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Sol de ocaso

29/03/2010 02:05 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Es la vida una senda escabrosa rodeada de pena y dolor. Recorredla con fe valerosa; cada espina contiene una flor

Teresa dejó su faena escudriñando la huerta.

-¡Abuelo! No se esté ahí, que da mucho la solina. Véngase acá.

Salió a su encuentro, todavía húmedas las manos, llameantes los ojos de felicidad y un poco temblonas las macizas carnes en su gracioso andar.

-Cójase a mi brazo. ¡Asina! ¡Verá, bajo la parra, qué bien se está! ¡Hay una frescura! ¡Ajajá! Así sentadico. Lo mismo que un rey.

Siguiéronla los ojillos del viejo, henchidos de gratitud, mientras ella tornaba a hundir los torneados brazos en el agua retozona.

-¡Qué buena es! –susurró señor Miguel humedecidas las pupilas-. Y cuidao que la mi defunta la tenía enquina. El no conocerse, ¡velay! Porque es mesmamente un cacho de pan. ¡Pobre Blasa! Dios la haya perdonao.

A su recuerdo, sintió el señor Miguel como una comezón dolorosa, así como el martillo del remordimiento. A su muerte creyó el pobre viejo morir.¡Treinta años juntos sin que una mala razón turbase la paz del hogar! Juntos, muy juntos los cuerpos, y las dos almas una sola. ¡Creyó morir!

Pero el hijo le llevó a su vera... ¡Y qué bien se estaba allí! El cielo, con esplendores primaverales. Los picos de la sierra, jugueteando con las luces del sol. Ahora, azules, luego, rosados; más tarde, confundidos con los penachos de la nieve.

La huerta, que era un paraíso, y luego... luego... Aquí, señor Miguel sentía un nudo en la garganta: aquella mujer con los ojos siempre bailarines que, mirándole, acariciaban. Y las manos tan suaves, que le vestían con el mimo de un recién nacido. Y lo mejor de la mesa para él. Y aquel hijo, mirándose siempre en sus ojos. Aquello era un Paraíso, tanto, que el recuerdo de su muerta fue esfumándose en aquella neblina deliciosa, y vivía sin ella, ¡triste realidad!, como si no la hubiera conocido.

Teresa iba y venía algo agitada. De pronto, metiendo los zafiros luminosos de sus ojos en los apagados del viejo, le habló:

-¡Abuelo! Tengo una carcoma que no me deja hasta que lo cuente. Sabrá usted que el huerto del Portillo va a dar mucha guerra.

Señor Miguel miró a su nuera enterrando sus ojillos en la carnosidad de los párpados..

-Ese tuno de Melchor –siguió ella muy dulce tiene mucho mala sangre. Los chopos, desmochaos. Los manzanos no se pueden mirar de compasión que dan. Todos agostaos. Las tapias, cayéndose. El día que usted lo vea, se lleva un sofoco.

Seguía mirándola el viejo, más abiertos los ojos y temblonas sus manos. ¡Aquella voz era música!

-Bien podía usted mandárnoslo. Se evita malas razones, y el huerto daría gloria el verlo.

- Es lo único que me queda –atrevióse él.

- ¡Lo único! –musitó ella blandamente-. ¿Pues de quién es todo, sino de usté?¡Todo de usté! Qué mas da que nos mande las tierras. Pa nosotros el amo será usté mientras que viva. ¡No faltaba mas!

- ¡Tengo una ley a ese huerto, Teresa! Allí conocí a la defunta y allí d’ambos nos quisimos.

Hasta el hijo le miraba de soslayo

- No sea tonto, abuelín. Que pal caso es lo mismo. El amo sólo usté. ¡Eso faltaba!...

La voz melodiosa tenía burbujos de emoción.

¡Primavera! Cantaba la huerta ávida de alegría y sol... Cantaban las mozas en el río... Cantaba arando el hijo, y la voz de Teresa se desgranaba a coro con el chapoteo de la ropa en el agua.

Señor Miguel no cantaba. Sus ojillos, casi cerrados, soñaban con buenos tiempos que tan feliz le hicieron.

Para todos resucitó la primavera; para todos, menos para él.

¿Por qué?...¿En qué había delinquido?... Los ojos de Teresa miraban ahora duros y cortantes. Sus manos, tocando el pobre cuerpecillo, punzaban como espinas, y las palabras tenían agrias tonalidades.

¡Ni la frescura de la parra! ¡Ni los colchones bien mullidos! ¡Todo se acabó!... ¿Por qué?...¿Por qué?...

Hasta el hijo le miraba de soslayo, huyendo su mirada, medroso de hablar con él.

Cuando a ella la encontraba, bajaba el viejo sus mortecinos ojos, como avergonzado de mirarla, encogida el alma con el hielo de aquellos zafiros antes tan bailarines.

¡Huía! Pero ella se hacía la encontradiza, y empujándole rudamente, barbotaba:

-¡Jesús, qué hombre! Parece el miércoles. ¡Siempre en medio! ¡No sirve más que de estorbo!.

Estorbaba. Pero ¿por qué, Dios mío por qué?.

Un día suplicó lloroso:

-¡Si me llevases al huerto del Portillo pa verlo por última vez!

Teresa jadeaba de tanto reír.

-¡Al huerto del Portillo! En eso estoy pensando.¡No tengo otro que hacer!

Estorbaba... Le odiaba. ¿Por qué?...¿No les había dado su corazón, su cuerpo, sus tierras todas, todas?...

¡Ay, sí, sí! Todas. Ahora comprendía. Ya no le quedaba más que darles...

Reaccionó, y sintiéndose heroico, tornó a levantarse. La diría humilde:

-Mira, Teresa: Yo no quiero que por mí te quemes la sangre. Ni que por mor de mí

haya cuestiones. Sé que te hace daño el verme y me voy a un asilo... Así... Así...

Cuando entraba, salía Teresa. Traía fieros los ojos y alborotados los cabellos.

Rabiosamente, le dijo:

-¡Hala! Duérmala. ¡Algo tiene que hacer pa ganarse el pan!

Encontróse, en sus brazos desmayados, un rebujo de leche y oro. ¡Una nena gordinflona y rubia, que aturdía con sus rabietas!...

-Corazón mío, te había olvidado –masculló el abuelo, tembloroso.

Ella, muy abiertos los traviesos ojos, lloraba y tiraba de las flácidas mejillas.

Arrullóla tiernamente. Aquel tesoro valía un mundo. ¡Penas! ¡Desprecios! ¡Hambre! Todo por ella.

-Ea... Ea... Duerme, Amorcito de tu abuelo. El rum-rum tornábase cada vez más tenue.

Miró dulcemente las estrellas, y, como en éxtasis, suplicó:

-¡Señor¡ ¡Señor! Verla crecidita y morir. –¡Ea!... ¡Ea! ...¡Ea!...

Josefina Bolinaga.


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