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Quim Xena. Vivencias de un músico. Capítulo 1º

04/06/2009 17:23 2 Comentarios Lectura: ( palabras)

Apasionado de la naturaleza que lo rodea y disgustado con el materialismo humano

A finales de 1979 en un viejo 2CV llegué -por recomendación de un amigo pintor- a Calella de Palafrugell. Objetivo: buscarse la vida. Llevaba la guitarra, la flauta y los utensilios para pintar miniaturas.

Tuve la suerte de encontrar una masía compartida en un vecindario de nombre Ermadàs, a dos kilómetros de Calella, donde poder trabajar a gusto.

El paisaje acompañaba.

De madrugada escuchaba el motor de las barcas de pesca saliendo del puerto de Palamós y enfilando mar allá en busca de pescado.

Por la noche iba a Calella a vender mis pequeñas creaciones y, de vez en cuando, me animaba a tocar la guitarra junto al puesto, atrayendo al público y la posible clientela.

Entonces Calella tenía su aire de pequeña villa marinera. Poco explotada (según para quien ya demasiado) por turismo del país y algunos extranjeros. No mucha gente en el pico del verano y una remarcable soledad en invierno.

Conseguir un puñado de mejillones, cuatro erizos y unas cuantas "julivies", "serrans", "petards" y algún sargo con una pequeña caña de pescar era un juego de poco rato.

Justo en aquellos días de finales de septiembre, de vez en cuando, iba a ver los pescadores -casi todos gente de edad- como, de madrugada, sacaban la barca del agua y podía oler la inmensidad del mar concentrada en los peces atrapados en las redes.

Recuerdo a Narcís, Àngel, Martí ... y otros de los que tengo presente la fisonomía pero he olvidado el nombre.

Recuerdo el buen material que pescaban y como lo llevaban a la plaza de Palafrugell, habiendo reservado su parte para el gasto de la familia.

Una tarde, llegando a Calella caminando desde Ermadàs, paré en la fuente de la plaza de Sant Pere a tomar un trago de agua.

Y aquí me sorprendió la música de un acordeón que salía de la ventana abierta del bar de nombre Ca la Raquel.

Decidí entrar.

Aquella música resonaba por las paredes como si fuera un regalo celestial.

Pedí un café a la señora de la barra y, mientras me servía, observaba cómo la gente se apresuraban a poner una gran mesa: servilletas, tenedores, cucharas, porrones ...

De la cocina salía un olor de peix amb suc que resuscitó mis inquietudes.

El músico seguía tocando y me senté cerca de él.

De repente, uno de ellos me reconoció:

- No eres el que vende pinturas y toca la guitarra en La Vela?

Respondí afirmativamente.

- Pues ven a sentarte con nosotros y, aunque digas que no tienes hambre, come un bocado de este guiso. Ah! Éste es Alejandro - resaltó señalando el acordeonista.

Después de haber merendado, cenado y casi desayunado para el día siguiente, Alejandro volvió a coger la herramienta. Los otros se pusieron a cantar y no paraban de pedirle

-¡Toca esta, toca la otra!

Después de unas cuantas canciones, pregunté:

- ¿Qué cantáis?

-Habaneras y canciones respondieron.

Yo no sabía a ciencia cierta qué eran las habaneras, a pesar de que un músico de mi pueblo, director de un grupo llamado La Barretina, me había hablado de ellas tiempo atrás y que, yo mismo, ya tocaba una habanera a la guitarra titulada "Cubanita", que era de un compositor mallorquín que se llamaba Calatayud y el año pasado, cuando trabajaba de pescador con unos sonsaires, había compuesto "La barca i el mar". Pero yo la tocaba a mi manera, sin ese ritmo tan marcado como la cantaban aquí.

Estos pensamientos me distrajeron hasta que me dí cuenta de que el grupo ya quitaban la mesa y se despedían unos de otros.

- Cuando volvamos a hacer una juerga ya te lo diremos. Trae la guitarra.

- De acuerdo.

Salí de Ca la Raquel con la agradable sensación de haber encontrado dentro de mí el canto popular.

Seguramente, mi prematura profesionalización musical había hecho que perdiera mis raíces: música de baile a los quince años, bajo en un grupo de rock, un efímero grupo de Folc que tuvo la ocasión de tocar "La lluna i la pruna" en un programa de José María Íñigo (que no se emitió) ...

Me estaba dando cuenta de que aquel pequeño rincón del Empordà conservaba una de las pocas tradiciones útiles y positivas de nuestro pueblo y que nunca deberían perder: un buen festín entre amigos seguido de unos buenos cantos para digerir y de pasada consolidar amistades y hacer otras nuevas.

Qué buena manera de hacer país!

De donde yo venía, todo aquello había prácticamente desaparecido. El turismo y la falta de sensibilidad de empresarios, que hacían bailar flamenco a las criadas de sus establecimientos bajo el tópico de typical spanish y las ansias del personal por hacer pela rápida, "dejándose de tonterías", aburrieron a los pueblos de la marina en la mediocridad cultural.

Casi de noche llego al mas y nada más traspasar la puerta sentí la fuerte necesidad de aprender aquellos cantos.

El destino, pero, me obligó a hacer un largo viaje y no pude volver a Calella de Palafrugell hasta pasados unos meses.

Durante aquellos tiempos de nuevos descubrimientos no dejaba de pensar en la grata vivencia de Calella de Palafrugell ni dejaba de ensayar a la guitarra el ritmo de la habanera como la había descubierto en Ca la Raquel, mientras buscaba nuevas melodías. Me daba cuenta de que con ese solo encuentro no era suficiente. Era necesario que volviera, escuchara y que me entrara hasta el tuétano aquella música. La tenía que vivir para poder conocerla y saber cómo trabajar con ella. Debía integrarme en ese grupo, en la tramontana, en su peculiar manera de hablar y de entender las cosas de la vida.

Tenía que ser como ellos para poder cantar bien la habanera.


Sobre esta noticia

Autor:
Vicenç Macias (22 noticias)
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Reportaje
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Comentarios

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Usuario anónimo (04/06/2009)

parece una serie por entregas, lo seguiré a ver de qué va

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Usuario anónimo (09/07/2009)

No está mal. ¿Habrá más?