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¿Quién eres tú? (2ª parte)

20/03/2012 19:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Será cabrón el viejo. Quiere azúcar. Y con qué cuidado lo pide, seguro que estaba esperando a que sacara la libreta, que no soy idiota, viejo, pues qué se ha creído..

II

Será cabrón el viejo. Quiere azúcar. Y con qué cuidado lo pide, seguro que estaba esperando a que sacara la libreta, que no soy idiota, viejo, pues qué se ha creído, tan prepotente, ni si quiera a apartado el periódico cuando le he servido, nada, como la inopia, así se ha quedado, y cómo se queda contemplando, a punto he estado de saltar, qué está mirando, viejo, qué hace aquí un señor de su edad, vuélvase a su casa, a la cama, con su viejecita…

Si pudiera iba a estar yo aquí. Pero la puta ley del viejo manda. Puto viejo. En cuanto reúna suficiente dinero me largo. Qué hora es. Joder, solo ha pasado hora y media y ya estoy de la bandeja hasta los mismos…

Veamos, un cafecito bien caliente con su azúcar bien disuelto, una vueltecita más, así, que se funda bien, y ya está, preparado el café. Ahora a la bandeja, y, por supuesto, no se me puede olvidar incluir en el lote la petición personal del señor, el sobre de azúcar, y así la petición está completa. Pero qué pena de columna, la cara que va a poner y yo desde el otro lado, sin ver la reacción, a ver si así se le quita esa manía de quedarse como un zombi mirando a la gente, y si solo fuera a los que pasan por la calle, pero no, también a los clientes. Como antes, que se le ha quedado mirando como dos minutos a Lucy, aunque sea de espaldas, y cómo se habrá enterado ella dónde trabajo, y además, vestida con el modelito verde, menos mal que agaché la cabeza cuando se me resbaló la bandeja, creo que no me vio, y ahí se ha quedado ella, no mucho tiempo más, sin tomar nada, hasta que ha sentido los lascivos ojos del viejo y se ha largado. Y, encima, él como si nada, contemplando el vacío. Eso sí, con el periódico abierto, bien despatarrado bajo las noticias necrológicas, por Dios, si es que voy a llegar y ahí va a seguir él, sobre la misma página, deleitándose, aprendiéndose de memoria los nombres y apellidos de los fallecidos para tacharlos de la agenda de teléfono…

Joder con la silla. Y, encima, de lleno contra la espinilla. No, si al final tendré que estamparla contra la columna. En defensa propia. Y seguro que el viejo ha observado con todo detalle el golpe. No te digo, ahí está con su mirada lasciva. Como se ría le tiro el café encima…

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Pero de qué me está hablando. Mira que le he dicho que éste es mi primer día y él venga insistir. Cómo voy a conocer yo al Lucio ese de los cojones. Ni yo ni nadie. Pero si incluso se lo he preguntado a Marcos, que lleva aquí más de cinco años, y se me ha encogido de hombros. Ariol, el nieto del jefe, también ha sido tajante: que pregunte en la morgue, allí seguro que se lo encuentran, y ha rematado con una risotada. Estaría bien decírselo la próxima vez que pregunte. Porque, si hay algo seguro, es que el viejo se ha equivocado de cafetería…

¿Oiga, ya sabe usted que esta cafetería se llama La Revolución?

El viejo me miraba con ese enigmático gesto que han aprendido los ancianos, que bien podía significar: por supuesto que sé cómo se llama la cafetería, ¿estamos tontos?; aunque, también, podía significar: claro que sí, viva la revolución. La cuestión es que no abrió la boca para decir sí o no y yo me quedé con la bandeja en la mano, ligeramente inclinada la espalda sobre el cuerpo reposado del anciano, buscando la intimidad de una confesión que, con el paso de los segundos sin que ocurriese nada en absoluto, terminó convirtiéndose en ridículo absoluto y espantoso. Para mí, claro. El viejo seguía hipnotizado por un hueco vacío, contemplando vete a saber qué. Con media sonrisa en la boca. Y a unos veinte centímetros, mi rostro esperando respuesta.

De acuerdo, reaccioné al final, cuando las oleadas de calor latían sobre mis orejas, no responda, para qué, mejor siga ahí, en su mundo de preguntas estúpidas. Sí, no abra la boca, cállese. Pero atrévase a preguntarme algo. Pregúnteme de nuevo donde está el jodido Lucio. Anda, atrévase. ¿Pues quiere que se lo diga? Está en su cabeza. Ahí nada más. Anda, tómese su café con azúcar, no se le vaya a quedar frío, y el cruasán también, engúllalo de un mordisco, hágale ese favor, devórelo de una vez y líbrelo del sufrimiento de sus preguntas estúpidas, y luego váyase con viento fresco a contemplar en otra parte a quien guste, y llévese consigo sus esquelas y sus muertos, que tanto le hacen compañía…

El viejo sí pareció comprender las palabras. Esperó a que yo hubiera agotado las reservas de oxígeno que había utilizado en el discurso y me sonrió casi con simpatía. Movió los ojos a los lados, sobre el escaparate, y señaló algo al otro lado. Luego me miró.

Tranquilo. Estoy esperando al número quince.

Continúa.

Aquí puedes leer desde el principio.

Aquí el siguiente capítulo.


Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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Opinión
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