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Sobre "preocupados" y "resignación Canaria" (V)

22/06/2010 15:12 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Escrito de Víctor Ramírez.

- V -

Al viejo Armiche no suelen cuadrarle las ironías. Y mucho menos le cuadran si se trata de asuntos tan importantes como el denigrante exceso poblacional invasor en nuestra Patria, un exceso poblacional invasor utilizado colonialmente -con estrategia depredadora insaciable y aherrojadora inclemente- por la metrópoli.

No, más bien le disgustan las ironías, cualesquier clases de ironía, al viejo Armiche. Por eso su sonrisa de forzada condescendencia -tras las palabras sarcásticas del llamado Amaranto Froilán de Todos los Santos sobre el monárquicamente premionobelado José Saramago- le saldrá tristona, pareciendo regañisa.

Y continuaría leyendo el anciano las líneas que tenía subrayadas en página de periódico, palabras atribuidas según éste al mentado escritor:

"No se trata de vivir como nuestros abuelos. No estamos respetando el planeta, lo destruimos; y Lanzarote no es una excepción. Pero yo soy un ingenuo, ingenuidad que me vino de César Manrique".

Dejó de leer el viejo Armiche para guardar silencio y ceder a los contertulios la opinión, el comentario. Mas, extrañamente, ninguno hablaría. Y añadirá el anciano, con el tono cansado, como si estuviera conteniendo un suspiro:

Observen cómo recurre el escritor portugués, con eso de 'no estamos respetando el planeta, lo destruimos; y Lanzarote no es una excepción', a la tan recurrida estrategia colonial de difuminar o anular nuestros específicos problemas en la socorrida problemática universal, sí: difuminarlos o anularlos como si esos problemas tan específicamente nuestros no tuvieran sus causas y sus culpables muy concretos y definidos.

Es ésta, amigos, una maleva estrategia de tosca distracción, estrategia sutil para ignorantados papanatas como nosotros.

Observen cómo -por otra parte- recurre el señor José Saramago a la utilización hipócritamente autoinculpante de la primera persona del plural para que los canarios (puesto que a nosotros dirigía él su sermón, haciéndose pasar, solidariamente, por un paisano más) acabemos acatando y admitiendo una culpa que no nos pertenece.

Y no nos pertenece esa culpa (al menos por activa) porque nada hemos podido ni podemos planificar en nuestra colonizada Patria, pues sencilla y crudamente todo se nos impone sin tenerse mínima cuenta de nuestra voluntad ni, mucho menos, de nuestro beneficio.

El joven Pancho (acaso por sentir lástima de la amargura que emanaban las palabras de un viejo Armiche cansado) aprovechó el silencio de éste -para remojarse la boca- y diría:

También yo, maestro, he llegado a pensar que lo importante (para las gentes que aquí falazmente llamamos de izquierda se resisten a admitir, por puro y natural temor o por rastreras conveniencias económicas, la situación sociopolítica -colonial absoluta- de Canarias) sigue radicando en eludir pérfidamente nuestros tan localizados e intransferibles problemas.

Los eluden esas gentes con la manida engañifa de que el problema es mundial, de que la política y la economía están globalizadas, de que en todas partes cuecen habas -sic, y no judías-, de que en otros sitios se está muchísimo peor (para eso está la televisión asustando didácticamente con imágenes del permanente desastre en que viven nuestros semejantes del Tercer Mundo), de que el progreso es imparable y la cuestión no es vivir como nuestros abuelos -y otras mistificaciones de ésas.

Pero jamás apuntan esas gentes, señores míos, alguna solución global en la que de veras se nos tenga en cuenta también a todos los canarios.

Por lo visto y oído, todas esas gentes llamadas de izquierda, sean nativas guanches o invasoras fuereñas como el señor Jaramago, nunca jamás han recurrido ni recurrirán -aquí, en el Paraíso Podrido- a lo ejemplar universal haciendo referencias, por verbigracia, a que la isla de Malta (más pequeña que nuestra Gomera) o Andorra (más chiquitita que bastantes de nuestros municipios) o la Groenlandia (con bastante menos habitantes que el mismo Telde) y otros países por el estilo son soberanos, no tienen que seguir pautas de ningún poder colonial, y que pueden ellos elegir sus concretas políticas, sus aliados, su pertenencia o no pertenencia a tales o cuales organizaciones internacionales. (¡Y son soberanos, a pesar de sus menores población y/o extensión territorial, y con muchísimas menos razones étnicas e históricas que nosotros!)

