedad del mundo, que ya podía perdonar que llamara tan tarde pero que necesitaba urgentemente las llaves, las de la oficina y las de la caja, a ver si podía traérselas cuanto antes, que tenía algo de prisa…

Y yo aquí, las once de la noche, en punto, con este frío criminal. Ni un alma por la calle. ¿Acaso los sonámbulos no callejean en invierno? No, claro que no, ellos ya se ganaron su rinconcito de infierno, bien lejos del diabólico frío. Eso o duermen con el teléfono descolgado, ajenos a las llamadas inoportunas…

Y, para colmo, mañana otra vez a la oficina. Precisamente mañana. En cuanto Raquel se enteró, a principios de semana, las pupilas de sus ojos comenzaron a desinflarse de tristeza. Quiso disimular, claro está, que daba igual, que lo posponíamos para el año que viene. Y yo, cabezahueca, voy y descuelgo, a pesar de que el reloj aconsejaba lo contrario. Otra respuesta tendría que haber dado. Haber dicho, no señor, no puedo, no quiero, ahora mismo estoy en la cama y no hay Dios que me levante. Sí señor, será muy urgente, lo comprendo, ya le entiendo, pero la celebración de mi aniversario también lo era, así que ya ve, que no me da la real gana, que si quiere las llaves vaya usted hasta su casa, o mejor, llame a su mujer y pida que se las traiga…

Pero eso no se lo digo. Con lo fácil que habría sido hacer caso de las advertencias: no cojas el teléfono, que Francis no llamaría a estas horas. Y yo que sí, que seguro que es él, hijo mío, cuánto tiempo, cuánta distancia… Y luego nada. Resulta que no es su voz. ¡Maldita sea!

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Menos de una hora queda para el aniversario y yo para la oficina, y encima hasta el lunes no cobro, será entonces cuando pueda llevarla al restaurante que hay en la playa, ese que tanto le gusta. Ella ya lo sabe, sospecha que algo tramo. Me repite que no hace falta que este año nos gastemos nada, que es suficiente con estar a su lado. Sé que lo dice consciente de la realidad: difícilmente podríamos permitirnos nada. Pero qué rabia. Dentro de unas horas su aniversario y ni un regalito. Y, para colmo, ni si quiera puedo estar a su lado…

Sabes bien que no podemos, me dijo la última vez, hay que mandarle al niño la mitad. Raquel tiene razón pero qué rabia, ni si quiera un detalle. Aún tenía la esperanza de conseguir encenderle la mirada. Le gustó la pulsera, la que vio la semana pasada en aquella joyería, cómo se le encendieron los ojos: qué mona, mírala qué bonita, si es que parece de princesa, cómo brilla, fíjate qué elegante, y dónde está el precio, pero qué, quita, quita, olvídate, mira cuántos números. Y yo, que sólo veo sus ojos que sí son de princesa, con sus quilates alumbrándole la mirada, le digo que sí, que va a ser suya, pero ella ni caso, qué tontería, una pulsera a su edad, además no le quedaría bien, no hay más que fijarse en su muñecota, ahí nada puede quedar bien. Yo le cogí la muñecota, abarcándola con los dedos lo mismo que podía hacer cualquier reloj de pulsera, aunque más fuerte. Yo te quedo bien, le dije. Y ella pareció estar de acuerdo.

Pero ahora qué. Ella despertará y ni si quiera puedo ofrecerle unos ojos que la miren. Todo lo contrario, mañana todo el día en la oficina. Si es que no hay derecho, porras. Y esta chaqueta anda en recesión, desabriga más que nada. Con estos botones que no consigo abrochar. Pero bueno, ya casi he llegado, un poquito más…

Y para qué engañarse. El año que viene será igual. No podré comprar la pulserita ni tampoco ningún otro regalo. Después de todo, hay que mandarle al niño la mitad…

Y Francis sin llamar…

No cojas, no cojas el teléfono, y yo, que sí, que seguro que es él, Francis. Aunque para nada estaba seguro. Después de todo, cómo podría haber sido él, si marchó a estudiar fuera, lejos, qué memoria, no recuerdo dónde, pero muy lejos. Un país con, al parecer, relojes que marcan con retraso, me lo cuenta siempre: allí siguen un horario diferente, más estricto y que, casualidad, nunca coincide con el nuestro. Bueno, poco importa siempre que mantenga el contacto. Yo le digo Francisco, no Francis como le llama su madre, le digo Francisco, hijo, qué tal por ahí, cómo te encuentras, necesitas algo, cuéntame, y me araño la mano para no entristecerme más. Por ahora le gano el pulso a las lágrimas, las retuerzo el gaznate y punto, queda todo en simulacro. En fin, ahora tranquilidad, que estamos llegando. A pesar del frío…

Vamos, arriba, muévete. Qué lento el ascensor. Las once y veinte. Raquel seguro está despierta, esperando. Parece que vuelvo a sentir los dedos, vuelven a funcionar. Ahora tengo que darme prisa. Le he dicho a Raquel que vuelvo enseguida: ni te das cuenta. No digas tonterías, Mario, vas a despertarme cuando regreses, así que no te entretengas por ahí. Y me ha obligado a prometérselo. ¿Y en qué podría entretenerme? Dejar las llaves y regresar, eso es todo. En una hora estoy de vuelta. Tal vez antes. Si es que el dichoso ascensor se decide a llegar. Por fin. Décimo piso.

¿Pero qué diantres sucede? Son las once y media, por Dios! Ahora por qué no abre. Pues sí, hay luz en la oficina, tiene encendida la lámpara del despacho, puede verse desde aquí. Esto no es normal. Veamos, una vez más, a ver si a la décima va la vencida. Jesús, es imposible que no escuche tal estruendo. Pero para qué me hace venir. Pues no insisto más. Me voy. Decidido, me marcho. Pues claro que me marcho. Aunque tal vez no está ahí. A lo mejor se ha ausentado un momento. Pero espera, oigo ruido. Sí, no cabe duda, hay alguien dentro. Se le ha caído algo al suelo. Ahora no tendrá más remedio que abrir. Sabe que le he oído. Ahora abre…

Ha ocurrido algo, estoy seguro. No abre la puerta y no escucho más que silencio. Ha pasado algo. Pero si me ha llamado hace nada y hablé con él. Está bien, voy a entrar…

Pero qué es este estropicio, todo revuelto. Quién ha hecho todo esto. Han arrancado hasta los cuadros. Pero qué ha ocurrido, cómo es que… Espera, qué son esos zapatos. Tras el escritorio hay un bulto. Unas piernas tumbadas, caídas. Y el resto del cuerpo a su lado. No cabe duda: es el señor López. Aunque tal vez haya dejado de serlo: hay rojo, líquido sangre que moja su cara. Y no se mueve. Oh Dios, oh Dios, oh Dios, qué hago, qué hago…

Continúa.

Puedes acabar de leerlo aquí o esperar a mañana .

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