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¿Quién eres tú? (última parte)

22/03/2012 19:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aunque no había suficiente luz, allí arriba aguardaban las nubes, con su enjambre de lluvia furiosa. Brillaban como estrellas de agua, luciérnagas que pululaban tentadas por la ley de la gravedad..

IV

Aunque no había suficiente luz, allí arriba aguardaban las nubes, con su enjambre de lluvia furiosa. Brillaban como estrellas de agua, luciérnagas que pululaban tentadas por la ley de la gravedad. Esperaban, seguramente, al momento oportuno, y éste se presentó en forma de sofocante chorro de aire caliente, surgido del más natural de los movimientos de una sola mariposa. Solo entonces sintieron el coraje necesario y surgieron así las primeras gotas de lluvia.

Las primeras lo hicieron sin rivalidad, precipitándose a ciegas, regocijarse en la caída. Apenas conseguían apreciar la distancia, derechas hacia los puntos de luz artificial que aguardaban allá en el suelo. Sin embargo, antes de estrellarse contra las fachadas, la avanzadilla consiguió echar un vistazo a su alrededor: poco movimiento en las calles. Aun así, ante las primeras gotas, los transeúntes salían corriendo: el ataque sorpresa estaba surtiendo efecto.

Sin embargo, con gran incredulidad, descubrieron un punto de resistencia, allá en el extrarradio de la ciudad, donde las calles eran demasiado estrechas para descender sin lastimarse contra las fachadas. Reunieron esfuerzos y en pocos segundos, de forma masiva, la zona fue arrasada por ráfagas de lluvia que, de manera precisa y efectiva, llegaba hasta los rincones más secos. Calaron sin piedad, dejando una pátina de brillo sobre el artificial color de los objetos. Estaban marcando su territorio. Y con un poco más de insistencia, consiguieron acceder hasta la cornisa de las ventanas, aporreando con los nudillos, aguando el sueño de sus moradores.

Un poco más abajo, a la altura de la suela de unos zapatos, los charcos comenzaron a salpicar bajo las pisadas del muchacho. Había aparecido de repente, mirando hacia todos lados, yéndose hacia el medio de la calle. La lluvia, que seguía cayendo con asombrosa eficacia, aprovechó la oportunidad y se impregnó sobre su cuerpo con asombrosa precisión, sumergiéndolo, por un instante, bajo tanta agua, que a punto estuvo de ahogarlo. Su reacción, por lo contrario, no fue como la del resto.

Ismael se sacudió la palma de la mano, salpicando un abanico de gotas que había limpiado de la cara. Las farolas seguían encendidas, delatando los envites del repentino aguacero que caía casi con desesperación. De cualquier manera, aquel improvisado diluvio no parecía preocuparle. Se puso la mano de visera y atisbó desde la línea continua, en el centro de la carretera, girándose hacia todos los lados. Más allá de sus ojos, tan sólo distinguía un lienzo arañado por la lluvia, blandos alfileres que le desgarraban la mirada, robándole luz a las farolas. Sin embargo, ni rastro del anciano.

Comenzó a seguir cuesta abajo, hacia la marquesina que había al otro lado de la calle. Entró corriendo en el interior, bajo la promesa de un techo, y no encontró más que un pequeño charco. No había nadie esperando en la parada del autobús, ahora transformada en coladero con finísimas cataratas. Casi con resignación, el muchacho dejó de cubrirse definitivamente la cabeza y salió de allí.

Siguió bajando por la calle, medio arrastrado por la multitudinaria riada que llegaba desde el cielo. Una más pequeña le recorría por la espalda, descendiendo abundantemente hasta el punto de intersección, donde inevitablemente había de dividirse hasta la planta baja. De cualquier manera, le fueron necesarios tan sólo media docena de pasos. Con varios litros de ropa apretándose contra su cuerpo, se detuvo en seco. A tan sólo unos metros, de pie frente a un escaparate, se encontraba la escultura derretida del anciano: sin pestañear, quieto mientras se dejaba erosionar.

