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Iván AlonsoMiembro desde: 27/01/12

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31/01/2013

Existe otra causa de la crisis económica que va más allá de la burbuja inmobiliaria o del despilfarro público, pero no siempre se toma suficientemente en consideración. ¿Podría existir un Banco Bueno?

Lo admito. Soy bastante ignorante. Sin ir más lejos, de Leyes sé más bien poco; pero lo justo como para reconocer que tomar sin autorización dinero o cualquier otro objeto que tenga algún valor, aunque sea pequeño, es un delito. No me interesa ahora afinar las diferencias entre hurto, robo, malversación, estafa, fraude o cualquier otro tipo de enriquecimiento ilícito. Lo cierto es que cuando alguien nos quita algo que sabemos o creemos nuestro, además de la indignación, el sentimiento inmediato, irracional e incluso egoísta que nos invade es la necesidad urgente de recuperarlo.

Dicho así, todo parece muy obvio, simple, pero espero que dentro de unas líneas entendáis por qué insisto tanto en esto. Aunque no tengo números a los que apelar, estoy casi seguro de que a la mayoría de las personas a las que, por ejemplo, les roban su coche, lo que más desean en ese primerísimo instante es recuperarlo. Si el ladrón debe ir a la cárcel o recibir cualquier otro tipo de castigo es una preocupación que en ese primigenio momento, después del robo, importa poco a la víctima.

La Economía es otra de las áreas en las que, y lo digo no con poca vergüenza, también soy bastante ignorante. Seguramente todo ciudadano debería estar mínimamente informado de los puntos básicos relacionados con la gestión de los recursos de su nación, pero además en mi caso, se supone que por mi formación, periodista, tendría más aún la obligación de estar al día de las novedades económicas. No obstante, por personal comodidad, lo reconozco, siempre me he acercado a esferas mucho más amables del oficio. En todo caso, dentro de mi profundo desconocimiento, hay un asunto que tengo más o menos claro, y es que todo este desastre económico que está viviendo España, y que ha puesto a toda la nación al borde del colapso y la indigencia, es el fruto de la confluencia de muchas decisiones poco acertadas en diversos frentes.

¡Vaya un descubrimiento! Habréis pensado cuando leísteis la anterior obviedad. Evidentemente, no hace falta ser Stiglitz para afirmar tamaño lugar común. Pero lo recalco porque a veces pareciera que nos hemos convencido que todo el origen del problema está en la explosión de la burbuja inmobiliaria o en el gasto desmesurado de las administraciones públicas en los años de aparente bonanza; y que por lo tanto, toda la solución está en reflotar el sistema bancario-hipotecario y en dar potentes tijeretazos a los presupuestos del Estado.

Que en minúsculos pueblos se construyeran polideportivos faraónicos o monumentales geriátricos, claro que ha sido parte del problema. Al igual que también el despilfarro de una geografía poblada de aeropuertos donde no aterrizan aviones; palacios de congresos donde apenas se celebran actos; o líneas de alta velocidad sin pasajeros cruzando estaciones fantasmas. También ha sido una irresponsabilidad, personal y a la vez compartida, la del albañil o camarero que creyó eternos unos ingresos inflados, y se comprometió en hipotecas imposibles que a la postre no ha podido pagar. Pero el sistema ha tenido otros agujeros probablemente mucho más graves que los anteriores. Porque las infraestructuras, aunque en el tiempo que se hicieron resultaron excesivas e innecesarias y sólo respondieron a la pedantería cateta del “milagro español”, son obras que a fin de cuentas quedarán para la posteridad, y quizás en un futuro se amortizarán. Es patrimonio que se puede recuperar, reconvertir, o gestionar de manera creativa para crear riqueza. Pero esos miles de millones del erario público que un buen día desaparecieron y que, presuntamente, siempre presuntamente, han ido a parar a las cuentas de inescrupulosos políticos de todos los signos, nunca se recuperarán.

Pero claro, a esos mismos políticos conviene que sigamos pensando que la causa de este desastre es que “vivimos por encima de nuestra posibilidades”, o que tenemos más servicios de los que realmente necesitamos, o que hay demasiados funcionarios públicos. Este es el punto al que precisamente quería llegar. Desde hace bastante tiempo circula por las redes sociales un listado donde se registran los nombres de políticos imputados por casos de corrupción. El inventario de la desvergüenza ya supera con creces los cien nombres, y constantemente se sigue alimentando. Aparecen miembros de los principales partidos políticos españoles: de izquierda, de derecha, de centro y pa’ dentro, sobre todo eso, pa’ dentro.

