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Quim Xena. Vivencias de un músico. Capítulo 8º

23/01/2010 18:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Quim Xena: "mi idea es ir introduciendo al posible lector en el mundo de las habaneras empezando por mis propias vivencias."

Afinando la vieja guitarra

CAPÍTULO VIII

Salí del pub con cierta satisfacción pero también con cierta incertidumbre. Me tendría que espabilar solo, sin apoyo de ninguna clase, no como tiempo atrás que disponía de otro guitarrista, de un bajo, de un batería ...

Era mi primer trabajo oficial de trovador en un lugar donde, poco a poco, iba encontrando mi propia manera de pensar y de vivir.

- Y sobre todo habaneras.

Género musical del cual me encontraba en etapa de aprendiz o, si quería ser más sincero ¡aún, en pañales! Ignorante absoluto que se había atrevido a decir que sí a todo un acontecimiento popular.

- ¡Me pedirán canciones de las que no tendré ni puta idea!

- Ya veremos cómo irá - me iba repitiendo pedaleando hacia el Mas - estudiaré todo lo que sea necesario - no quería decepcionar a nadie y menos a mí mismo - Has aceptado el reto lo tendrás que llevar a cabo hasta las últimas consecuencias, o sea que trata de quedar bien o olvídate de todo.

Pensé en mi faceta de pintor. Esa sí que no me causaba ningún tipo de controversia espiritual. Me sentaba en mi silla, me hacía un porrito, miraba la claridad del sol por la ventana y me ponía a pintar. Saliera lo que saliera.

- Todo muy diferente a cuando subo al escenario - con el público delante suyo, el músico no se puede permitir ningún error.

El pintor hace el trabajo en su casa sin que nadie lo distraiga, de no ser alguna bien formada musa física. Si se le va una pincelada más acá o más hacia allá nadie hará caso. Incluso si un crítico sofisticado, conocedor de su obra, le reprocha, el pintor siempre podrá decir la suya.

El músico hace su obra ante un público vivo y atento, que escucha y vigila cualquier movimiento en falso que pueda hacer el artista.

- Músicos, cuatro locos - recordé haber oído decir a alguien, un día, al Fraternal.

- Déjate de cavilaciones y al grano - me empezaba a decir cuando llegaba al mas

- Esta diarrea mental no te llevará a nada positivo.

Como tantas veces pasa, mi voz mental negativa, maliciosa, había intentado destrozar el positivismo de las ideas. Pero, por suerte, ya se estaba imponiendo en mi pensamiento la sensata creencia que dice: todo es difícil pero no imposible.

Llegado al mas fui directo al estudio. Delante de mí tenía el libreto de habaneras que estaba estudiando y arreglando

- Aunque no encontraré muchos de los temas más conocidos.

También tenía las canciones populares y tradicionales de mi pueblo catalán, cantadas durante siglos y que seguirán cantadas mientras mundo haya. Y también tenía mis propias composiciones.

Sentí como una fuerte ilusión me espoleaba y me puse a trabajar toda la noche y todas las que siguieron.

El día antes de la actuación, repleto de estudiar y medio claustrofóbico, tras dos días de no salir del mas, di un paseo por el viejo camino de Calella hasta Can Batlle. Era viernes por la tarde, un día medio nublado y con previsión de lluvia al atardecer.

Quería escuchar las olas del mar que, últimamente, era de las pocas melodías capaces de dar bienestar a mi espíritu torturado.

Y así encontré el Mediterráneo, tranquilo y altivo, que parecía esperarme y quererme avisar:

Era mi primer trabajo oficial de trovador en un lugar donde, poco a poco, iba encontrando mi propia manera de pensar y de vivir

- Disfruta de este estallido de bienaventuranza ahora, que pronto crecerá la luna y me volveré inalcanzable.

Percibí el olor de las algas, el roquedal y las mejilloneras. Miraba las barcas de arrastre y los palangreros que volvían al puerto de Palamós después de la pesquera. Pasaban por el freo de Les Formigues, entre las islas y cabo de Planes, después pasarían Els Canyers, Cala Estreta y Platja del Castell hasta llegar al muelle donde ya los esperaban los pescaderos tomando el cortado o el carajillo.

- La rueda del mundo es previsible y constante - pensé, seguramente recordando un viejo adagio budista aprendido de mis lecturas de Herman Hesse.

Imaginé la forma en que los pescaderos se hacían con las frescas capturas, recordando como lo había visto hacer a mi padre el corro de Arenys, en la época que mi familia se dedicaba a la venta de pescado en plaza. El apuntador hablaba a una velocidad tan increíble que sólo los entendidos eran capaces de captarlo:

- 100, 99, 98, 97, 96, 95, 94, 93, 92 ...

- Mío! - Decían cuando creían que el precio les convenía.

Allí nadie cantaba habaneras, sólo números y más números. Profanos para los oídos sensibles a la música pero mucho más eficaces a la hora de mantener la familia.

- El mundo es como es y costará mucho cambiar.

El mar seguía con su constante ir y venir, yo me quedé, quieto, bajo las Voltes de la Plaça del Port-Bo. Sólo cuando empezaba a hacerse de noche, medio encogido por la humedad, me desperté de mi decaimiento, y me levanté para volver al mas. A Ermedàs, a mi casa.

Justo cuando pasaba por la Plaça de Sant Pere, ante Ca la Raquel, que estaba cerrado, se puso a llover. Entré en otro bar, sin dilación, pues no me quería mojar. Pasaría un rato allí, ya que seguramente sólo se trataba de un típico chubasco. Detrás del mostrador había un señor alto y gordo que, sólo de mirarlo, ya le noté que tenía un defecto en la vista. No hubo manera que me viniera a la cabeza el nombre de esa desviación de la mirada que hace que miren hacia otro lado cuando en realidad te están mirando a ti.

Él me reconoció.

- No eres aquel que vende pinturas en la plaza y toca la guitarra en La Vela? Bienvenido seas, todos los que van en contra del gobierno son bien atendidos en esta casa. ¿Qué quieres tomar?

- Ponme un café, por favor.

- Sólo un café - parecía decepcionado - ¿no quieres otra cosa?

- Por ahora con un café ya hago, después ya veremos.

- Eso ya me gusta más!

Estaba deseando que terminara aquel chubasco, cuando el tío empezó a hacerme una disertación sobre cometas y planetas por descubrir y sobre esferas celestiales, nebulosas, órbitas y galaxias, que me dejó bien desconcertado.

Tiempo después supe que aquel señor era conocido por el apodo de Canelo, personaje muy apreciado por las esferas populares y autóctonas de Calella, de quien acabé siendo un buen amigo. Nunca tuvo pelos en la lengua para decir siempre lo que pensaba, gustara o no gustara a quien lo escuchaba.

Cuántos como él, gente desconocida e ignorada, han dedicado sus días, años y vidas, a mantener encendida la identidad y el carácter de nuestro país.

- Dios los tenga en su gloria.

- Dios los devuelva a nuestra patria, como ejemplos a seguir, por los siglos de los siglos.

Quim Xena


Sobre esta noticia

Autor:
Vicenç Macias (22 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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