-¿Qué hace usted aquí?- gritó Ismael mientras se le acercaba. Todavía tuvo que repetírselo una o dos veces más antes de comprender que el viejo no escuchaba. Solo miraba hacia el escaparate, negro y completamente vacío, aunque seguramente ya se habría encargado él de rellenarlo con los sedientos detalles de algún recuerdo. El muchacho siguió mirándolo, indeciso, titubeando con la mano alargada.- Oiga usted- le habló de frente, saludando con los dedos. Como no hubo respuesta, acto seguido, sacudió el cuerpo del anciano cinco o seis veces, lo justo para revolverle los recuerdos y conseguir regresarlo a la actualidad, lejos del país de la inopia.

-Ya salgo- habló el anciano mientras pestañeaba. Sus arrugados ojos consiguieron distinguir la figura del muchacho que le sujetaba como un pelele.- Ya voy- añadió y se llevó las manos a la cabeza.

-Pero qué hace, hombre, no ve que estamos en mitad de la lluvia.

El viejo, por el contrario, parecía estar demasiado ocupado frotándose la cabeza. Maniatado por su propia ropa mojada, apenas conseguía llegarse por encima de las orejas, hasta que no encontró más solución que doblar hacia adelante la espalda, inclinándose hacia el cuerpo del muchacho.

-Venga aquí- tuvo que sujetarle de la mano y tirar de él. El anciano, sin embargo, aguantó el primer tirón. Obcecado en la misma posición, miró de reojo para descubrir cómo el muchacho se le arrimaba, quedando a tan sólo unos pocos centímetros. Luego le habló despacio:- no se preocupe, venga conmigo, ya ha terminado de ducharse…

El viejo se dejó convencer. Asintió y se puso a buscar a su alrededor, intentando averiguar cómo apagar el grifo. Samuel, que lo cogía ahora por los hombros, lo atrajo hacia sí, esta vez sin problemas. Lo llevó hasta el pequeño toldo que había sobre la entrada de la tienda vacía pero, aun así, las gotas de lluvia seguían acertando como flechas. Siguieron cuesta abajo, perseguidos por una riada que circulaba de forma temeraria por el centro de la calle, hasta que encontraron refugio en la boca de un garaje. Allí quedaron al resguardo, con sus ropas de agua, mientras la luz caía desde un cielo con nubes en marejada.

-¿Quién eres tú?

El anciano había abierto los ojos con evidente preocupación, como quien despierta de un largo viaje en el tiempo. Miraba a Samuel fijamente mientras se sacudía la ropa mojada.

-Viejo, soy el camarero que le ha atendido antes en el local.

El anciano escuchó, procesó y denegó. Pestañeaba ya más deprisa, repasando diapositivas de la memoria que conseguían desorientarle más. Retrocedió uno o dos pasos. Hasta la pared. Hasta el final de sus recuerdos. Y se quedó contemplando con horror al desconocido.

-No- dijo con convicción.- ¿Quién eres tú?

-¡Y dale!... ¿Es que no recuerda, que ha entrado en la cafetería, hace media hora tan sólo, y se ha tomado dos cafés con azúcar?...

Al viejo le temblaba ligeramente la cabeza, dudando si negar con más convicción y decir también que no con los labios: lo del azúcar, por un instante, había intensificado el color de sus recuerdos, pero ya había pasado; la respuesta seguía siendo no.

-Me ha preguntado como veinte veces donde estaba Lucio, el camarero… Se ha quedado con el periódico abierto sobre la mesa, recuerde, por las necrológicas…

El viejo miró hacia el exterior, hacia la cortina de agua que les retenía dentro. Fue moviéndose por la pared, torpemente, a medida que el extraño iba acercándose.

