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Quim Xena. Vivencias de un músico. Capítulo 9º

22/03/2010 23:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Quim Xena: "mi idea es ir introduciendo al posible lector en el mundo de las habaneras empezando por mis propias vivencias."

Afinando la vieja guitarra

CAPÍTULO IX

Por fin el día deseado y temido, de ir a cantar en el pub de Palafrugell. Durante aquellos tres días mi razón se tuvo que esforzar duro para no deshacer el trato.

- Un trato es un trato y no se puede romper si no es por causa de fuerza mayor, de desgracia familiar o de enfermedad propia.

Después de una siesta repasé el repertorio que podía buenamente ofrecer a un imprevisible público de quien yo esperaba bastante generosidad y comprensión.

A la hora convenida llegaba a la puerta del pub. La calle respiraba quietud y sólo se veía transitar a alguien por los contornos de la Plaça Nova. La gente aún debía estar en casa cenando y mirando el televisor. Era temprano para salir de marcha.

Cuando amarraba la bicicleta en el farol de la acera aún apelaba a la buena disposición del personal que me esperaba. Con la guitarra a la espalda y frotando mis manos medio tiesas por el frío, entré al local.

Ciertamente era grande. Un largo mostrador, muchas mesas y sillas por doquier, rincones especialmente dedicados a las parejas, una buena pista de baile, una sala de vídeo y cine y otros servicios imprescindibles.

El patrón me recibió con una franca risa.

- Ven acá que verás donde tienes que actuar.

Me llevó hacia un lugar más elevado de la pista de baile, en el lugar, digamos, reservado a las gogos o a las chicas atrevidas que saben mover mejor los tendones y las caderas.

- Siéntate aquí, a ver cómo quedas.

Yo dejaba hacer. Una vez sentado vino el técnico de sonido con los micrófonos y los pies. Los pusimos a la medida e hicimos las pruebas de sonido. Con pocos minutos estuvo todo listo.

- Toma un bocado, piensa que estos grupos a menudo se quedan hasta la hora de cerrar el local - me avisó el patrón.

- Un pequeño refrigerio sólo, he comido algo en casa antes de venir.

Me señaló una mesa y hacia allí fui. En cuanto me senté se acercó un camarero con un par de rebanadas de pan con tomate y una fuente de embutido del país.

- ¿Qué quieres para beber? -Sólo me preguntó.

- Vino tinto, si no es molestia.

Enseguida llegó con una botella de vino de Capmany que destapó ante mí.

- Cojonudo, gracias.

- Si no tienes bastante me lo dices y te haremos otra cosa. Ahora la plancha ya está bien caliente.

- Por ahora me defenderé bien con todo esto que me has traído.

La cordialidad es uno de los mejores alicientes que puede recibir un músico en los momentos previos a subir al escenario. Revitaliza la confianza en sí mismo, sobre todo si debe enfrentarse sólo al público. En cambio si se le recibe con desgana es posible que le invada un fuerte sentimiento de soledad y se le escape la serenidad que le hace falta.

Tras los primeros bocados pasé a la cata del vino. Me pareció bastante bueno, incluso parecía fluir de él un cierto airecillo de Tramontana Altempordanesa. Al segundo trago se me filtraron toda una pandilla de pensamientos:

- ¿Qué seríamos estas alturas los catalanes si no fuera por la cultura del vino? ¿Cómo sería la cultura de todo el Mediterráneo norte y parte del Atlántico sin este regalo de los dioses? ¿Tendríamos la misma filosofía, la misma música, la poesía o el mismo arte, en general? ¿Qué sería del canto popular si en las tabernas en lugar de servir vino hubieran servido agua?

No quería ni imaginarlo.

La llegada de los primeros clientes desvaneció mi divagación vinícola, que pude concluir con una sentencia imbatible:

- Sin vino no harían ni misa los curas.

Yo quería subir al escenario a dar la bienvenida a los recién llegados, cuando el patrón se acercó.

- Tranquilo que aún no están todos. Toma un trago y fuma un cigarrillo. Ya te avisaré.

Volví a mi silla y saqué la guitarra de la funda para afinarla. Viendo que el patrón me miraba le expliqué - La guitarra debe afinarse justo antes de subir al escenario.

Hice finiquito de la botella de vino mientras el local se iba llenando. La gran mesa preparada para el evento ya estaba casi llena de comensales. Creo que sólo faltaban los anfitriones. Supe que habían llegado cuando estalló un aplauso. Miré al patrón quien con un golpe de cabeza me indicó que ya podía ir al grano.

Él mismo me acompañó hasta el escenario y, tras dar la bienvenida a todos, me hizo una pequeña, pero agradecida, presentación.

- Este es Quim, de Ermedàs, y esta noche le cantará un buen puñado de canciones. Un aplauso para él.

Y se fue.

Ellos se empezaron a servir el piscolabis y yo inicié la primera canción que, si no recuerdo mal, fue Joan del Riu, a la que yo había modificado la letra para hacerla más acorde con la actualidad. A continuación A la ciutat de Nàpols, El ball de la civada, La Caterina, Quina calor! (una rumba que hacía poco había compuesto) ...

La juerga y la tertulia iba subiendo de tono y yo al escenario sudaba como un condenado mientras se me fundía el último miligramo de grasita del embutido que había zampado un rato antes. En éstas que oigo una voz de chica que sobresale del resto:

- El meu avi!

- Ya me han jodido! - No me sabía esa canción.

Suerte que mi experiencia sobre los escenarios me vino a salvar de tal acometida.

- Venga, vamos todos a cantar El meu avi! A ver ¿quién empieza?

La huida adelante hizo su efecto, más aún de lo que yo esperaba. Enseguida se formó un grupito que se pusieron a cantar la canción deseada mientras yo me apresuraba a encontrar la tonalidad con la guitarra y a hacer el pato con el pico. En el segundo estribillo ya me añadí, pues lo Visca Catalunya! y Visca el català! era fácil de asimilar.

- La Bella Lola!

Y volví a utilizar la misma estrategia.

- Qué público tan bien parido - pensaba yo mientras me esforzaba por no cometer ningún disparate armónico.

Algunas otras que me pidieron me atreví a decir que no las conocía, ya que era mejor no abusar demasiado del invento, y pude continuar con mi repertorio: L'estaca, Les pometes del pomer, Per l’aliment del bon vi... ... y otras de juerga. Tras casi tres horas de actuación me despidió de todos enviando besos a las señoras y deseando lo mejor a todos.

Sólo bajar del escenario, aún con la adrenalina hasta arriba de todo, el patrón vino a mí felicitándome.

- Pero eso de las habaneras lo tienes que mejorar.

Me empujó hasta el mostrador, junto a la caja, y me sirvió una cerveza.

- Las habaneras las estoy estudiando. Hace poco tiempo que me he puesto y éstas que me han pedido no las tengo - le expliqué.

- Pues son las más conocidas aquí en Palafrugell.

Tomé nota.

Me invitó a hacer resopón pero rehusé. Mientras me entregaba el importe convenido me dijo que si no tenía nada apalabrado que volviera a tocar allí el próximo sábado.

- Entendidos - le respondía yo en el momento que encajábamos las manos.

Quim Xena


Sobre esta noticia

Autor:
Vicenç Macias (22 noticias)
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Reportaje
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