Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Raquel Andrés escriba una noticia?

Quien tiene pies…

20/05/2009 21:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

No es lo que dice el dicho, pero quien tiene pies puede llegar a cualquier parte. Esta crónica es un reflejo de ello

En un mundo dominado por el ruido, el tráfico, las prisas, la contaminación, la comodidad estupidizante, el mal humor, el agobio y el estrés, parece inimaginable pensar siquiera en una alternativa como medio de transporte o de ocio que escape de las manos de los señores del petróleo. Si hablamos de sostenibilidad, la bicicleta también entra en nuestros parámetros. Pero queremos llegar un poco más lejos. No hablamos sólo de ecología, sino de independencia, de libertad. Qué placer sentir llegar a un destino gracias únicamente a tus pies. Advertir que la voluntad recorta las distancias. Que tus pies no se detienen en caminos estrechos que dejan en evidencia a los coches. Que tus pies aguantan las cuestas más empinadas que asustarían a cualquier bicicleta del montón. Tus pies son libres, que no los detenga la comodidad.

Los días 8 y 9 de mayo se celebró, coincidiendo con la luna llena, la XIII Marcha Ferroviaria Dénia-Alicante, que bordea el trayecto del ferrocarril. Una caminata que prevé un recorrido de 105 kilómetros.

Son las 19.30 de la tarde del viernes. En un cuarto de hora los corazones se acelerarán al compás del ferrocarril que se pondrá en marcha, nerviosos por comenzar una larga aventura. Mochilas a las espaldas, pulcros aspectos de deportistas natos, y muchas ganas de empezar. Algunos llevan lo justo y necesario en pequeñas bolsas. Otros, por el contrario, más previsores o quizás más maniáticos, llevan una abultada bolsa de deporte como si les esperara un largo viaje por delante. Y no están tan equivocados. Hoy es gratis, por supuesto, el tren para los participantes. En Alicante, el tren sale de la estación del Mercado y finaliza en Benidorm una hora después, donde corriendo transbordamos al ferrocarril que nos llevará a nuestro destino final: Dénia. Debido a problemas técnicos, llegamos con algo de retraso. Ya en la estación de Dénia, ingerimos algo de cafeína para aguantar toda una noche ?y todo un día? sin dormir. Mochilas al camión, chalecos reflectantes, comer un poco, agua para el camino y foto de familia. Dicho y hecho. Por fin se da el pistoletazo de salida sobre las 11 de la noche.

Ante las miradas curiosas de los viandantes que preguntan a dónde nos dirigimos a esas horas de la noche, la marcha pasa por Gata de Gorgos. Cerca se efectuará la primera parada, donde aprovecharemos para comer algo de bizcocho y un chupito de una deliciosa mistela que nos repone al instante las energías gastadas. Listos para reemprender la marcha. El velo nocturno no consigue ocultarnos la belleza del paisaje alicantino. Nos convertimos en un montón de luciérnagas desfilando por la oscuridad. Alumbrados por linternas y por la tenue luz de una bonita luna llena, los alrededores nos deleitan con preciosas montañas que juegan con la niebla a disfrazarse de montañas nevadas. Una furgoneta nos acompaña para recoger a quienes les flojean las fuerzas. Pasamos Teulada y Benissa. Sobre las 3 de la mañana, se para, se come algo, y nos alentamos para el tramo nocturno más complicado: la ascensión al Mascarat. Muchos deciden ?quedarse en tierra? y abandonan. Otros prometen reencontrarse con el resto del grupo después, viajando en la furgoneta. Otros muchos no se acongojan y continúan. Esto no ha hecho más que empezar.

Cuando llevamos unas horas andando, la luna comienza a caer, y junto a ella, algunos que se arrepienten de la decisión de continuar la marcha. El grupo se comienza a fragmentar en tres partes bien definidas: quienes van en cabeza a un paso militar, quienes van a un paso menos vigoroso, y por último, quienes bastante tienen con seguir la marcha como para además aligerar el paso. Los denominaremos grupo 1, 2 y 3 respectivamente, porque durante unas horas permanecerán separados, sin saberlo ni muchos de ellos.