-Pero a dónde quiere ir con la que está cayendo… Está bien, no me acerco más, tranquilícese…

-¡No!- gritó el anciano, menos tranquilo que nunca.- ¡Aléjese! Fuera de aquí, fuera…

-Oiga, viejo, está como una puta cabra. Si yo le dejo en paz. Sólo he venido a ayudarle…

-Llamaré a la policía… Voy a llamar a la policía…

-Corriendo va a venir, viejo. Y traerán paraguas, seguro…

-¡Socorro! A mí la policía… ¡¡Socorro, al ladrón, que me están robando!!

-Pero cállese, mire que me marcho…

-¡¡¡Me roban, me están robando!!!

-¡Cállese, hombre!- y Samuel dio un paso adelante con intención de hacerle callar. El anciano, que lo vio venir, no tuvo más remedio que dejarse caer de cuclillas, protegiéndose a medio camino con los brazos, mientras continuaba con los gritos, transformados ahora en una única vocal larga y abierta.

-¡Cállese, por Dios! Va a despertar a todo el mundo…- y miraba hacia el torrencial de lluvia, que, de repente, parecía menos tempestuoso frente a los gritos del anciano. Se asomó un instante afuera pero no vio a nadie.- Oiga, yo solo he venido con intención de ayudarle…

Más sobre

El anciano hizo una pausa para llenar los pulmones. Samuel se giró hacia la ausencia de volumen, con media ceja alzada y, sobre todo, la esperanza puesta en el silencio, aunque éste fuera a durar tanto como un suspiro. De inmediato, el viejo había retomado de nuevo la serenata por donde la había dejado, para desesperación del muchacho.

Lo tanteó de cualquier manera, con buenas palabras, pero, cada vez que intentaba acercarse al rincón donde se había parapetado el anciano, sus gritos se volvían más intensos y estridentes. Luego lo intentó por las malas, sujetándolo por la solapa de la chaqueta y estirando, queriendo llevárselo en hombros. Sin embargo, en cuanto les dio oportunidad, los octogenarios dedos fueron a enroscarse al todavía empapado cabello de Samuel, agarrando fuerte, pudiendo así, de inmediato, hacerse con las riendas de la situación; y con varios mechones de pelo. De cualquier manera, Samuel no tuvo más remedio que rendirse, mientras intentaba zafarse de los estirones que le ahuecaban el cráneo.

-¡Ya está bien, la puta!- y, embistiendo contra el anciano, consiguió deshacerse de sus garras y, de paso, de algunos pelos más de la cabeza. De cualquier manera, el verdadero logro se encontraba en la ausencia del ensordecedor chillido, que se había desvanecido ya por completo. Salvo, claro está, en el oído de Samuel, donde aún persistía su eco.- ¡Escúcheme!- y se acuclilló hasta quedar frente al viejo, ésta vez sin tocarle.- Al parecer no me recuerda, aunque nos hayamos visto antes, en la cafetería, ¿se acuerda de haber estado en una cafetería?- Esperó una respuesta: recibió silencio sobre una confusa mirada.-…, da igual, debe fiarse de mí, tan sólo pretendo ayudarle…- lo cual fue puesto entredicho por los ojos del anciano, que comenzaban de nuevo a temblar de pánico.- Oiga, escuche, míreme, usted se llama Julián. ¿Es así verdad?- pero la respuesta pareció ser la de siempre.- Se llama Julián, ¿cómo podría saber su nombre si no le conociera antes? Y si sé su nombre es porque ya habíamos hablado antes. Venga, tiene que fiarse…- y le tendió la mano.

