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Gabriel Hidalgo AndradeMiembro desde: 27/08/09

Gabriel Hidalgo Andrade

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Hace 6d

A mi regreso, poco después experimenté un fuerte dolor de garganta, luego una intensa tos seca y rápidamente una aguda fiebre. Pasé así algunos días hasta comprobar que empezaba a costarme el respirar. Entonces empezó todo

Hace más de dos semanas estuve en Guayaquil. Pasé por el aeropuerto de la ciudad y también visité lugares muy concurridos. A mi regreso, poco después experimenté un fuerte dolor de garganta, luego una intensa tos seca y rápidamente una aguda fiebre. Pasé así algunos días hasta comprobar que empezaba a costarme el respirar. Entonces empezó todo.

Al poco tiempo estalló la pandemia del COVID19, se encendieron las alarmar en todo el mundo, la prensa ya ofrecía reportes durante el día y el gobierno de Ecuador dictó medidas preventivas. Yo me encerré en mi casa, solo. Honestamente creí que estaba contagiado. Pero nunca divulgué estas dudas en las redes sociales del Internet. Es ridículo buscar en estas circunstancias la conmiseración pública como un paliativo.

Seguí viviendo normalmente, sin escandalizarme ni escandalizar. Sin mostrarme como un héroe que sobrevive con arrojo. Sí tomé muchos líquidos, jarabes de ajo, cebolla, jengibre, miel de abeja, acompañados de dosis de vitamina C. Pero nada detuvo el escalamiento de la enfermedad. Entonces empecé a asustarme.

Cada vez me notaba más agotado. Sentía la garganta estrecha y los pulmones reducidos. Habían pasado algunos días desde que se expidiera la orden de aislarnos en nuestros domicilios y no quería alarmar ni contagiar a nadie. Los especialistas dicen que los jóvenes sin otro tipo de convalecencias crónicas se recuperan fácilmente, pero yo empecé a temer mi agravamiento. Entonces llamé al 171, la línea de apoyo gratuito ofrecida por el gobierno nacional.

Marqué varias veces el número de teléfono hasta que al final me contestó alguien. Me hizo 4 preguntas: si he viajado, si estoy relacionado con los contagiados, si tengo fiebre y mi edad. Sí, no sé, sí, 36, respondí. Que tengo cita para el 20 de abril, me dijo. Le agradecí, me despedí y colgué. Pero no podía permitirme esperar tanto tiempo.

El aislamiento, el abuso de las redes sociales y la información falsa están provocando un clima de histeria colectiva que empieza a notarse. Eso me invadió inmediatamente de pesimismo. Entonces empecé a informarme de todo lo que pudiera conseguir sobre el tema. En la búsqueda aparecieron tuiteros, youtubers, influencers, especialistas no titulados, expertos de última hora, remedios milagrosos y hasta conspiraciones. Como hay información valiosa, también hay cualquier cantidad de basura cibernética hostigando a la sociedad. Este momento lo único fiable es que la enfermedad es reciente y que se sabe poco. Los únicos medios confiables son los oficiales y las cadenas de comunicación serias.

Después de soportar varios de días de malestar, pero especialmente de incertidumbre, renuncié a mi insignificante heroicidad con el miedo de ser un villano propagador de la pandemia. Me arropé y tapé la boca casi hasta la asfixia. Poco después me encontraba entrando por Emergencias al hospital más cercano. Las medidas de seguridad fueron tan intensas que algunos pacientes y enfermeras hasta me miraban con desdén. El diagnóstico parecía claro: tenía Coronavirus.

Me atendió un médico de actitud desenfadada. Me hizo los típicos controles de presión, respiración y garganta. Le dije que creía ser portador del virus. Anotó mis síntomas e hizo el diagnóstico. Usted no pasa por un proceso viral, sino bacteriano, me dijo. Usted tiene amigdalitis. Le recetaré ésta inyección para la inflamación y éste antibiótico para la infección bacteriana. Líquidos y gárgaras para la garganta y para la tos. Descanse. ¿Cuántos más en una situación similar a la mía se creen portadores o enfermos pero solo tienen amigdalitis o tos? ¿Cuántos más pasan por lo mismo, no asisten a una consulta médica, se quejan de los sistemas de salud y desparraman desesperanza en su entorno? Que alguien tenga o no una enfermedad solo puede saberlo un médico.

Es mejor que todos quienes estén pasando por lo mismo renuncien a su innecesaria hazaña y busquen el diagnóstico de un profesional, pero especialmente dejen de alimentar la histeria

Es mejor que todos quienes estén pasando por lo mismo renuncien a su innecesaria hazaña y busquen el diagnóstico de un profesional, pero especialmente dejen de alimentar la histeria de una sociedad asustada, divulgando que sufren por una convalecencia no diagnosticada y por creerse portadores de un Coronavirus que tal vez no tienen.

Estos propagadores de escándalos, a cambio de un poco de conmiseración pública, de fama digital, de “likes” y de “retuits”, no hacen más que sembrar la desconfianza en nuestro debilitado sistema de salud pública por una avalancha de noticias falsas, rumores políticos y experiencias pueriles.

¿Y a qué debo la sensación de estrechamiento de la garganta y de progresiva incapacidad respiratoria, doctor? Pregunté. A que mucha gente está muy sugestionada con la pandemia y cree tener los mismos síntomas. Usted descanse, siga la prescripción y verá que se recupera en una semana.

Mi médico no se equivocó. Hoy estoy recuperado. Si me quedaba encerrado en mí incertidumbre, mirando al techo, quejándome por Twitter, buscando fama, alimentado el pánico, contagiando de pesimismo a la gente, solamente hubiera demorado más mi recuperación y empeorado mi estado de ánimo, así como hubiera empujado a otros a la desconfianza y a la decepción.

A los quejosos, falsos héroes y otros fantoches quiero decirles algo: vayan al médico, siempre hay uno cerca, dejen de quejarse, renuncien a la fama digital. Si tienen dinero en el bolsillo para un plan de datos que les permite vomitar toda su verborrea en las redes sociales, tendrán también para pagar una consulta médica. Confíen en nuestro sistema de salud, ayuden a difundir la confianza en nuestros médicos. Ellos diagnosticaran lo que fuera, y si tienen Coronavirus, tendrán que someterse a una estricta rutina de control y cuidado. Si no lo tienen será mejor para todos.

Pero lo que realmente tienen muchos de estos fantoches es una incurable necesidad de aceptación. Pero ese no es el problema de una sociedad atacada por un mal real y de un sistema de salud y de seguridad, integrado por valientes profesionales de la salud y de la seguridad pública que son los verdaderos héroes en medio de esta crisis mundial.

Apoyamos a nuestros verdaderos héroes si dejamos de difundir noticias falsas, si renunciamos a quejarnos por lo que podemos y debemos solucionar por nuestra cuenta, y si desistimos de la estupidez de buscar la absurda fama y la innecesaria conmiseración de las redes sociales.

@ghidalgoandrade

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