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¿Por qué corren tanto los burgueses?

05/05/2009 21:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Está comprobado que la velocidad media a la que caminan los habitantes de las ciudades está aumentando de forma alarmante.

¿Por qué corren tanto los burgueses?

 

Amigos y amigas correligionarios: ¿Por qué corren tanto últimamente los burgueses? Y cuando digo burgueses, no me refiero a su clase, sino a su condición de habitantes de la ciudad, del burgo.  Ya se sabe que en el campo la gente no corre.  Allí la gente pasea, o en todo caso, salta, camina al trote, da brincos.  Es otra cosa más sana, más divertida, más lúdica.  Pero en todas las ciudades modernas la gente corre. Es un fenómeno extraño.  Lo vengo observando en todas partes;  la velocidad del viandante se está acelerando progresivamente.  Probablemente son víctimas de la idea o idolatría del progreso que los empuja a acelerar el paso.  Está claro que llevan camino de estrellarse y algunos ya lo han hecho.   Pero ¿por qué corren? ¿De qué huyen despavoridamente los burgueses o es que todos llegan siempre tarde al trabajo? Y los que no tienen trabajo ¿por qué corren? Si uno se para a pensarlo, la forma que tienen los viandantes de cruzar las calles recuerda a la de aquellos que huyen de las bombas en las ciudades en guerra.  ¿Estamos en guerra los unos con los otros? Estamos en guerra psicológica, sin duda.  Pero parece que todos estuviéramos a la defensiva. Que emprendiéramos la huída.  Nadie se enfrenta al otro, nadie se planta ante el supuesto contrincante y le hace una llave de judo o le suelta una diatriba.  Todos huimos.   ¡Ay!  La obsesión por la rapidez nos devora.   Se construyen autopistas para que pase el progreso que no lleva a ninguna parte.  Los trenes son cada vez más puntuales y más rápidos y, como consecuencia, uno no puede hacer amigos, ni contemplar el paisaje, ni asomarse a la ventanilla para despedirse de alguien.  Es decir, practicar todo aquello que hacía a los trenes tan románticos.   Esos trenes de la India que traquetean ruidosos al borde de los precipicios.  ¡Con qué elegancia, con qué heroísmo bordean los abismos!   Pero los trenes de ahora, ¡qué agresivos, qué fálicos, qué groseros y arrogantes!  Diríanse cohetes que se han venido abajo.   Algo así como si el progreso se hubiera bajado la bragueta y se mostrara en toda su desnudez, así, en plan exhibicionista.   Después de todo, ya se sabe que la noción de progreso fue una ensoñación sexual grandiosa, pero un tanto explosiva y eyaculatoria, que tuvieron en el siglo XIX los peces gordos. Tenemos que aminorar el paso, amigos, si no queremos precipitarnos en un final lamentable.  Pero mientras tanto les propongo un juego.   Está visto y comprobado que como consecuencia de esa forma de andar tan alocada, la gente tropieza una con otra constantemente.   Propongo que cada uno se comprometa a hablar al menos cinco minutos con la primera persona con que tropiece.   Sea cual sea su edad, su condición o su sexo.   No es una cosa tan fútil como parece.  Les aseguro que la persona con quien tropiezan tiene algo muy importante que decirles, y si no ¿por qué tropiezan?  


Sobre esta noticia

Autor:
Francis Bullion (17 noticias)
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Tipo:
Opinión
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