Julián, si es que era ése su nombre, sintió cómo una chispa intentaba prender en sus recuerdos. Pero sucedía que estaban todos ellos tan a desmano, desperdigados sobre un rumbo sin camino, que no llegaba. Se puso de puntillas sobre la memoria, levantando los dedos, pero tan sólo alcanzó a distinguir algunos destellos, agitándose demasiado deprisa. Pero, a pesar de todo, allí seguía la mano del muchacho, insistiendo. Levantó entonces la mirada y se quedó contemplando el rostro del desconocido. Durante unos segundos, ninguno de los dos se atrevió a decir nada. El único sonido que llegaba hasta ellos lo hacía cada vez con más claridad, mientras amanecía bajo un mar de lluvia. La luz iba rociándose sobre los objetos, disolviendo en agua la penumbra. Los colores comenzaban a resucitar. También lo hizo la voluntad del anciano, bien enroscada sobre sus ojos. Sólo entonces se sintió en condiciones de tomar una decisión: como pudo, rechazando cualquier ayuda, consiguió arrastrarse por la pared hasta quedar sobre sus piernas, de pie, intentando controlar el traqueteo en las rodillas. Luego, cuando se sintió con fuerzas suficientes, arremetió contra el brazo del muchacho.

-¡Déjame, fuera! ¡¡Socorro, socorro!!

Samuel retrocedió algunos pasos, mordiéndose el labio.

-¡Viejo testarudo, tú lo has querido! ¿No quieres ayuda? Pues ahí te quedas- y se dio media vuelta, directo hacia la salida. Antes de poner un pie fuera, se giró para echarle un último vistazo: allí seguía él, temblándole los labios de auxilio. Así que, por lo tanto, no quedaba otra: sin pensárselo dos veces, saltó hacia el vórtice de lluvia, cayó sobre la acera y desapareció calle arriba, sin mirar atrás.

Julián esperó todavía algunos minutos antes de acercarse fuera. Fue siguiendo la pared, la espalda bien pegada al muro y la mirada pendiente de la esquina por donde había desaparecido el muchacho. Aguardaba la sorpresa, de un momento a otro reaparecería de nuevo, volvería a abalanzarse sobre él, con renovadas intenciones, y entonces no conseguiría escapar. Estaba tiritando de frio, con su ropa a medio escurrir, y, a pesar de ello, la sensación era de pánico. De cualquier manera, intentó darse prisa: asomó primero, como lengua de camaleón, la cabeza al exterior, derecha e izquierda, y como no distinguió movimiento salvo el del agua, saltó hacia el exterior, sobre la acera, y continuó calle abajo.

No se preocupó del rumbo, impaciente por alejarse, y sólo dio prioridad a las calles vacías. Caminó en línea recta, resguardándose como podía del diluvio, hasta llegar a una gran intersección con rotonda. Allí se quedó mirando, contemplando los muros, los balcones que colgaban de los edificios con sus colores de agua, las filas de automóviles que como arcoíris adornaban el extremo de las carreteras anegadas; el ciclópeo jinete de bronce subido sobre el eje de una gran rueda de cemento, sable en mano, enardeciendo contra el cielo; las luces eléctricas de las farolas, cabizbajas y agotadas, algunas bostezando incontroladamente, esperando a que terminara de una vez su turno;…

Julián tuvo la impresión de encontrarse en el centro gravitacional de algún inédito laberinto. Miró hacia todas partes, castañeándole los dientes, que no de frío. Se esforzaba, escrutando detalles, pero no conseguía reconocer nada de lo que le rodeaba. Tampoco sabría decir dónde se encontraba: tanta lluvia había terminado por anularle el gps y no hacía más que dar vueltas, sin llegar a su destino. Intentó leer la información de un cartel que a punto estaba de pasar página sobre la acera: dos únicas palabras, lo suficiente para comprobar que sí, lo entendía, era su idioma. Por lo tanto, no podía estar demasiado lejos. Pero lejos de dónde.

Los hombros del viejo no podían con tanta carga y tuvieron que hacer una pausa. Recostó el cuerpo contra la fachada mientras el agua de su ropa estiraba hacia abajo, hasta que no pudo más. Entonces murmuró algo. Nada comprensible. Ni si quiera llegaban a ser palabras. Más bien, una retahíla de sonidos: recuerdos de cristal estrellándose contra el suelo, muy despacio, mientras el eco se le escapaba por la boca. Y una vez fuera, se iba haciendo añicos junto a los charcos.

-¿Julián Betz?

