Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Enrique Madrazo escriba una noticia?

El recurso de la descarga ilegal

24/12/2011 10:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Tres años le ha costado a Pablo Soto demostrar su inocencia, acusado por los gigantes de las discograficas, quienes le reclamaban 13 millones de euros por delitos contra la propiedad intelectual y por competencia desleal..

Como ante Goliat, se adivinaba un enfrentamiento bastante desigual. El papel de rey de Judá le había tocado, en este caso, a Pablo Soto, el creador de los tan polémicos sistemas de intercambio de archivos P2P. Tres años le ha costado demostrar su inocencia, desde 2008. Y eso que el contrincante era serio: Sony, Warner, Universal…; en fin, algunas de las discográficas más importantes del sector. La cantidad reclamada no dejaba dudas acerca de la seriedad del asunto: en concreto, le reclamaban trece millones de euros, acusado de delitos contra la propiedad intelectual y de competencia desleal. Una cantidad que pudiera resarcir las teóricas pérdidas del sector, cada vez más en capa caída. Teóricas porque están basadas simplemente en el número de descargas vía piratería, contabilizadas como consumidores que han perdido, cuando realmente, en la mayoría de los casos, estos usuarios de piratería sólo intentan sacarle provecho a la cuota mensual que pagan por el servicio de internet, una de los más caros de la zona euro. Es muy inocente presuponer que, de no existir el susodicho P2P, los del parche en el ojo hubieran pasado por caja con el dinero en la mano, en fila india y la ilusión intacta.

Según Antonio Guisasola, presidente de Promusicae, que representa a la industria discográfica española, la sentencia marca “un día triste para la industria cultural española”. Se intuye el desconsuelo. Y es que ahí ha dado en la diana el señor presidente, porque lo es, y muy triste, trece millones de lágrimas de tristeza, pero en exclusiva para la industria; no así para la sociedad cultural, quien ha recibido la noticia con euforia y un poco de alivio; debería ser, entonces, quien tuviera la última palabra: al fin y al cabo, es dentro de la sociedad donde cobra significado la palabra cultura.

El problema de la piratería, mire como se mire, afecta principalmente a las grandes productoras discográficas, que se muerden los labios y rasgan sus vestiduras ante las cifras multimillonarias que tendrían que estar ganando, sin que por ahora puedan hacer nada para evitarlo. Así que, de vez en cuando, te recuerdan cómo de mal está el negocio del copiright. En esta ocasión, la visión era daliniana, donde un gigante formado por multinacionales se enfrentaba al David de turno, poco importaba quién fuera, el objetivo era hacerle responsable de todos los males que tiene internet, ellos representando a las discográficas y Pablo Soto a los internautas, intentando de corazón dar un escarmiento ejemplar.

Aunque una cosa está clara. Los derechos de autor deberían respetarse; responde a la simple lógica de que todo trabajo debería ser remunerado. La cuestión es que el mercado ha cambiado las reglas: la aparición de internet propicia el acceso a cualquier tipo de producto en cualquier momento y en muy poco tiempo. Y no crean, la idea original es bastante antigua, ideada por otro David algo diferente, éste un poco más polémico: hoy se le conoce con el nombre de Jesucristo, con su multiplicación de panes y peces. Este principio aritmético parece estar en confrontación, hoy en día, con los derechos de autor, y las multinacionales que les representan se centran más en corregir las consecuencias que en evitarlas o buscar caminos alternativos. Gastan una cantidad ingente de dinero en abogados que salvaguarden, enjuicien y aseguren el transporte de sus productos, defendiéndolos de la piratería; un gasto jurídico gigantesco que no puede por menos que inflar grotescamente el valor final del producto.

El consumidor, cada vez más consciente de este desfase, termina por encontrar moralmente aceptable el milagro de la descarga. Lo justifica, económicamente hablando, con el importe de la factura sobre la cuota de línea. Más incluso cuando se descubren casos como el expuesto, donde las grandes compañías se amparan en el término “derechos de autor”, cuando éstos reciben porcentajes ínfimos por tal concepto. No sólo es necesaria una concesión por parte de la sociedad, dispuesta a pagar por contenidos que podría conseguir gratuitamente: para ello sería necesaria una concienciación solidaria. A su vez, si no antes, es necesaria una nueva fórmula más realista, acorde al medio social y digital. Poner parches para taponar la herida ya no sirve. El daño seguirá produciéndose mientras no se focalice el problema. Cómo puede suponerse que la condena a un informático de software puede solucionar el problema de las descargas ilegales. Sin embargo, le acusaban de delitos contra la propiedad intelectual: a fin de cuentas, había sido el inventor de un sistema de archivos pensados para fomentar la piratería; y que realmente se usan para tal fin. Pero seguramente, cualquier norteamericano nativo podría matizar el asunto, explicarles que la culpa no es tanto del dueño como de quien apunta el arma. Simple lógica jurídica.

Pero si, a pesar de todo, persisten en vérselas con todo aquel que, directa o indirectamente, proporcione o facilite redes dedicadas al intercambio de “miles de archivos musicales protegidos por derechos de propiedad intelectual sin autorización de sus legítimos titulares”, como declaraban desde Promusicae, tal vez, siguiendo esta misma lógica, debieran entonces apuntar más alto y presentarse directamente ante el proveedor de la línea, el único aquí que parece enriquecerse: cobra católicamente una cuota que fomenta el self service y provoca que el usuario quiera sacarle provecho al servicio. Debería, por lo tanto, exigírsele su parte de responsabilidad. Pero ni lo hacen ni lo harán: al fin y al cabo, cada cual mea siempre en su propio tiesto, procurando no salpicar a los demás.

Así que, señores empresarios de la cultura, como ven, es bien práctico apuntar con precaución y acierto. Que pudiera ser que, donde ustedes ven un juicio trascendental hacia "el gran traidor de la causa P2P", el resto de consumidores perciban tan sólo un gran linchamiento. Sobre todo si, cuando se les quitan las antorchas de las manos, resulta que reciben "con gran decepción la sentencia del caso”. Y planean una segunda parte que, estadísticamente hablando, resulta siempre peor negocio, con grave riesgo de encasillar a sus protagonistas: el tremendo Goliat contra el pequeño David, el más fuerte contra el más indefenso; el bueno contra el malo. Una imagen nada halagüeña que no puede sino incidir negativamente sobre quien la emite. Lo mismo que si se insiste, cansado ya de la precaución y el acierto, en continuar meando apuntando de lleno contra el viento.


Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
Visitas:
1222
Tipo:
Opinión
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.