No, señores: aquí esas gentes tan teatreramente de izquierdas como el señor portugués Jaramago nunca recurrirán a estos casos de dignificación para ejemplificar, nunca. Pues, si recurrieran, se les cerrarían todas las puertas para propagandear sus obras; y en ninguno de los medios de comunicación colonial encontrarían ellos la mínima oportunidad para venderse como elementos importantes.

Sencillamente pasarían esas gentes a ser purititos clientes del ninguneo. Sencillamente no existirían -e incluso se les dificultaría o negaría que residieran entre nosotros.

Por ello, esas gentes importantes de izquierdas tan borbonistas aquí (apoyando la democráticamente despótica Constitución española en actos públicos contra los separatistas vascos, catalanes, gallegos, andaluces y los independentistas guanches -pues nosotros no podemos ser separatistas al estar ya separados: porque estar sometidos colonialmente no significa estar unidos y sí significa estar sometidos, estar debajo, paralíticoa, incapacitadoa para el autogobierno, para la linda responsabilidad de hacerte tú mismo la política, la planificación del futuro) jamás irían a Cuba a predicar que, por ejemplo, la mayoría de los cubanos vivirían mucho mejor si se somete su humilde Patria a los ricos y tan 'liberales' Estados Unidos de América: ¡qué va!

Allí su prédica será todo lo contrario: será la de instar a los cubanos a que resistan, a que continúen pugnando dignamente por su soberanía, pugnando por la libertad de su Patria. Allí esas gentes como el señor portugués Jaramago exaltarán la figura ya inane, tan manipulable, del fallecidísimo José Martí: quien, si ahora viviera entre nosotros, como canario, no sólo sería ignorado por esas gentes tan de izquierdas, sino que no moverían éstas ni un dedo para ayudarlo si le metiera mano asesina el maldito poder español.

Es triste admitirlo, señores míos: esas gentes tienen siempre a mano el discurso adecuado para contentar -o no incordiar- a quienes mandan en donde lo pregonen. Y con toda razón esas gentes se llaman y se comportan "coherentes", fieles a un ideal: coherentes con su camaleonismo tan demagógico y tan rentable económicamente, y fieles a la estrategia publicitaria que les ayude a vender sus productos en cualquier mercado -pues papanatas huidores de su realidad los hay en todas partes.

(Y calló el joven Pancho para refrescar el gaznate con un sorbito de yerbaluisa mentolada traída de su casa. Lo que aprovechó El Cobra para intervenir).

En efecto, amigo: acabas (sin querer y con cierta pena) cogiéndoles auténtica aversión -aversión indeseable por dañina para tu salud psíquica. Y más aversión les coges cuando lees u oyes que vuelven a insistir en falsías -muy flagrantes para quienes conocen el asunto- como la falacia de que César Manrique fue un ingenuo (entendiendo esto de 'ingenuo' como creo que lo quiere dar a entender el inclitillo Jaramago: como cándidamente crédulo de las bondades ajenas, como iluso o inocente esperanzado en el futuro).

Ya aquí se ha dicho bastantes veces que César Manrique fue un artista notable, cierto. Pero era (sin valoraciones peyorativas) un artista muy calculador, con un nada desdeñable -ni pecaminoso- sentido comercial del arte que realizaba.

Le sacó Manrique más que mucho dinero a su trabajo, amparado él (como cualquier artista bueno o malo que consiga enriquecerse en la colonia) por algún podercillo público que permitiera y propiciara su quehacer creador tan lucrativo.

Y también se ha dicho aquí bastantes veces que cuanto realizó -por muy lindo y ecológico que en verdad sea o se quiera hacer creer- sólo puede ser benefactor para quienes prostituyen a Lanzarote, que no somos el pueblerío canario mientras sigamos colonizados, mientras continuemos sometidos a las voluntades políticas y codicias dinerarias fuereñas.