El viejo levantó los ojos para mirar, moviendo los labios sin decir nada. Estaba muy cansado. A punto estuvo de decírselo al recién llegado cuando se dio cuenta que no estaba solo. Había alguien más. Se enjuagó la mirada con los dedos sin fuerzas para ponerse en pie. El otro, sin embargo, volvió a insistir, repitiendo la misma pregunta. Ni si quiera se movió del sitio, bajo su paraguas negro.

-¿Y tú quién eres?

El extraño ahora sí arrimó un poco el cuerpo, levantando el paraguas, inclinando el rostro hasta situarlo frente al del anciano. Intentaba dejarse reconocer. Así que le sonrió con extraña familiaridad. Como si no fuera necesaria más presentación.

-Me envía Rebeca- y le tendió la mano.

Aquel nombre de mujer entró por las orejas de Julián como un salvavidas, conduciéndole derecho hacia su destino. De improvisto, tenía entre sus manos la llave. No esperó más: le chirriaron algunos recuerdos mientras los abría, pero allí estaba…

-Rebeca- repitió el viejo.

-Sí, me ha pedido que te lleve a La Revolución.

-Sí, es verdad- arrastró el anciano las palabras mientras soñaba con los ojos.- Pero ya ha amanecido. ¿Cómo?, ¿qué hora es?... Por Dios, si voy a llegar tarde, no se quede ahí colgando del paraguas y ayúdeme a levantarme, tiene que ser ya tardísimo, pero qué hace, hombre, estire con ganas…

Consiguió incorporarlo, aunque a duras penas se mantenía en pie. Tuvo que amuletarse bajo uno de sus brazos, y, de esta manera, consiguió arrastrarle, haciendo equilibrios con el paraguas. Antes de doblar la esquina de la calle, al viejo le surgió una duda y giró el rostro, con intención de observar mejor al extraño.

-¿Y cuál ha dicho que es su nombre?

Como había dejado de mover los pies y se veía obligado a arrastrarlo, el muchacho también dejó de caminar.

-Me llamo Ismael- dijo.

-¿Ismael?- repitió el viejo haciendo grandes esfuerzos con las cejas.

-Verá… He empezado ha trabajar hace poco en la Revolución. Igual no se acuerda. Hasta ahora lo que me ha tocado es limpiar mesas. Y fíjese que la primera que me tocó fue la suya, la de la columna… Allí está, reservada para usted. Eso sí, me tiene que contar cómo consiguió grabar sus iniciales, J por R, en la madera, ...

-¡J por R!- repitió el viejo, y su mirada despegó hacia dentro, en frenético viaje en el tiempo, dejando una huella de inefable resplandor sobre los ojos.- ¿Sabe? El otro día, el jueves, estuve tentado a decírselo, confesarle que es mía la inicial, y suya la siguiente. Pero no se lo dije. No, por supuesto, después de todo, no era el momento más oportuno. Pero se lo voy a decir, seguro, en la próxima ocasión. ¿Usted que opina? Porque aquí lo realmente importante es disponer de una oportunidad… ¡La oportunidad! ¡Eso es!... Pero cuando no esté distraída con las cuentas, que ya sabe cómo se pone cuando se enfada…

-Que va, no lo sé… ¿Por qué no me lo cuenta mientras llegamos?

Al viejo se le escapó un suspiro, aunque no de resignación: su mirada ascendía haciendo cabriolas sobre la memoria. No hizo falta más que eso. Así, entreabriendo la boca, se puso a contar. Sus palabras, como piezas de dominó, consiguieron imprimirle ritmo a sus recuerdos, y en seguida comenzó a mover las piernas.

Subieron calle arriba, agazapados bajo un paraguas que apenas conseguía mantenerse en pie. Las nubes escurrían hasta el final, sin dejarse una gota, con desesperada furia. Desde arriba, parecían caminar abrazados, conversando como borrachos; sin prestarle atención a los designios del tiempo.

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Enrique Madrazo (65 noticias)
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