Victor Virgós
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07-02-2012 07:32
El código 252
Categoría:Cultura
| Tipo: Opinión | Tags:252
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Despanzurrado en la cuneta como un espantajo arrancado de su yermo erial, Mario se llevó las manos a la nuca y palpó asustado con etérea liviandad.
Sus falanges hicieron contacto con una amplia brecha de la cual manaba sangre con holgazana parsimonia.
El dolor en esa zona, sin embargo, era insufrible. Cientos de alfileres del tamaño de floretes parecían hendir su cráneo sajado removiéndose con aguijones dotados de motilidad y voluntad propia.
A unos 20 0 30 metros cuesta abajo estaba su Ford Focus gris metalizado, con su abollada panza contemplando las estrellas y las ruedas girando como los piececitos de un niño enrabietado.
A duras penas logró incorporarse sobre el arcén, pero un dolor intenso y lacerante en la rodilla derecha le catapultó nuevamente hacia la garganta de la agonía y se desplomó como su fuera una de las desdichadas víctimas ajusticiadas en los macabros fusilamientos del 2 de Mayo.
No podía levantarse, debía hacerse a la idea atroz y paralizante de que su afinidad con paralíticos y lisiados de guerra jamás fue tan íntima y fundada.
No podía quedarse allí tendido como un botatarate, tendido sobre la cuneta, desechado como los despojos olvidados de un ágape campestre.
Por algún motivo que no lograba recordar, le resultaba acuciante, perentorio, llegar hasta su coche, donde había quedado su teléfono móvil.
Acababa de sufrir un accidente con su coche que le había dejado maltrecho y dolorido, pero ése no era el motivo más descollante de su zozobra anímica.
("Lo úico que importa es llegar hasta el coche y coger el teléfono...")
¿Esperaba una llamada importante o era él quien debía efectuarla?
Mario se devanó los sesos, pero la respuesta no llegaba, se había quedado atorada entre las ramificaciones dendríticas de sus neuronas.
-"¡Maldita sea! ¿Por qué no puedo recordarlo? ¡Reacciona Mario! Hay algo imprescindible que debo recordar, pero... ¿Qué es?"
Abatido, contempló su entorno desangelado. Hacía más de media hora que no pasaba ni un sólo vehículo por aquella carretera inhóspita con destino a Manises.
En todo caso, la noche valenciana ya hacía tiempo que se había asentado sobre aquel páramo dominado por la deserción.
Cualquier otro conductor trasnochador que abordara aquel tramo a esas horas intempestivas de la madrugada pasaría a toda velocidad, y sería improbable que reparara en una figura retorcida e inmóvil, adherida al asfalto como un esparadrapo que taponara una rajadura infecciosa en la piel.
La quietud noctámbula se vio interrumpida por el sonido de una música que reconoció de inmediato: era "Las hébridas" de su compositor y director de orquesta predilecto, Félix Mendelssohn.
"Sí, ahora recordaba... llegaba el aluvión de recuerdos, en cascada y con banda sonora incluída".
MariO recordaba ahora perfectamente al fornido uruguayo de la cicatriz ovalada en el pómulo derecho que se habia identificado como Ramiro Romay.
Le había advertido de su llamada a las 03:46 minutos de aquel Viernes 19 de Enero.
Se había presentado en la sucursal impecablemente trajeado para cursar unos asuntos relacionados con la importación de mercancías de "alto riesgo medioambiental".
Ya en aquel preciso instante Mario intuyó que su propósito, coronado por un halo estrafalario de misterio e imprecisión, era tan impostado como su presunta identidad uruguaya, hábilmente falseada en un pasaporte rudimentario abarrotado de sellos estampados de la India, Sri Lanka, Hawai, Albania o Pakistán.
Era como contemplar a un bufón que cubriera su faz con una ridícula máscara veneciana. Sabes que bajo la cubierta burlona surgirá el semblante verdadero.
El cliente presuntamente extranjero le entregó un sobre, que contenía una fotografía reciente de su hija, Alana.
Espeluznado, comprobó que se hallaba atada en una especie de potro de tortura medieval en una lúgubre sala con aspecto de mazmorra.