A esos mismos políticos conviene que sigamos pensando que la causa de este desastre es que “vivimos por encima de nuestra posibilidades”, o que tenemos más servicios de los que realmente necesitamos

La gran pregunta que se desliza en la calle, en todo tipo de conversaciones, es por qué resulta tan difícil recuperar lo que se ha perdido. Si existen casos donde se sabe perfectamente qué o cuánto ha sido robado, e incluso se han detectado las cuentas o los bienes que se han comprado con ese dinero ilícito, por qué resulta tan farragoso y complicado que la justicia y las fuerzas del orden decomisen y traigan de vuelta esos fondos. Claro, lo repito, yo es que soy muy ignorante, y no conozco de Leyes ni de Economía, y me pierdo entre tanto proceso administrativo y tanta vista judicial.

Incluso, me atrevo a decir que quizás la mayoría de la población, en un acto de magnanimidad, nos conformaríamos con que devolvieran lo robado. Ni siquiera nos enfrascaríamos demasiado en la idea de que pasaran largas temporadas en la cárcel. Bien lo merecerían, sin duda, pero siendo realistas, ¿de qué nos podría servir que el Duque Empalmado, o chaquetitas Camps, o sobrecitos Bárcenas se fueran al trullo? Si conociendo la picaresca hispana, sus celdas se terminarían convirtiendo en suites de hotel donde circularían las más variadas golosinas; y encima pagadas por todos los contribuyentes. Lo sustancial sería eso, que devolvieran lo robado y así poder empezar a remendar los agujeros que va dejando tanta tijera suelta. Pero claro, yo soy muy ignorante, y no sé de Leyes, y no tengo ni idea de qué puede hacer el Estado para recuperar esos fondos.

Apenas ayer, un indignado y desconocido vecino de bicicleta en la clase de spinning me argumentaba, empapado en prolijos sudores de pre entrenamiento, que no entendía por qué no se decomisaban las cuentas y bienes de los corruptos probados, y se creaba con esos haberes una suerte de “Fondo de Recuperación”. De esa forma, al igual que existe un Banco Malo al que han ido a parar todas las calamidades hipotecarias, pues también podría existir un Banco Bueno para gestionar los restos salvados del naufragio. En ese momento la idea, de tan pueril, simple y arrabalera, me resultó hasta brillante. Pero sospecho que mi vecino de bicicleta es tan o más ignorante que yo, y seguramente también desconoce mucho de Leyes y de Economía; y ni se imagina toda la burocracia, las vistas, los procesos administrativos, las apelaciones, los fallos procesales, y finalmente las prescripciones que seguramente impedirían que una idea así prosperase.

Pero no he podido parar de hacer cuentas, porque al fin y al cabo, para dejar correr la imaginación no importa ser un ignorante. De repente he recordado, por ejemplo, que a un hospital público de Sevilla le han dado recientemente un hachazo de diez millones de euros en su presupuesto de funcionamiento, lo cual seguramente repercutirá en despidos y resentirá la calidad del servicio. Los números salen a relucir, porque sólo una de las cuentas que se le han detectado al ex tesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, en Suiza, que con mucha probabilidad podría ser el fruto de comisiones y otras gestiones oscuras, acumula la friolera cantidad de veintidós millones de euros. Vamos, que solito el señor Bárcenas podría resolver por dos años los desajustes de este centro de salud.

Pienso también, y ahora permitidme que barra para casa, que con sólo una décima parte del dinero que su excelencia el Duque de Palma, esposo de una Infanta de España y Olé, cobró por dudosos conceptos a través de sus institutos y empresas, se podrían financiar varios años de funcionamiento de la institución cultural pública para la cual trabajo, y que hace verdaderos encajes de bolillo para sobrevivir. Y si hacemos estas comparaciones y encajes con todos los fondos de la lista del horror de imputados, imaginaros todos los actuales problemas que se podrían resolver de esta querida España, esta España nuestra. ¡Oye! ¡Lo mismo y se terminaba la crisis! Pero, claro, yo soy un ignorante, y qué voy a saber de Leyes, y de Economía, y de bancos buenos o malos. Lo único que sé es que los ignorantes también se cabrean, o nos cabreamos, y si además están, o estamos, parados, podemos, como diría Sabina, ponernos hechos una fiera.

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