Dejémonos de machangadas, señores. Y lo afirmo sin ánimo de desdoro para el canario lanzaroteño César Manrique: Si de algo estoy seguro, es de que el admirado artista no era ingenuamente cándido, no era un ser inocentemente crédulo.

Aquí, el amigo Ramírez -y me señaló-, sabe de los razonadamente nada ingenuos emputes del señor Manrique contra el canallerío político: en especial cuando no se le hacía caso o se le negaba el trabajo o el proyecto -y las posibilidades de adquirir una buena tajada económica- que presentaba.

Y también sabe el amigo Ramírez, principalmente, de lo nadita ilusamente cándido que con claridad y desesperación percibía y denostaba César nuestra mezquindad de pueblerío insensibilizado que parece refocilarse con su miseria y trémulo de miedo al inclemente poderío esbirril canario-español.

Podía César Manrique ser entusiasta -por temperamento biológico- e incluso confiar mucho y obstinadamente en el valor dignificador del arte -sí, señores. Pero no era cándido, sino todo lo contrario.

Sabía él calcular muy bien y defender sus intereses pecuniarios. Sabía él aprovecharse astuto del más o menos influyente poder que ese entusiasmo vital y ese su indiscutible arte le habían proporcionado.

Así es que, señor Jaramago -como aquí le dice el cuate don Pancho- a otro perro con ese hueso de las bondades altruistas de alguien que ya no vive para defenderse -o aprovecharse mezquino, que todo podía esperarse de César Manrique en estos asuntos tan terrenales- de mendaces y espúreamente utilizados piropos.

Tras estas resonantes palabras del Cobra, pareció el viejo Armiche reavivar su ánimo. Y diría, como para justificar el disgusto que le produjo la ironía anterior del llamado Amaranto Froilán de Todos los Santos:

He repetido que, cuando se tuviere que hacer alguna limpieza animal humana en nuestra Patria por el evidente exceso poblacional, para el poderío metropolitano español y sus compinches imperialistas sobraremos primeramente canarios. Ténganlo muy claro, muchachos, y no se llevarán a engaño: pues nunca sobrarán los fuereños que aquí hayan preferido quedarse; aquí sobraremos nosotros.

Por eso no debemos bromear con este asunto del exceso demográfico y sí mantener e incrementar la vivificante rabia libertaria. Han oído bien, amigos: rabia libertaria.

Debemos mantenerla tenazmente e incrementarla sin concesiones, mantenerla con firmeza e incrementarla sin desmayo frente a los que nos invaden colonizadoramente (como el mismito señor José Saramago si son verdades cuanto los medios de comunicación exponen que ha afirmado él).

Sí: debemos mantenerla e incrementarla con altiva obstinación, mantenerla e incrementarla sin hipócritas tolerancias y sin pseudoprogresismos dialogantes. Eso... o la consunción como pueblo aún diferenciado.

Nadie que me conozca afirmará sin mentir que soy un necrófilo movido por el resentimiento o por la frustración. He tenido la fortuna de haber sabido y podido aprovechar biófilamente la existencia -a Alcorac gracias.

Por eso nadie podrá decir, sin faltar a la verdad, que disfruto o me quedo impasible ante las tristezas y maldades ajenas que acontezcan en cualquiera de las partes del planeta y de la historia, ¡inclusive de hace siglos! (Había cierta ternura en la rasposa entonación del viejo Armiche, una ternura agridulce).

Esa misma biofilia me hace rabiar ante las maldades impunes y para colmo incluso bendecidas. Es muy cierto: el amor se acaba inexorablemente convirtiendo en profundo e incontrolable odio a quien maltrata al ser amado, y más inclusive si éste es indefenso y está encanallado por el maltrato.

Si no amaras al ser maltratado, no odiarías al que lo maltrata. Yo quisiera no odiar. Y no quisiera porque el odio provoca sufrimientos y yo no quiero sufrir, no.

28-diciembre-2000

* * *

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Autor:
Deadmencey (129 noticias)
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