Ahora lo recordaba todo... su aspecto cadavérico y feroz, acostumbrado a las hostilidades y la extorsión. La exigencia inflexible del uruguayo, y la llamada... la llamada que debía atender exactamente a las 03:46, ni un minuto más, ni un minuto menos. Esas habian sido las imposiciones nefandas del villano.
"Un sólo error, tu hija muere. Si llamas a la policía, a un vecino, a un familiar o a un amigo de la infancia, da igual... tu hija sufre las consecuencias. Si avisas a alguien o si abres tu bocaza de banquero, la degollamos".
"Tenía que atender la llamada, llegar hasta el coche, coger el teléfono...".
La tonada apaciguadora de Mendelssohn iteraba su perorata incansable agotando segundos, arrebatándole a su hija tiempo de vida.
Tenía que coger el teléfono, pero no se atrevía a mirar el reloj, por miedo a que las agujas le confirmaran lo que ya presentía: "la hora pactada había expirado para entrar en una nueva espiral de locura y horror".
Sus secuestradores perdían el botín prometido, él, perdía una hija.
("Un solo error, tu hija muere...").
Apenas podía moverse, por lo cual optó por adoptar alternativas "gasterópodas" y se arrastró pendiente abajo hacia el coche, que se asemejaba a una enorme lata de conservas espachurrada y retorcida.
Su progresión fue calamitosa. El terreno escarpado parecía decidido a aquilatar la dimensión de su aguante fisico y mortificar su cuerpo clavándole en la piel astillas, cristales diminutos y arenisca.
El compositor alemán concluyó con su pieza. El teléfono ya no sonaba...
Mario aceleró su descenso por medio de la técnica infalible del canto rodado, mucho más rauda, mucho más dolorosa.
Su cuerpo apaleado chocó estrepitósamente contra su coche. Ya nada importaba, la hora fijada había expirado y su hija debía estar ya muerta.
De nada había servido rodar por la colina como un risco desprendido. La llamada se había cortado y por su culpa, el uruguayo había cumplido su promesa.
Compungido, comenzó a sollozar con impotencia. Entonces, sus gemidos quedos, regalados a los centinelas de la noche, los acalló nuevamente el egregio director de orquesta.
Su corazón estalló de alborozo; un brote de esperanza en tierra socarrada.
Mario se apresuró para reptar hasta el interior del vehículo, penetrando a duras penas a través de la ventanilla del conductor.
La luna estaba seriamente despedazada, así que tuvo que limpiar precipitadamente los guijarros de la oquedad con una piedra maciza.
Aún así, al introducirse en el coche, notó como diminutos puñales cristalinos le producían pequeños cortes y rasguños en las manos.
No importaba... podía soportar el dolor, los arañazos, la sangre... pero no podía perder a su hija.
El espacio interior era extremadamente claustrofóbico como para acoger en su seno un cuerpo de su envergadura, pero no necesitaba entrar completamente... tan sólo tenía que coger el teléfono.
Lo encontró junto a la palanca de marchas. Mario descolgó al tercer tono.
-"No parece importarle mucho la vida de su hija. ¿Cree acaso que no seré capaz de matarla? Me decepciona usted, Sr.Robles, terríblemente... "
-"!He tenido un accidente con el coche! ¿Mi hija está bien? ¡No le haga daño! ¡Es sólo una niña¡
Mario bramaba a través de la línea, desesperado.
Durante unos segundos la comunicación quedó en suspenso. Mario contempló la pantalla de su moderno Blackberry para comprobar si la llamada se había cortado. No... el inicuo uruguayo de la cicatriz ovalada seguía al otro lado, como una hiena hambrienta, acaso memorizando la cadencia de los latidos de su corazón.
-"No se preocupe, Sr.Robles. Alana está bien. A fin de cuentas, a mí sólo me interesa su iris, su huella digital, ya sabe... para poder acceder a la caja de seguridad del banco.
Eso fue lo que pactamos, ¿lo recuerda? Tenía que esperar mi llamada y traer las llaves, todas las llaves... tanto las de la puerta de entrada, como la de los casilleros... y por supuesto, la de la cámara de seguridad, o el código que me comentó... o lo que demonios le haga falta..." ¿Lo tiene todo, verdad? ¿No irá a decepcionarme...?"
