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¿Quién eres tú?

19/03/2012 06:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Como tengo tiempo ahorrado, antes de ascender los cuatro pisos que me lancen hacia la vorágine diaria de la oficina, llego cada mañana a por mi dosis de café con cruasán caliente, siempre servido en la misma soñolienta cafetería, siempre puntual..

I

Como tengo tiempo ahorrado, antes de ascender los cuatro pisos que me lancen hacia la vorágine diaria de la oficina, llego cada mañana a por mi dosis de café con cruasán caliente, siempre servido en la misma soñolienta cafetería, siempre puntual. Allí me reconocen, no puede ser de otro modo, buenos días, me saluda Lucio, siempre con una bandeja en la mano, y le respondo que sí, que aunque todavía quedan unas horas para ello, buenos días, y me dirijo hacia la mesa que hay al fondo, la más ignorante de todas, escondida tan perfectamente tras la columna que afortunadamente no permite ver el televisor encendido.

Allí, sobre una mesa de madera con tatuajes de amor, dejo caer las hojas impresas del periódico. Lucio no tardará en llegar con lo de siempre, humeante y recién horneado, aquí tiene su petróleo con rosca, y lo pondrá sobre la mesa, una excusa perfecta para un desayuno sin prisas.

Aunque, en esta ocasión, esta misma mañana, la ecuación ha planteado una variante nueva. Era la misma cafetería, a la misma hora, entrando yo por la puerta, y allá, al fondo, la mesa, vacía como siempre. Me fui directo, tras requisar el periódico de encima del mostrador, y, como siempre, lo dejé caer sobre el corazón atravesado de Jota por R. Te querré siempre: de eso hacía ya muchos años y todavía seguía ahí, indultado por el tiempo, con su certificado de autenticidad marcado a conciencia sobre la madera.

¿Qué va a tomar?

La pregunta llegó de repente, cogiéndome de la mandíbula para que prestara atención. Desde luego, aquel camarero había dejado de ser Lucio. Ni si quiera de espaldas se le parecía. Por lo pronto, éste tenía como cuarenta años menos. Y aunque no hubiese sido por la edad, estaba también el inconveniente de la voz, todavía demasiado tierna como para suplantar el vocabulario de Lucio. No, definitivamente, no era él.

No, no le conozco, me respondió el muchacho. Pero tampoco sabría decirle. Este es mi primer día. Dígame, ¿qué desea tomar?

Tuve que pedir, en vez de lo de siempre, un café sólo con un cruasán, pronunciado a velocidad de bolígrafo. El muchacho se alejó, enfundándose el bolígrafo en la oreja, mientras tropezaba contra algunas sillas, apunto de perder el equilibrio. Yo, mientras tanto, paseé la mirada por las páginas del periódico, dejando que las palabras anunciaran algo interesante. Como siempre, mis pensamientos comenzaron a boicotear el poco interés que le mostraba a los titulares, permitiendo que el periódico escogiera abiertamente, aunque por su cuenta y riesgo, lo que bien tuviera en cabecera. Yo, por mi cuenta, me deslizaba en pensamientos más abstractos.

Allá, al otro lado del cristal, cuántos errantes sin rumbo. Son las seis y media de la mañana pero cuánto derroche de destinos. Gente que camina pendiente del eco de los pasos, caminantes que quisieran borrar la huella que dejan atrás, entre ráfagas de obscuridad. Podrían estar todos ellos plácidamente acomodados sobre algún colchón mullido, abrazados a alguna almohada o cuerpo de los deseos. Pero no. Allí están, con destino la muerte. Poseedores, tal vez, de un trabajo decente y honrado que obliga a la gente honrada a depender de un salario poco honroso, cinco o seis días por semana, madrugando para conseguir un dinero que honra a quien lo consigue. Es decir, en otras palabras, un trabajo poco recomendable.

Más sobre

La bandeja con el muchacho debajo interrumpió en el mismo instante en que llegaba hasta los límites de la mesa, haciendo un espectacular aterrizaje que a punto estuvo de acabar en tragedia. Yo, que contemplaba el pulso amateur con que descendía, había perdido ya toda esperanza de desayunar. Apenas quedaba algo en el interior de la taza cuando la dejó sobre la mesa. El cruasán, por el contrario, había aprovechado la ocasión para rebozarse cuanto pudo en el charco de café que había en la bandeja y llegó borracho de insomnio. Cuando hubo dejado los equilibrios, el muchacho quedó un momento mirando el resultado, una taza casi vacía junto a un despierto cruasán que se desangra sobre un plato, todo ello en perfecta armonía sobre ambas páginas del periódico abierto, a modo de mantel. Intenté protestar pero las palabras parecían no estar de humor para decir nada. Al contrario, se me quedó un gesto en la boca, a medio camino del reproche, mientras advertía la mueca que hacía el muchacho. ¿Algo más? Hizo la pregunta con sequedad, torciendo el labio. Podría decirse que con desagrado.

¿Seguro que no está por ahí Lucio?

El muchacho pareció no entender la pregunta. Se encogió de hombros, es mi primer día, no sé quien es Lucio, a mí me han contratado para atender las mesas y como ve, en eso estoy. ¿Necesita algo más?

Le dije que no y se alejó, de nuevo sorteando algunas sillas que parecían tenérsela jurada. Me había sorprendido la sequedad de su voz, con una entonación que sentía encaminada a trazar distancias. A lo mejor le había molestado la perplejidad con la que me había quedado admirando su absoluta falta de pulso. De cualquier manera, el cruasán untado y frío no opuso gran resistencia y, a regañadientes, consintió ser devorado mientras derramaba lágrimas negras. Definitivamente, aquel no era el cruasán de Lucio.

Y fíjate, ahí llega el autobús número 12, como siempre bostezando lo suficiente como para permitir salir a los cuatro transeúntes que se han despertado a tiempo. Luego, sin hacer ruido, el 12 se deja caer cuesta abajo, sin despedirse, mientras los 4 escogen su camino. Entre ellos hay un estudiante. Tendrá la edad del muchacho con bandeja. Qué hace a estas horas, a dónde va. Bajo el brazo lleva algunos libros: qué misterio le aguardará hoy, tal vez encuentre la chispa que prenda la pasión, todavía es pronto para saberlo pero qué congoja más dulce... Vaya, pero si ni si quiera me trajo azúcar.

Llamé al camarero que no era Lucio y el muchacho llegó de nuevo bandeja en mano, estudiándome desde lejos mientras se acercaba, qué viejo más pesado, estaría pensando, y seguro que con razón. Me contemplaba arqueando bien las cejas, con un silencio en la cara como máscara de cera, impasible, acercándose a la cabecera de mi mesa. Masqué con cuidado las palabras, otro café y un sobre de azúcar, y a él pareció importarle un comino, el bolígrafo asomando provocativamente por entre la oreja, contemplándome de abajo arriba, de arriba a la mesa, de la mesa hacia los restos del desayuno y de allí de nuevo hasta arriba, derecho hacia los estupefactos ojos de mi rostro. Luego, cuando creyó conveniente, regresó tras sus pasos llevándose consigo un exhaustivo análisis de mi persona. Y allí me quedé yo, con la incertidumbre bien incrustada sobre la nariz, escuchando la media risita del cruasán, que me señalaba con el único brazo que le quedaba, apuntando con descaro. Pringado, consiguió decir, te has quedado sin desayuno.

Continúa mañana o bien puedes leer aquí el siguiente capítulo.


Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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Tipo:
Opinión
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