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21/07/2018

El poder del salario es un poder real. Los recortes salariales son, siempre, una real disminución del poder de los trabajadores. El desequilibrio que introduce el recorte salarial aumenta el riesgo de fortalecimiento de la corrupción

Poder, salarios y corrupción

Por Teresa Da Cunha Lopes

 

Debemos pasar de un país de "aprovechados" a un país en que el trabajo sea respetado, los ingresos del trabajo sean adecuados y en que la calidad de vida pase por la dignificación del trabajador.  Sin embargo, transitar de  un país de corrupción política rampante a una Nación económica y socialmente pujante no es fácil, aunque la vía es clara. Tal sólo es posible defendiendo los derechos laborales y dignificando el trabajo a través de políticas públicas que reconozcan la posición central del salario en la construcción de naciones libres y justas.

El atractivo de esta visión para todos nosotros que tenemos como paradigma central el principio de la dignidad humana es evidente. Aumentar, por ejemplo, el salario mínimo no solo hace sentido bajo de un punto de vista de mercado, sino que, al aumentar los ingresos individuales ( y, por ende de las unidades familiares), disminuirá la necesidad de las ayudas a los menos afortunados y, al mismo tiempo, permitirá bajar los impuestos a los trabajadores con mayores ingresos ( y, a las empresas, también).

Lo que necesitamos, los que trabajamos sea en sector público, paraestatal o en el  privado, no es de "asistencia social" . Lo que necesitamos es de seguros de salud garantizados, salarios más elevados, un mayor poder de negociación laboral y de empoderamiento político en la toma de decisiones. Lo que necesitan los que no tienen trabajo es de acceder a ayudas, no para mantener el statu quo del círculo de miseria, sino para abrir oportunidades, en el inmediato de trabajo remunerado y, en el mediano plazo de capacitación para acceder a trabajos con ingresos adecuados para una calidad de vida digna. El poder del salario es un poder real. Los recortes salariales son siempre una real disminución del poder de los trabajadores. El desequilibrio que introduce el recorte salarial aumenta, entonces, la deriva para una permanencia (hasta un fortalecimiento) de la corrupción.

Sé que la mayoría no lo ve igual. Pero pensémoslo así: no tienes que creer que los políticos saben lo que hacen. De hecho, muchos de ellos nunca han pasado por el mercado laboral ni han tenido experiencia productiva. Debemos leer, en primera mano, los contextos dinámicos en que estamos inmersos y levantarnos contra una campaña de acoso e intimidación, un intento de meter miedo a los trabajadores - vean lo que pasa con los trabajadores de un sector fundamental como es lo de la educación -no solo para que acepten las exigencias de reducción de plazas como de recortes brutales en sus ingresos. Por otro lado, como lo vimos en las recientes lecciones de los "rescates" de la quiebra del 2008 la "austeridad" dura y cruda no funciona[1]. 

Y, sobre todo, no confundamos, como parece querer hacernos la narrativa política vigente, combate a la corrupción con austeridad. Ni mucho menos, mezclar  “eliminación de la corrupción” con recortes indiscriminados salariales en todos los niveles del aparato del estado o en otros sectores.

Seamos claros.

1.-El combate a la corrupción es necesario y urgente. Nadie lo niega. Pero, debe de ser dirigido contra el blanqueo de capitales, la fuga a los impuestos, contra los paraísos fiscales, contra el desvío de recursos públicos para enriquecimiento indebido. Debe eliminar las partidas secretas, las simulaciones de contratos y las empresas "fantasmas". Este combate debe tener "dientes": fiscalías con recursos adecuados, apoyadas en un marco jurídico (incluyendo tipificación de delitos y determinación de sanciones y penas disuasorias) claro y con vías de impartición de justicia rápidas y eficientes.

2.-La austeridad es otro tipo de instrumento de control: es un control de la economía y del proceso económico. No un instrumento de lucha contra la corrupción. Es, siempre, en primera y última instancia, una formidable herramienta político-económica contra los trabajadores, contra la renta del trabajo y contra la calidad de vida de la mayoría de los individuos y de las familias . En suma, erosiona las democracias y atenta contra las sociedades basadas en el paradigma del respeto por la dignidad humana[2].

Ahora bien, tal como lo enunció Paul Krugman “Empieza a desmoronarse el consenso de que ser amable con los ricos y cruel con los pobres es la clave del crecimiento económico”. Un país, una nación, NO es una sociedad anónima y, por ende, los costos sociales de administraciones que ven el diseño de las políticas públicas como un ejercicio puramente “empresarial” son terribles y desgarradores.[3] Las consecuencias de la “austeridad” son siempre contabilízales en terribles costos sociales y en tragedias humanas y empobrecimiento de las familias trabajadoras. Porque, las políticas públicas basadas en el paradigma economicista de la austeridad lo primero que atacan es el salario y los derechos laborales. Por ende, van contra la estabilidad laboral de los que ya estaban en una situación de trabajo digno y, NO producen ningún refuerzo del mercado laboral.

