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07/02/2012

La carta de un Policía anónimo a sus compañeros fallecidos en acto de servicio, un acto heroico que siempre se recordara

Hoy quiero dedicar el post a la carta de un Policía anónimo que recoge de primera mano toda la emoción de un cuerpo desolado.

“Carta para Rodrigo, José Antonio y Javier: siempre en nuestro recuerdo.

Queridos compañeros: me dirijo a vosotros en presente, porque vuestro ejemplo nos mantendrá siempre vivos en nuestro recuerdo, a mí y a todos los que vestimos un uniforme compuesto de la tela más simple (da igual el color) y el escudo más glorioso. Ese escudo que un buen día muchos soñamos llevar en nuestro pecho. Después de muchos esfuerzos, sacrificios y nervios, algunos privilegiados como vosotros, otros tantos y yo pudimos conseguirlo y por eso entre nosotros nos llamamos “COMPAÑEROS”.

Todos los “compañeros” que durante años llegamos en una fría mañana a la Academia, fuimos recibidos en la puerta por cuatro palabras: servicio, dignidad, entrega y lealtad. ¿Sólo palabras? Ayer demostrasteis que son algo más que palabras, un lema que cala hondo en la mente y el alma de los que entendemos esta profesión como algo más que un sueldo a final de mes.

En esta ingrata empresa en la que se pueden desempeñar tantas y tantas funciones, que vosotros realizabais hasta ayer (ahora hacéis la función de Ángeles Custodios) la que para mí y para muchos es la más bonita, pero difícil e incomprendida: estar a pie de calle atendiendo al ciudadano allá donde lo requiere, haciendo de todo, desde lo más sencillo a lo más complejo, y hay que hacerlo todo bien. Truncasteis robos, disolvisteis peleas, consolasteis a la familia de un fallecido, indicasteis calles, evitasteis hurtos, auxiliasteis a accidentados, incautasteis droga… ¡Y SALVASTEIS VIDAS! Y todo ello, tomando decisiones en décimas de segundo, pero hay que tomarlas bien, ya que sino la ciudadanía lo reprocha, y lo que es pero el de la toga negra, que no tienen miramientos.

Por si esto fuera poco, a menudo nos topamos con la cara menos amable de los políticos de turno, sacando pecho de nuestro trabajo cuando sale bien, y hundiéndonos cuando sale mal, al igual que los ciudadanos a los que defendemos sin miramientos, que nos vanaglorian cuando la actuación es a su favor, pero nos vilipendian cuando es en contra.

Seguramente cuando entrasteis en un bar a tomar un café al inicio del servicio para paliar el frío. Y seguramente alguien os vio y pensó: “Míralos, que bien viven, de servicio y en el bar”. Lo que no sabe es que trabajáis 10 horas de noche, después de haber patrullado otras tantas durante la mañana de ese mismo día y casi las mismas horas en la tarde anterior. Y todo ello conduciendo un vehículo, a veces a toda prisa, y estando alerta de todo lo que ocurría a vuestro alrededor, y dispuesto a acudir a dónde nos llamen, Y NUNCA PARA NADA BUENO.

Es muy probable que también provocaseis la envidia de alguien que, al veros pasar en vuestro coche-patrulla, mascullase: “Menudo chollo, todo el día sentados en el coche, dando paseos, y cobrando por eso”. Lo que no sabe ese alguien es que en unos segundos pasabais de estar sentados en el coche a correr detrás de un delincuente que había robado un bolso a una mujer que podía ser su abuela, madre o hermana; que vuestros “paseos” disuadían a los delincuentes de, por ejemplo, robar en su coche, y que cada vez que salíais al servicio vuestras madres y esposas no sabían si volverían a veros. Y ese riesgo inherente a esta profesión no se paga ni con el mayor de los sueldos, y menos aún con los mil y algo euros que cobramos. A pesar de todo esto, servíais a esos ciudadanos y al resto, y lo hacíais convencidos y con vocación.

Lo que no sabe es que trabajáis 10 horas de noche, después de haber patrullado otras tantas durante la mañana de ese mismo día y casi las mismas horas en la tarde anterior

Ayer, como tantas otras veces, atendisteis un aviso, llegasteis al lugar y, en décimas de segundo os visteis obligados a tomar una decisión: había que actuar, no había tiempo para más. Daban igual las circunstancias, el por qué esos chicos estaban en el agua. Si eran unos imprudentes o víctimas de un accidente fortuito. Si corríamos mucho riesgo. Esa no era la cuestión. La prioridad era sacarlos de allí, arrebatárselos al mar embravecido, que mostraba su peor cara y amenazaba con devorar sus vidas.

Sabedores de lo arduo de la tarea y de que el buen fin de la misma sólo podía lograrse en equipo, llevasteis la palabra “compañeros” a su máxima expresión, sumasteis las fuerzas de vuestros brazos, os lanzasteis al agua y construisteis una cadena que salvó la vida a un joven de veintiochos años. Pero el mar, dolido en su orgullo, fue cruel y quiso vengarse de quien le había plantado cara. Lanzó la más brava de sus olas contra vosotros, no os dio opción de rescatar al otro joven, y se dio por vencedor vanagloriándose de su victoria, a pesar de conseguirla en una lucha desigual.

Podía pasar, vosotros lo sabíais. Y a pesar de ello, no dudasteis en actuar y pelear. Otros muchos hubieran visto morir a aquellos jóvenes antes que aventurarse a ser pasto de las olas, pero vosotros… lleváis en el corazón bordado el escudo, VOSOTROS SOIS POLICÍAS. Cumplisteis con nuestro lema hasta sus últimas consecuencias, sin esperar recompensas ni nada a cambio. Porque un policía debe hacer lo correcto, e intentar salvar aquellas vidas lo era, aunque el precio fuese la vuestra propia. Y si había que morir, ¿podía ser de una forma mejor? Juntos, a otros compañeros hermanados por los brazos, simbolizando la unión hasta en el momento de caer, porque nunca dejamos solo a un compañero.

No puedo llorar más, porque más aun que la enorme tristeza por perderos, pero me alienta la inmensa alegría por la tremenda lección de sacrificio, profesionalidad y humanidad que nos habéis dado. ¡Gracias! Por enaltecer el nombre y la imagen de esta profesión, ¡GRACIAS! POR SER MIS COMPAÑEROS, y porque vuestro ejemplo, memoria y espíritu perdurará en tantos otros compañeros que velaremos por cualquier ciudadano y los suyos, aunque nos vilipendien, critiquen o nos miren mal.

Esperadme en el cielo, a mí y a todos los compañeros que un día nos reuniremos otra vez, algunos lamentablemente como vosotros, antes del día natural que por ley de vida corresponda, y Dios quiera que sea que dando la vida por los demás, para estar a vuestra altura.

Vaya para vosotros y vuestras familias mi abrazo y mi orgullo por contar con gente como vosotros entre mis COMPAÑEROS”

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