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13/03/2015

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Marzo se supone que iba a ser divertido. En casa, tres de los cuatro que la habitamos cumplimos años. Este pequeño viaje alrededor de una mesa también. Los días son un poco más largos, el frío empieza a retroceder. Un mes donde parece que remontas las dificultades de principio de año, te quitas el polvo de la ropa, coges fuerza, y afrontas lo que te queda por delante.

Marzo ya nunca será igual. Hace unas cuantas horas que tengo la vista nublada por las lágrimas. He estado levantado parte de la noche, dando vueltas en silencio sin entender muy bien porque. Triste, hundido.

El Hombre del Sombrero se ha ido.

Supongo que para muchos de vosotros es difícil entender la enorme tristeza que sentimos muchos de sus lectores, es alguien a quien no conocíamos personalmente, a quien nunca habíamos visto. Pero para algunos de nosotros fue casi como un padre. El Hombre del Sombrero era en quien apoyarse, a quien buscar cuando sentías que el frío ganaba terreno.

Mi primera novela de Pratchett fue El color de la magia, la primera de la serie del Mundodisco. No recuerdo donde la compré, pero recuerdo que tenía en la cabeza la palabra Mundobizarro, no tengo la menor idea de porqué. Esa palabra me bailaba en la cabeza hacía meses y un día vi una novela que hablaba del Mundodisco. Asociación de ideas. Inteligéncia embotada por la musica siempre demasiado alta, el humo y el alcohol. La compré al instante, atraído por la cubierta y algo de que este autor era el más robado en la cadena de librerías Waterstone´s. Pensad que en aquella época yo calzaba botas militares, pantalones pitillo lilas, rojos o negros, cazadoras militares e iba gran parte del día borracho.

Apenas con diecisiete ya no vivía en casa, mi padre me había enseñado donde estaba la puerta, vivía en un garaje. Mi madre vivías lejos y sin ganas de saber mucho de nosotros. Me pasaba el día patinando, escuchando punk y dejando trabajos uno detrás de otro. Y bebiendo.

El color de la magia no me salvo la vida, ni dejé de ser lo que era, pero Practhett me hizo reír y disfrutar, me hizo olvidarme de la soledad de un garaje con un camastro, de la falta de amor de mis padres. Con Practhett me sentía un poco especial, como un miembro de la guardia, arropado por sus congéneres, por Vimes.

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Luego conocí a mi mujer. Y dejé un camino que se torcía por momentos, para coger otro que tampoco ha sido demasiado recto. Pero Practehtt siempre ha estado ahí. En casa tengo treinta y dos novelas suyas, todas leídas y manoseadas, de las cuales veintiuna son de bolsillo. Recuerdo comprar muchas de ellas en Gigamesh, con vergüenza, las de los lomos verdes. Recuerdo ahorrar para comprarlas, dejar de fumar Ducados, de beber cerveza, para tener dinero para leer.

Ahora tengo treinta y siete años, a unos días de cumplir uno más, y Pratchett sigue siendo un pilar en mi vida, sigue alegrándome el día cuando pienso que hace un año que no encuentro trabajo, que educar a un adolescente es brutal, que intentar seguir adelante con un millón de dificultades es imposible. Sigue ahí, con sus lecciones entre las páginas, con su visión de la vida tan increíble, con ese humor tan delicioso que hace que revivas y que la vida valga la pena.

Mi padre murió en 2010, y yo, como Vimes, tampoco llore cuando se fue. Pero si lo he hecho ahora, con Terry, lágrimas que llegan en cualquier momento en cualquier lugar, una sensación de tristeza infinita que te oprime el pecho.

Leo la tristeza de Manu, la de Vimes, la de David en Facebook y veo que todos hemos tenido vidas parecidas, sin un padre que nos sirviera de modelo, sin una vida ordenada. Pratchett ha sido nuestro modelo, nuestro asidero en momentos de caída.

Hace años, cuando internet estaba en pañales, cuando las redes sociales no existían y nos comunicábamos en los foros, conocí a Manu y a David. Hablábamos del Mundodisco, de las traducciones, de las ediciones, de tantas cosas. Las listas de correo, las convenciones, cualquier cosa para seguir alimentándonos.

La fuerza se agota, Ledesma, Practhett, dos grandes que han marcado mi vida. Es difícil seguir sonriendo, fingir que todo va bien.

¨La gran tortuga A´Tuin se acerca, nadando lentamente por el golfo interestelar, con los pesados miembros llenos de hidrógeno congelado, la enorme y viejísima concha llena de cráteres de meteoros. Con unos ojos del tamaño de mares, encostrados de lágrimas reumáticas y polvo de asteroides, Él contempla fijamente el Destino.¨

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