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¡Perro mundo!

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02/04/2018 09:21 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Crónica 2: De la perrera municipal a un mundo mejor

Por Lope, el mejor amigo del hombre

Como os contaba en la crónica anterior, acabé en la perrera. Allí comprendí lo que era la melancolía, ‘estado anímico permanente, vago y sosegado, de tristeza y desinterés, que surge por causas físicas o morales…’ ¡Lo echaba de menos!

Pero a la melancolía, le sucedió un estado más inquietante, ¡el instinto de supervivencia! En la perrera solo viviría diez días y después… al mundo de las tinieblas para hacerle compañía a mi difunto amo. ¡Ya habían transcurrido siete!

Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado. Apareció la cuidadora de la perrera con un hombre joven que buscaba un perro abandonado para adoptarlo. Hablaba con ella sobre la reforma del Código Civil para considerar a los animales seres vivos y no cosas. Yo no entendía de que iba eso, pero me pareció un buen tipo. El resto de colegas de la perrera trataba de llamar su atención poniéndole ojitos o ladrando para hacerse notar. Sin pensármelo dos veces, cuando se detuvo ante mi jaula y me miró, le hice un display con lo más destacado del repertorio que me había enseñado mi antiguo amo, rematando con un efusivo choca esos cinco y un lametón de cara que le di al agacharse para saludarme.

Estaba impresionado por mi representación —dijo—. Me aplaudió y yo hice lo mismo cuando la cuidadora abrió la jaula para dejarme salir. ¡Un comediante total! —bromeó mi nuevo amo acariciándome la cabeza, mientras yo me encaramaba a su pierna—. Desde ese momento, dejé de ser Lazarillo y pasé a llamarme Lope. ¡El rey de la comedia! Mi nuevo amo no se dio cuenta de que yo no estaba haciendo teatro, sino intentando salvarme.

Volví la vista atrás y me despedí de los colegas de aquellos días. Todos soñaban con que los adoptara una familia. Les deseé suerte. Mi antiguo amo estaba seguro de que la suerte lo era todo en la vida.

Hasta entonces, pensaba que una familia éramos mi amo y yo, pero nunca te acostarás sin aprender algo nuevo —solía decir mi difunto—. En mi segunda adopción descubrí que lo que tuve con él era solo una familia monoparental. Mi nuevo amo tenía una más amplia. Fue una sorpresa comprobar que los hijos siguen viviendo con los padres aun siendo mayores —los humanos son bastante inmaduros—. La otra gran sorpresa fue descubrir que la familia no vivía por las aceras, ni dormía en cajeros automáticos. Su casa era enorme, con jardín y garaje donde mi nuevo amo metió el coche en el que habíamos llegado. ¡Nada que ver con el carrito de la compra del anterior!

Y al entrar en la casa, el sorpresón. ¡Tenían un perro tumbado en el sofá! Me saludó con un gruñido prolongado. Mi amo nos presentó pero el otro siguió gruñéndome enfadado hasta que la madre de mi amo lo cogió en brazos y lo acarició a la vez que le daba un bombón. Estaba celosillo —dijo— y recriminó a su hijo por presentarse en casa con un chucho callejero maloliente.

Mi nuevo amo matizó el asunto resaltando su buena acción al rescatarme de la perrera, y aseguró que en mis papeles figuraba que era un Jack Russell con mezcla de pelajes solo. Su madre me miraba con escepticismo. Yo salí al paso dándole la patita educadamente, como hacía con las señoras que me regalaban algo en mi vida anterior. La madre me la estrechó con cierto reparo por lo de venir de la perrera, supongo. Y mientras ella me saludaba mi colega mimado se mosqueó a tope. Saltó sobre mí y mi amo tuvo que cogerlo al vuelo por el collar para evitar lo peor —según dijo para disimular el tirón de cuello que le había propinado—. Yo me marqué un Pablo Iglesias, por si acaso, y a la madre casi le da algo al ver que su animal de compañía corría peligro. ¡Controla a tu chucho! —exclamó—, y ni se te ocurra instalarlo en casa. ¡A dormir a la caseta del perro! Me pregunté por qué tenían una caseta si no la usaban. Estaba claro que mi colega mimado no dormía en ella. De lo contrario, la madre no querría que compartiera conmigo su espacio. ¡Buena deducción, Lope! —pensé.

¡Chucho insolente! ¡Seguro que es de Podemos!

La vida en familia empezó mal, pero como apuntaba mi antiguo amo, si Murphy puede empeorar algo, lo hará. En el cuarto de estar tenían una Smart TV enorme. Era la hora de las noticias de la noche. Mi amo encendió la tele. En unos segundos apareció el resto de la familia. El padre, su hermana y la madre que llegó la última acompañada de mi colega celoso. Yo no quería líos, así que me quede junto a mi amo.

Las noticias abrieron con la manifestación de manteros en Madrid. De repente pusieron un primer plano de algunos senegaleses del barrio que vendían cosas sobre una manta en la calle. No pude evitar alegrarme de verlos. Viejos conocidos de Lavapiés. Me puse en primera fila con la trufa casi pegada al plasma y moviendo la colita compulsivamente. A la madre de mi amo le faltó tiempo para exclamar eso de “dime con quién andas…” Estaba segura de que yo había reconocido a los manteros que se manifestaban incivilizadamente. Era obvia mi condición de ¡chucho callejero!

Pero no acabaron ahí mis meteduras de pata. A continuación salió en pantalla un político, Mariano Rajoy, dijo la presentadora del telediario. Yo no lo había visto nunca pero, al oír su nombre, hice lo que había aprendido. Sentado sobre los cuartos trasero me tapé la nariz con las patitas delanteras. La madre de mi amo se indignó. ¡Chucho insolente! ¡Seguro que es de Podemos!  —dijo convencida, aunque yo aún no sabía a qué se estaba refiriendo con eso.

Y todavía lo peor estaba por llegar. La presentadora del telediario habló del tuit que había escrito Pablo Iglesias a propósito de los manteros. Sin pensármelo dos veces, me puse de pie, gruñí y saqué los puños lanzando derechazos al aire. La hermana de mi amo dijo que flipaba de lo ¡capuuuullo! que era el perro, y lo acusó de haberme enseñado eso para tocarle las narices.

Mi amo bromeó con que me habría adiestrado alguien del PP —no sé a qué se refería, pero seguro que no acababa el día sin averiguarlo—. Lo cierto es que, antes de que mi amo terminara de hablar, la presentadora de las noticias nombró a Albert Rivera. De inmediato, me puse a representar la muleta naranja —como decía mi difunto—. El nuevo no salía de su asombro. ¿También contra mí partido, cabroncete? —exclamó mi amo al tiempo que me ponía la zancadilla y caía al suelo.

El padre se partía de risa viendo las caras de su familia y aplaudiéndome. Pero todavía se río más, cuando sonó el nombre de Pedro Sánchez e hice el numerito del Geyper Man. Soltó unas carcajadas y luego, más en serio, articuló que ojalá volviera Felipe González. A mí no me sonaba ese nombre. Sin duda me quedaba mucho por aprender.

Mi nuevo amo me dio un tirón de orejas entre risas. Su hermana y su madre acabaron riéndose  también. Aun así, la madre le recordó que “por la caridad entra la peste, hijo mío”.

¡Cualquiera entiende a los humanos!

 


Sobre esta noticia

Autor:
Lope Lopez (7 noticias)
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Tipo:
Opinión
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