- "¡Claro que lo tengo todo! !Exijo hablar con mi hija!. Necesito oír su voz, saber que está bien".
- "Ya... y yo necesito el dinero de la caja fuerte, ya sabe.... para mis gastos, que son muchos y caros. La verá en seguida, no se preocupe tanto por ella y preocúpese más por mí, así todos saldremos ganando. Escúcheme atentamente, Sr.Robles. Coincidirá conmigo en que ese accidente suyo ha sido de lo más inoportuno. ¿Podrá llegar hasta la sucursal?"
- "Estoy herido, apenas puedo moverme, pero llegaré aunque tenga que hacerlo a rastras."
Otra vez el silencio ominoso, la partitura de una defunción. Después, la voz furibunda de Ramiro Romay sesgó la noche nuevamente.
- " Es un infortunio, una adversidad inesperada, Sr.Robles. Voy a tener que enviarle a alguien, ¿se da cuenta de la que ha liado con sus prisas al salirse de la calzada?. Como comprenderá, cada segundo que discurre es tiempo perdido que me aleja de mi botín y a usted... de su añorada Alana.
Sabe perfectamente que si está tratando de ganar tiempo o engañarme, su hija sufrirá las consecuencias, y no queremos que eso suceda, ¿verdad, Sr.Robles?"
- "No le engaño, puede fiarse de mí. Estoy en el Km.19 de la carretera que va a Manises. Mi coche es un Ford Focus metalizado. Lo verán volcado a pocos metros de la cuneta".
-"Iremos a buscarle. No me la juegue y podrá volver a abrazar a su hija. Si esto es una emboscada o una trampa de cualquier tipo... ya sabe... no necesito contarle más."
Mario iba a replicar enérgicamente, pero entonces, la línea quedó muda, una vez más.
Media hora más tarde aparecía como flotando sobre el asfalto un flamante Mercedes gris metalizado.
De su interior emergieron tres fornidos encapuchados que lo arrastraron en volandas hasta el alternativo medio de transporte.
Le introdujeron con innecesaria rudeza en el asiento posterior, donde le ataron, amordazaron y encapucharon.
Los dolores eran incesantes, especialmente aquellos que habían decidido asentarse en la zona de la nuca, donde la brecha seguía vomitando hilillos de sangre cada vez más míseros.
El coche planeaba sobre el asfalto como un cóndor sobre ruedas. A los pocos minutos se detuvo con exagerada rudeza y le sacaron del compartimento trasero a empellones.
Entonces le quitaron la caperuza, liberándole también de la mordaza, pero ellos no se descubrieron.
Una voz ya sobradamente conocida por Mario le habló por la espalda, con amabilidad y naturalidad afable.
Era Ramiro Romay, el presunto uruguayo. Sólo él mostraba con prepotencia su rostro desalmado. A su lado, temblaba de miedo su pequeña, Alana.
Le observó con arrogancia durante unos instantes. como si celebrase el estado calamitoso en que se encontraba, apoyado contra el coche como estaba, para no desplomarse.
- "Bueno... ya está aquí. Vamos a ver si podemos ir comenzando.
Está usted hecho una ruina, Sr.Robles, pero no se preocupe, somos buena gente, de verdad.... le ayudaremos en todo cuanto sea preciso para que podamos acceder sin contratiempos a la cámara del tesoro. En su estado no creo que vaya a hacerse el héroe ¿verdad?. Como verá he cumplido con mi parte, su hija está perfectamente, puede comprobarlo por usted mismo."
Padre e hija se miraron sin decir nada, con lágrimas en los ojos, soportando la agonía del secuestro.
El uruguayo hizo un ademán a sus esbirros y éstos, obedientes, le ayudaron a caminar. Estaban ante la sucursal, Rápidamente entraron en una sabana siniestra de calma entre penumbras, formando una clandestina ringlera de almas atormentadas por el miedo o la codicia.

(FIN DE LA PRIMERA PARTE)
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