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Ricky Dávila, paz con el otro

27/02/2010 23:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Susan Sontag escribía en la década de 1970: "Recientemente la fotografía se ha transformado en una diversión casi tan difundida como el sexo y el baile, lo cual significa que la fotografía, como toda forma de arte masivo, no es practicada como arte por la mayoría". Sus palabras, proféticas, si tenemos en cuenta que todavía no se había producido la revolución digital, se referían a un fenómeno concreto llamado turismo, un eslabón más del inmediato sistema-mundo globalizado. Como ella misma reconocía, el turista japonés empezaba a reemplazar al turista americano que, por aquel entonces, dejaba de ser dueño y señor del mundo.

Paradoja de la imagen fotográfica

Ciertamente, la fotografía era un fenómeno industrial y económico, ligado a una discutible idea de progreso. Pero también, y he ahí la importancia de las palabras de Sontag, existía el hecho de que la fotografía seguía siendo arte, independientemente de su incesante transformación y disolución con la vida (¿A caso pueden separarse?)

Hoy es difícil encontrar fotógrafos en activo desvinculados de cualquiera de estas dos categorías, lo que viene a confirmar el estatus paradójico de la imagen fotográfica. Tal vez por ello, sea únicamente el mecanismo sensitivo el que dictamine dónde está un buen fotógrafo y dónde no. Sin embargo, hablar de algo tan abstracto y subjetivo como es la sensación, o pretender establecer una pauta que pueda servir para clasificar a buenos y malos, es una trampa. Pero una trampa necesaria y, cuando menos, justa, si el fin de la misma es concretar aquello que el espectador puede experimentar delante de un trabajo fotográfico, aún sabiendo que con tan ardua labor, quien habla no hace otra cosa que tirar piedras sobre su propio tejado.

Fotoperiodismo y arte

Ricky Dávila (Bilbao, 1964) había terminado de definir su gusto hacia la fotografía a finales de la década de 1980. Vinculado al fotoperiodismo durante los años siguientes, pareció encontrar en la cámara una herramienta de diálogo con el mundo.

Los orígenes del fotoperiodismo se remontan a 1880, cuando el Daily Graphic de Nueva York comenzó a ofrecer noticias descritas mediante imágenes. Pero fue el danés Jacob Riis (1849-1914) quien consolidó el género con su célebre reportaje gráfico How the other half lives en 1888. Ya en el siglo XX, el fotoperiodismo vivió su época dorada, con la aparición de revistas especializadas y figuras como Henri Cartier-Bresson, Eugene Smith o Robert Capa y, en el caso español, Juan Comba o Gerda Taro.

Ibérica

Dávila presenta en Ibérica una selección de 80 retratos de gran formato que dibujan el mapa de un viaje por la Península Ibérica. Se intercalan algunas vistas en movimiento de carreteras secundarias, noches de neblina y algún edificio industrial. En efecto, se trata de un recorrido por el rostro de personas anónimas que hacen visible un otro mapa geográfico de la tierra: el del otro, el de nuestro semejante. Una cartografía donde desaparecen las estrategias cotidianas de enmascaramiento y donde la identidad aparece refugiada en una mirada que no hiere, ni juzga, ni reprocha. Imágenes en blanco y negro, retratos de gente de distinta condición que se desnuda ante quien observa, que no impone su artificio y que sabe desde su ignorancia embalsamar cicatrices. Ese despojamiento es uno de los grandes aciertos de la muestra.

Por una parte, los retratos de Ricky Dávila enuncian lo que Michael Fried sospechaba ante las reflexiones de Roland Barthes, esto es, que la fotografía era el invento de la sociedad moderna que más implacablemente nos recordaba nuestra propia condición de muertos. Pero a ese inevitable aplastamiento del tiempo, a esa única visión romántica y finita, se solapaba algo más sencillo y esperanzador: la variedad.

Culminar en una fotografía

"La aventura, la gran aventura es ver surgir algo desconocido cada día en el mismo rostro: ésa es una aventura mayor que todos los viajes alrededor del mundo", escribió Giacometti. Las fotografías de Ricky Dávila constituyen en sí mismas un lenguaje, un sistema simbólico ya dado por el propio título de la exposición. No obstante, esa misma disolución de límites, ese juego de palabras entre lo que se dice y lo que se ve, es quien se encarga de transformar los elementos objetivos de la imagen en experiencias estéticas. Así, sus obras no son sólo recuerdos, ni exclusivamente testimonios objetivos, ni tan siquiera prolijos análisis fisiognómicos.

Rescatando nuevamente las palabras de Susan Sontag, la fotografía es el más perfecto simulacro de conocimiento. "El más lógico de lo estetas del siglo XIX, Mallarmé, dijo que en el mundo todo existe para culminar en un libro. Hoy todo existe para culminar en una fotografía".


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hoyesarte.com
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Reportaje
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