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El reduccionismo clasista del Gobierno (I)

13/01/2010 15:32 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Autor: Carlos Díez

Nuestro colaborador, Carlos Díez, analiza las raíces marxistoides del esquema ideológico simplista y confrontador que el Gobierno utiliza para justificar la inminente subida de impuestos que perpetra contra la clase media (que se verá mucho más afectada que "los ricos" pese a lo que promete el Gobierno).

En la política ocurre a veces como en la gramática: un error en el que todos incurren, finalmente es reconocido como regla.

André Malraux.

Hace ciento sesenta y dos años, en 1847, Karl Marx y Friedrich Engels redactaron el archiconocido (pero no tan leído y aún menos estudiado) < < Manifiesto Comunista> > . En él encontramos diversas tesis profusamente desarrolladas en el monumental < < El capital> > de Marx. Como con cualquier tesis errónea, la profusión no aporta veracidad más que para el lector superficial, abrumado ante el ciclópeo esfuerzo de enfrentarse a obra tan vasta.

Una de las "ideas-fuerza" (por usar una terminología contemporánea) de ambas obras ha sido recientemente desempolvada por el Gobierno español. Consiste dicha idea en reducir la sociedad a dos compartimentos estancos, sin comunicación posible entre ellos, dos sectores confrontados ab aeterno y destinados cada uno a aniquilar o esclavizar al otro para subsistir.

Estos dos grupos sociales irreconciliables son denominados en el < < Manifiesto Comunista> > y < < El capital> > como burgueses y proletarios (Bourgeois und Proletarier), acuñando una terminología que si bien no era original, sería catapultada por Marx hacia un éxito furibundo que aún hoy hace estragos.

Por los primeros, los burgueses, se entiende la clase propietaria de los medios de producción y que emplean trabajadores asalariados. Por los segundos, proletarios, se entienden aquellos que para subsistir deben arrendarse a los primeros, percibiendo un salario por su trabajo. En definitiva, la diferencia trascendental entre unos y otros es la categoría de propietarios, el disfrute de títulos de propiedad. Para unos, basta con el empleo de esa propiedad para generar rentas que les permitan la existencia. Para otros, la existencia es una permanente carrera para subsistir.

Nos encontramos ante una formulación con pretensiones científicas de la manida contraposición entre ricos y pobres, la cual ha obsesionado al hombre desde que el mundo es mundo (y de ahí deviene parte del éxito propagandístico del socialismo).

Ante los ruinosos compromisos que el actual Gobierno español ha contraído con nuestro dinero para poder beneficiar sus intereses partidistas y electorales fingiendo beneficiar a determinados sectores de la población a costa de los demás, y la nefasta gestión de la crisis económica, nuestros gobernantes no han tenido más remedio que reconocer el inminente aumento de la presión fiscal sobre la población.

Por lo general, las personas normales no suelen ver con buenos ojos que les quiten lo suyo y menos si quien se lo quita es un derrochador. Por eso el Estado debe generar causas y, sobre todo, excusas para perpetrar un latrocinio constante y que se retroalimenta a sí mismo. La ideología que logra una mayor docilidad del ciudadano a la hora de soportar con sumisión e incluso jalear con vehemencia el expolio vía impositiva, es el socialismo. Por eso es difícil encontrar un solo político que no sea socialista en sus actos, aunque en sus palabras digan oponerse a dichas prácticas y se agrupen bajo siglas que supuestamente se oponen o divergen del socialismo. Hayek ya percibió esta cuestión cuando con sorna genial dedicó una de sus grandes obras "a los socialistas de todos los partidos".

Una vez asumido por el Gobierno que no va a poder disimular la subida de impuestos, queda el engorroso asunto de limitar los daños electorales de la decisión. Pero, ¿por qué no ir más allá y convertir el hecho en una ventaja? Para lograr el taumatúrgico efecto de que alguien aplauda que le quiten un mayor porcentaje del fruto de su esfuerzo, nada mejor que recurrir a la envidia disfrazada de ideología: la lucha de clases. Y para ello, se necesita acudir al simplista esquema del cual el socialismo nunca ha querido desprenderse: dividir la sociedad en ricos y pobres.

Una vez aceptado este paso grotesco, el siguiente consiste en tratar de convencer a la mayoría de la población de que "los ricos son otros" y que por tanto ellos (los pobres) no se verán asediados por el aumento de impuestos. El tercer paso es culpabilizar al "rico" y explotar la envidia. El mensaje consiste en decir "sí, vamos a quitarles más dinero a algunos, pero son los ricos, se lo merecen". Todo hombre envidioso celebrará el expolio del que tiene más que él, y ninguno se considerará a sí mismo rico porque tendemos a compararnos con los que tienen más que nosotros, no con quienes tienen menos. El último paso será rentabilizar la subida de impuestos alegando el compromiso demostrado con los "pobres", la coherencia ideológica, la misión redistributiva del Estado, la conciencia social del partido en el poder y lo peligroso que sería que el partido de la oposición llegara al poder, pues al oponerse a la subida de impuestos, está "atacando a los pobres y defendiendo a los ricos". Nos conocemos la teoría, la llevamos padeciendo más de lo que querríamos recordar.

Sin haberle leído (pues sólo con escucharles durante cinco minutos uno se hace idea del nivel cultural de nuestros gobernantes) recurren al esquema marxista y por supuesto, incurren en los mismos errores que el filósofo alemán.

Marx simplificó en exceso la sociedad. Para atenuar su división clasista radical, reconoció la existencia de una especie de clase intermedia entre proletarios y propietarios (burgueses) a quienes denominó "pequeñoburgueses", pero indicó que dicha "sub-clase" estaba condenada a desaparecer integrándose la mayoría de sus componentes en el proletariado y sólo unos pocos (los más exitosos comercialmente) en la burguesía. La Historia demostró lo erróneo de las predicciones marxistas. El surgimiento de la clase media es uno de los hechos más innegables del último siglo y medio y así ha sido en todas aquellas naciones que han liberado las fuerzas productivas y han adoptado el capitalismo en mayor o menor grado. Allí donde no ha habido capitalismo, las diferencias entre clases han permanecido o se han agravado.

Esto entronca con el segundo grave error de Marx en este tema: el de la concepción estática de la sociedad. Creía que las posibilidades de cambiar de clase eran ínfimas, pero en una sociedad capitalista, muchos individuos pasan de unos niveles de renta a otros según sus propios actos, éxitos y fracasos.

Al Gobierno le conviene simplificar la sociedad tanto como Marx. Así pueden presentarse como salvadores de los pobres, justicieros, "Robins Hoods", que sustituyen el arco y las flechas por las leyes y los decretos. No les conviene la existencia de una clase media relativamente autosuficiente. Necesitan unos enemigos (los ricos) como determinadas religiones necesitan una figura maligna. El socialismo es, sobre todo, un acto de fe en una ideología que se ha demostrado fracasada, pero emocionalmente muy eficaz.

Dicho reduccionismo clasista reiterado machaconamente desde hace más de siglo y medio ha tenido el peor de los efectos: convencer a mucha gente de que su destino en esta vida depende de lo que el Estado le quite a los demás para dárselo a ellos, y no de lo que logren ellos con su trabajo. Demasiada gente cree que hay sólo dos tipos de personas, aquellos a quienes hay que dar a través del Estado y aquellos a quienes hay que quitar. Demasiada gente ha asumido el error marxista hasta el punto de que –como ya dijo el siniestro Goebbles que sucedía con toda mentira repetida mil veces- ha pasado a ser una ominosa verdad.

Clases Medias Aragón


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clasesmediasaragon.es
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