El grupo 1 continúa su marcha militar, y quienes toman la delantera son los que se ocupan de seguir las marcas y las flechas verdes señaladas en la tierra o en las piedras. En algún momento este grupo está a punto de subdividirse en otro. Se llegan a encrucijadas. Algunos ya han hecho la marcha ferroviaria otros años y se muestran sorprendidos ante los caminos tomados. Pero todos confiamos en quienes toman las decisiones de la mejor forma que pueden y los seguimos como ovejas. Ante la ignorancia general, es lo único que podemos hacer. Finalmente, con el sol despuntando por el este, llegamos a la carretera. No hemos ascendido el Mascarat. Evidentemente, algo ha salido mal. Parece que no queda más remedio que esperar un autobús que nos reunirá a todos en Altea, en principio. Pero hay tanta gente, que muchos deciden tomar su propio camino, y andar hasta la estación más cercana, la de Calpe, y subir al tren con destino Benidorm, donde nos esperará el desayuno. Nos duele cada kilómetro que no andamos porque sentimos que estamos despojando el espíritu de la marcha, pero nos resignamos porque no queda más remedio.

El grupo 2 asciende al Mascarat y parece seguir la ruta prevista. El grupo 3 también acaba en la carretera, pero algo más arriba que el grupo 1. Muchos abandonan visto el panorama y deciden dar un descanso merecido a su cuerpo. Otros llegarán a Benidorm en tren o en el autobús para recuperar el tiempo perdido y poder retomar la marcha todos juntos de nuevo. Nos reagrupamos tras un fallo consecuente de la imprevisibilidad de la especie humana como individuo.

Chocolate y magdalenas y sobaos. Muchos aprovechan para un aseo general en los aseos de la estación de Benidorm. Los fisioterapeutas inician su agradecida labor de masajear los cansados pies, que continuarán en el resto de paradas. Recargadas las energías, de nuevo en marcha. Todavía queda un largo día por delante. Muchos participantes nuevos se unen en la estación de Benidorm de buena mañana y suplen a todos los que han abandonado. El grupo engrosa de nuevo y el sueño olvida su razón de ser.

Atravesamos Benidorm de cabo a rabo. Hoteles, apartamentos gigantescos y tiendas en inglés. Llegamos a la playa del Finestrat, y enseguida entramos en el término municipal de Villajoyosa. Se pasa por la Cala y se llega a la playa del Torres. Parada y el baño ?casi? obligatorio, que se reduce a unas pocas personas. El resto bastante cansancio lleva encima para cargarse de sal. Por tanto, para muchos se convierte en un descanso más donde reponer fuerzas con los frutos secos que aporta la organización. Además, el tiempo nublado tampoco acompaña. Sin embargo, el calor se filtra entre las nubes y reemplaza el frescor nocturno. Bebidas frías para saciar la sed. Camino a Villajoyosa.

Nos embriaga una sensación contadictoria: la alegría del final, y una nostalgia prematura de una jornada intensa de recuerdos, vivencias y personas conocidas

Con la llegada del día, el TRAM despierta de nuevo. Son muchos los trenes con los que nos cruzamos. Los maquinistas saludan a los senderistas y hacen sonar con orgullo su locomotora. Las miradas de las personas con las que nos topamos en las ciudades están cargadas de sorpresa e incomprensión. Pero las miradas cruzadas entre maquinistas y senderistas están unidas por la complicidad y por la admiración.

Son las 12 del mediodía. En Villajoyosa nos reciben con un abundante piscolabis. Empanadillas, coca, pizzas, napolitanas. Un gran surtido de comida para aguantar el tramo considerable que todavía nos separa de Venta Lanuza, donde pararemos más tiempo para comer. Nos despedimos de las típicas casitas de colores y emprendemos camino al restaurante. Tres horas de caminata. De considerables y numerosas cuestas de subida y de bajada. Túneles que obligan a encender las linternas de nuevo. El buen cuidado y la buena conservación de los caminos provocan comentarios anónimos de elogio hacia los organizadores. Por suerte, el día está nublado y el sol no aplasta a los senderistas. Un grupo de participantes cuenta con un compañero de camino algo insólito: un perro. Alegre y vital, disfruta como el que más en la Marcha Ferroviaria. Y como sus compañeros humanos están demasiado ocupados en caminar, aprovecha para hacer sus travesuras: comer hierba, jugar con desperdicios, brincar?

Son las 3 de la tarde. Hora de comer. Llegamos, pues, al restaurante de Venta Lanuza, donde devoraremos paella o macarrones, y pollo o chuletas, según los gustos de cada comensal. La Cruz Roja de Benidorm se encarga de curar y prevenir, como pueden, los problemas físicos que han surgido. Muchas bambollas y algún tendón mal colocado. Nada grave, pero el cansancio acumulado lo magnifica todo. Muchos abandonan en esta estación. La lluvia es otro de los motivos de las deserciones. Pero son muchas horas a las espaldas, y ése es un motivo suficiente para seguir adelante y acabar con lo empezado. Tantas horas de caminata han estrechado lazos entre desconocidos, han forjado amistades, seguramente efímeras, pero de ahí radica la belleza de estas relaciones incondicionales.