Debemos usar nuestra influencia como opinión pública para conseguir que aumenten los salarios.: revalorizar el trabajo debería ser el eje central de las políticas públicas. Revalorizar el trabajo solo funciona cuando se defiende la renta del trabajo que es el salario. Las políticas públicas pueden ayudar mucho a los trabajadores, pero, lo tienen que hacer en un equilibrio con el buen funcionamiento de los mercados.

El mercado laboral NO ES igual a los otros mercados. Contrariamente a lo que pensaban algunas escuelas de pensamiento económico (y, todavía piensan muchos políticos y empresarios mexicanos) el mercado laboral NO ES similar al resto de los mercados, donde los precios de las distintas clases de trabajo —es decir, las tasas salariales — "estaban plenamente determinados por la oferta y la demanda". Estudios recientes, en particular el de Card y Krueger [4]han demostrado que subir el salario mínimo no tiene por qué reducir la cantidad de puestos de trabajo. Al revés, el efecto, tal como quedó claro en los resultados del trabajo arriba mencionado, son positivos. Lo que es comprehensible. Aumentar el salario mínimo incrementa ingresos individuales. Estos posibilitan ahorro y fomentan demanda. La demanda crea la necesidad de producir más y abre ofertas al mercado laboral.

Un modelo de salarios más altos crea mayor estabilidad de empleo y trabajadores (que también son electores) más satisfechos, sociedades más equitativas y pacíficas.  Un modelo en que la renta del trabajo se encuentra en el centro del diseño de las políticas públicas  construirá una sociedad en que la clase media, que hemos visto reducirse en las últimas décadas, pueda volver a expandirse .

El mensaje que deberíamos estar escuchando desde el “gabinete de transición” es de que el Gobierno federal puede y debe usar su influencia para conseguir que aumenten los salarios. Tanto en los sectores privados como en el público. El mensaje debería ser claro sobre la necesidad de crear más espacios de dialogo para defensa de derechos laborales.

Este mensaje debería ser claro y no confundir combate a la corrupción con austeridad ni usar en la construcción de un discurso anticorrupción el efecto emocional y gratuito de “diabolizar” a los trabajadores públicos y a los trabajadores sindicalizados.  

Es altura de reconocer que:

Por otro lado, no es totalmente cierto que el estancamiento salarial arriba mencionado, pueda ser leído, solamente, como un producto de la competencia mundial y de la tecnología que ahorran  mano de obra y, que en consecuencia  han imposibilitado que se paguen sueldos dignos a los empleados, a menos que estos tengan mucha formación de alto nivel.

El estancamiento y la falta de oportunidades ES, también, un producto derivado de la corrupción.  Lo que nos lleva a enunciar que la lucha contra la corrupción (y las redes de poder que genera) no puede nunca derivar en una narrativa contra el salario.  Tanto más que la "confusión " narrativa ( sea ella fruto de un "spin" político dirigido o involuntariamente producida por una mala comunicación política) es contraproducente y con efectos negativos. O sea, políticas públicas de austeridad que impongan recortes brutales de salariales en vez de nivelamiento salarial, se traducirán en descontento y, este en disminución de competitividad. 

Unos empleados -funcionarios públicos o empleados del sector privado - con un sueldo digno tienden a trabajar mejor que unos trabajadores que reciban la cantidad mínima que un gobierno o un empresario quiera pagar impunemente.

O sea, una nación con salarios dignos es siempre una Nación rica.  Países con políticos ricos, generalmente son países pobres.  La austeridad no crea la primera. La corrupción produce los segundos.  

Notas 

[1] Ver Da Cunha Lopes, T. (2015). “ Un dantesco descenso a los infiernos”, artículo de opinión publicado en la edición electrónica de Globedia el 13 de Julio 2015, consultable en http://cr.globedia.com/dantesco-descenso-infiernos-teresa-cunha-lopes

[2] En un artículo que publiqué en el 2014, bajo el título “ En defensa del aumento del salario mínimo“ escribí y lo retomo hoy  : “Alegar que aunque el salario mínimo actual parezca bajo, incrementarlo automáticamente nos conduciría a la pérdida de puestos de trabajo y a un proceso de inflación imparable, no sólo es falso como tiene un fundamento doctrinal mercantilista virreinal (me refiero al principio de la “miseria de los salarios ) que funcionaba (mal) en el siglo XVII, pero que es fatal y hasta contraproducente para el propio sistema capitalista en el siglo XXI, sistema que necesita de una expansión del consumo, y por ende del mercado interno, que sólo puede ser alcanzada por el alargamiento del universo de demanda efectiva.”, https://www.atiempo.mx/editoriales/en-defensa-del-aumento-del-salario-minimo-teresa-da-cunha-lopes/

[3] Ver mi columna de opinión “Mucho ruido y pocas nueces”, publicada el 24 de marzo en la Revista Búsqueda, https://revistabusqueda.com.mx/opinion-mucho-ruido-y-pocas-nueces-por-teresa-da-cunha-lopes/

[4] Card, David y Alan B. Kruger (2015). “Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania”, consultado en línea en la dirección web http://davidcard.berkeley.edu/papers/njmin-aer.pdf

 

 

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