Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Robertelyankee escriba una noticia?

Petición de cita amorosa muy patética

10/11/2009 22:36 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hay formas de declararse al amor de su vida.

- ¿Tengo que hacerlo? - preguntó Eugene Bell ruborizado.

Era un hombre demasiado tímido. Tenía cuarenta y siete años y a nadie le extrañaba que siguiese estando soltero, sin compromiso y en estado virginal.

- Así es, Eugene. Ya conoces el lema del programa: “Sorprende y deja perplejo a la persona que más quieres en el mundo”- trató de animarle el famoso presentador del programa de citas bajo cámara oculta titulado “Corazones Sorprendentes”, Michael Della Morgue.

- Ya, pero dudo que ella me quiera ni un poco - se sinceró Eugene con pesimismo.

- Darías cualquier cosa porque se enamorara de ti, ¿verdad? - insistió el conductor del programa.

- Sin dudarlo. Pero el caso es que hacerlo de esta manera no me convence mucho.

- Tú estate relajado y tranquilo. Tienes que tratar de ser tú mismo. El mismo Eugene cuando acude al colmado de la esquina a por su bollo de pan y sus donuts.

- Soy muy vergonzoso, Michael.

- Anda ya. No seas tan humilde. Tienes un porte estupendo y vas a dejarla anonadada.

- Hummm…

- Vamos, encamínate hacia las puertas automáticas de entrada al supermercado. Todo el equipo está listo y preparado para empezar a grabar en riguroso falso directo.

Eugene asintió no muy convencido con la cabeza y se dirigió con cierta dificultad hacia la entrada del “Metro dome Markt”.

Raquel era una mujer espléndida de veinticinco años, rubia coletuda y con una figura esbelta de deportista activa aún a pesar de sus jornadas intensivas de doce horas en el supermercado. Estaba en su sitio, de pie antes de la entrada a la sala de ventas. Sin lanzar miradas directas a la clientela que entraba y salía por salida sin compras, analizaba el comportamiento y el vestuario de la gente en busca de posibles sospechosos, amigos de apropiarse del género expuesto en las estanterías de los pasillos interiores.

Era un hombre demasiado tímido. Tenía cuarenta y siete años y a nadie le extrañaba que siguiese estando soltero

Fue entonces cuando vio aparecer un sinvergüenza disfrazado de hipopótamo del río Orinoco. El individuo se quedó quieto a su lado, con la enorme boca abierta, a través de cuyas mandíbulas se veía el rostro sonrosado y apurado de Eugene Bell.

- Hola, encanto. No nos conocemos. Yo soy Eugene. Suelo ser un cliente asiduo del “Metro dome”, y me he fijado en las últimas semanas que trabajas aquí de vigilante.

“Verás… Me he vestido de esta manera para demostrarte que tengo mucho interés en poder salir contigo un día aunque sea sólo para tomar un café.

La empleada de seguridad trataba de no perder la compostura.

Lo intentaba de veras.

Pero su amor propio y su dignidad terminaron por hacerle de agarrar la defensa y liarse a porrazos contra el hocico del hipopótamo, perdón, Eugene Bell.

Al final tuvieron que sujetarla entre dos cajeras, un carnicero y el dependiente del pasillo de animales.

- Esto no quedará así, majadero - bramaba la joven echando espumarajos por la boca.

Mientras, el ocupante del deteriorado disfraz de paquidermo descansaba sentado en el suelo, con un cliente que era enfermero de urgencias en una clínica privada atendiéndole las heridas del rostro.

Michael Della Morgue estaba exultante.

La grabación de la cita fallida valía su peso en oro.

- Que se vea la agresión en su totalidad - le ordenó al realizador de la unidad móvil.

Felicitó al resto del equipo con su sonrisa y pidió una soda.

Necesitaba beber algo bien fresquito.

No era para menos.

Con el programa de esta noche seguro que iban a arañarles unas décimas al “share”, adelantando en audiencia al programa de la competencia en la misma franja horaria.

Michael Della Morgue estaba exultante. La grabación de la cita fallida valía su peso en oro

Cuando le sirvieron la bebida se lo bebió de un trago, brindando por la torpeza de Eugene Bell.


Sobre esta noticia

Autor:
Robertelyankee (80 noticias)
Visitas:
3898
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.