Reemprendemos la marcha con el cansancio en el cuerpo y algunos con molestias que deciden ignorar, pero por lo menos, ahora tenemos el estómago lleno. Por suerte, la lluvia pronto se apiada de los senderistas. La siguiente parada será ya la penúltima de la marcha: un pequeño descanso en Coveta Fumà. Acto seguido, proseguimos rumbo a El Campello, pueblo que atravesaremos de un extremo al otro, hasta llegar a la playa.

En la cola de la marcha los ánimos comienzan a decaer y las fuerzas flojean. Lo que en otras circunstancias hubiera sido un bonito paseo por la playa, ahora se convertía en una pasarela de mártires. No obstante, todavía hay ganas de hablar, de planificar futuras caminatas y de soltar algunas bromas. Las risas perduran hasta en los momentos más difíciles. El humor se convierte en un atenuante del cansancio. Palmeras y más palmeras. Llegamos a la playa de San Juan, aunque apenas se advierte. La playa parece interminable, notamos cómo cada paso que damos es un grano de arena en la inmensidad Mediterráneo. Hasta que un cartel anuncia la entrada en el término municipal de Alicante. Próximos al Cabo de la Huerta, efectuamos la última parada. La última dosis energética de frutos secos para el último tramo. Sin embargo, la energía viene por sí sola. El destino en el horizonte es una motivación suficiente. Entonces nos embriaga una sensación contradictoria: por un lado, la alegría del final, del merecido descanso, de la consecución del objetivo, de la victoria; pero por otro lado, una nostalgia prematura de una jornada intensa de recuerdos, de vivencias y de personas conocidas. El miedo a despertar de un sueño pesado y a la par gratificante. La melancolía de percatarse de que, en realidad, todo ha sido efímero, como la vida misma. La noche llega de nuevo, esta vez como metáfora de la muerte del día. Tal y como empezó, se acaba todo. La oscuridad se asienta como evidencia de un ciclo circular y concluso.

Pasamos la estación de La Isleta. Es el principio del fin. La emoción de la llegada explota en una alegría que vitorea a los policías que detienen los coches para facilitar la marcha. La cantera se alza majestuosa en paralelo a nuestro camino y nos conduce al ocaso de la caminata. Unos minutos más, y cada vez se hacen más grandes los semáforos que controlan el tráfico ferroviario en nuestro ansiado destino: La Marina. Ahí están, las vías que nos han acompañado durante toda nuestra larga travesía. Como si fuera la misma vía la que ha contemplado cada uno de nuestros pasos. Como si fuera un objeto vívido que nos hubiera estado mirando, un ente casi místico que ha estado velando por nosotros dominado por su profeta: el maquinista. Una serpiente que nos ha guiado por el camino correcto.

Son alrededor de las diez de la noche. En cabeza llegan los participantes más veteranos acompañados de los participantes más jóvenes. Flashes y más flashes deslumbran a todas esas estrellas que ya brillan por sí solas. Niños, jóvenes, adultos y mayores. Personas que han demostrado que el andar no tiene edad. Su voluntad y su pasión por el deporte han superado todos los obstáculos hasta llegar al destino autopropuesto como meta personal. Un cúmulo de personas aplaude la entrada triunfal a la estación de TRAM de La Marina. Besos, abrazos y alegría que de repente diluye el cansancio físico de los participantes. Las mejores victorias son las compartidas, y a pesar de ser anodina para el resto del mundo, es glorificadora para sus héroes anónimos. En la estación hay barra libre para los expedicionarios y se han desplegado mesas con comida variada para llenar los estómagos de los recién llegados. El principal organizador de la Marcha Ferroviaria, Fermín Moreno, reparte varios premios entre los asistentes. Por supuesto, su labor apasionada y desinteresada también es recompensada.

Para algunos es la primera vez. Otros guardarán esta satisfacción en la memoria, junto a los buenos recuerdos de otros años. Los pies, agotados pero felices por haber sido libres para demostrar de lo que son capaces. Y esa llama interior que contra viento y marea nunca se apaga, la pasión por hacer algo, en este caso andar, ya revolotea nerviosa pensando en la cuenta atrás de la XIV Marcha Ferroviaria.?

Más información: http://mascarat.blogspot.com/


Sobre esta noticia

Autor:
Raquel Andrés (1 noticias)
Visitas:
713
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.