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Tarde para volver 7

17/11/2009 23:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Continuamos con el segundo capitulo

Le encantaba probar cosas nuevas. Tenía una colección de libros de cocina de todo el mundo

Cuando llegó el primer hijo de ambos, John, la pareja se sintió muy feliz.

A Stelle, como a cualquier mamá trabajadora, se le complicaba la vida debido a que tenía que compatibilizar la atención de su hijo con su trabajo, pero no le importó.

Consiguió que una persona viniera a ayudarla cuando ella tenía que ir a trabajar.

Cuatro años más tarde nació Cleve.

Sus dos hijos eran sanos y el trabajo de ambos marchaba bien, por lo que no podían quejarse de la vida ninguno de los dos.

Antonio estaba sumamente agradecido a ese país por haberle ofrecido todo lo que tenía. Le había permitido huir de uno de los peores tiempos de España, durante la dictadura. Había conseguido todo lo que se había propuesto.

El país también le había regalado una esposa que le había dado dos hijos.

No, él no tenía ninguna duda del agradecimiento que sentía por este país, pero en el fondo de su corazón, España seguía teniendo un lugar preferencial, por eso quiso anotar a sus dos hijos en el consulado español, apenas nacieron.

Les enseñó a ambos a hablar el español. Le pareció que era un forma de seguir conectado a sus raíces. Raíces que él no quería perder.

Ambos hijos estudiaron en el colegio donde ejercía Stelle.

John, siempre fue intelectualmente superior a Cleve.

Era el primero de la clase y desde muy pequeño había mostrado un interés inusual en el correcto uso del idioma inglés y español. Tenía una especial preferencia por la gramática y sus reglas.

Cleve había sido desde siempre más reticente a estudiar. En realidad hacía sólo lo imprescindible para pasar al año siguiente, sin importarle mucho cuanto conocimiento había adquirido o no.

Cuando terminaron el instituto, John se marchó a Exeter a estudiar debido al excelente prestigio que tenía la Universidad de esta ciudad. Eligió la carrera de Filología inglesa de la que egresó con notas excelentes.

A Cleve nunca le gustó la idea de seguir con el negocio del padre pese al éxito rotundo que estaba teniendo, ni demostró interés por seguir ninguna carrera.

Una vez finalizado sus estudios, John se presentó en unos de los institutos mas importantes de Barcelona, donde consiguió sin dificultad el puesto.

Antonio estaba triste porque su hijo se iba de su lado, pero en el fondo sentía mucha alegría que volviera a esa España que él amaba intensamente y que ahora era pujante, libre y organizada.

Allí se casó con una catalana y tuvo un solo hijo, Joao.

Cleve se quedó en Taunton. Se parecía físicamente a su padre pero no tenía ese empuje y tesón.

Comenzó trabajando en un negocio de electrodomésticos donde con el tiempo llegó a ser el encargado general.

Desde la época del instituto tenía una novia, Kelly, a la que amaba con devoción.

Kelly era una chica extrovertida, delgada y de mediana estatura, con hermosos ojos celestes y que tenía una especial manera de caminar, sumamente elegante y altiva.

Era hermosa pero evidentemente, ella se consideraba más hermosa aún, y lo hacía evidente en sus gestos, sobre todo al caminar.

Le encantaba leer y todas las tareas inherentes al hogar. Tampoco había querido seguir estudiando.

Kelly era el típico personaje de Susanita en la Mafalda de Quino. Tener un marido, hijos y un hogar eran todas sus aspiraciones en la vida.

Soñaba desde muy pequeña que su boda sería fastuosa, con muchos invitados, en un gran salón con orquesta y que ella estaría maravillosa en su vestido blanco.

Por eso, cuando Cleve decidió proponerle matrimonio, conocedor que su novia era una romántica incurable, la invitó a un paseo por el parque. Cuando llegaron a la glorieta, rodeados de maravillosas flores de colores y próximo al lago de los cisnes, la invitó a sentarse en el banco, se arrodilló frente a ella, le tomó ambas manos con una de las suyas mientras con la otra le ofrecía el estuche con el reluciente anillo y le dijo:- Eres la mujer más hermosa que conozco. Me siento muy afortunado por tenerte como novia, pero creo que ha llegado el momento de cambiar esa situación. Aceptarías ser mi esposa?-

Kelly, por supuesto, no dudó un instante su respuesta. Fue un SI dado con todo su corazón. Los dos eran muy jóvenes.

La boda se realizaría cuatro meses después.

Los preparativos fueron agotadores para ella. Es que quería que todo estuviera perfecto. El salón, las flores, el menú, la orquesta, el vestido, el ramo, el tocado, el peinado, las invitaciones. Todo tenía que ser único, por eso le costaba muchísimo elegir.

No quería pasarse por alto un solo detalle. Era su día y no podía salir nada mal. Todo debía estar pensado, seleccionado, estudiado, analizado para poder lograr esa boda con la que había soñado durante tantos años. Su madre y su suegra se habían ofrecido para ayudar, pero ella les agradeció gentilmente haciéndoles saber que quería encargarse de todo.

A Cleve no le interesaba ninguno de esos detalles, por eso cuando su novia elegía algo él aceptaba sin pensar.

A él solo le importaba casarse con ella. Lo demás era oropel, decía con frecuencia, haciendo que Kelly se ofendiera con esas palabras, pues ella no lo veía en absoluto de esa manera. Nada era oropel en sus sueños, sino pasos que debía dar para que se transformaran en realidad.

La boda salió perfecta tal como la soñara su novia.

Kelly estaba más hermosa que nunca en su vestido blanco, lleno de volados y encajes y con un corsé bordado con perlas y lágrimas de cristal que danzaban al compás del movimiento de su cuerpo. Ese detalle había sido su pedido específico a la modista.

La ceremonia religiosa se había celebrado en la misma iglesia que se habían casado los padres de Cleve. Las flores que adornaban el altar habían sido seleccionadas con exquisito gusto por Kelly.

Antonio y Stelle que, ante los preparativos de esta boda, evocaban con cierta letanía que ellos no habían tenido fiesta, se ofrecieron a hacerse cargo de los gastos puesto que ahora podían hacerlo.

Sus padres le ofrecieron regalarle a Kelly el vestido y todos los atuendos, incluyendo las flores de la iglesia.

De esta forma ellos tuvieron disponibilidad de dinero para irse de luna de miel a Irlanda.

Antes de casarse habían alquilado una casa cerca de los padres de ambos. Cuando volvieron de su luna de miel encontraron que ambas madres se habían ocupado que todo estuviera limpio y en orden, así que al entrar a la casa en brazos de Cleve, Kelly no tuvo nada que hacer.

Alex, el primer hijo de ambos vino a alegrar sus vidas antes de cumplir un año de casados.

Era un chico sumamente inquieto, que no paraba de corretear por toda la casa y por el jardín y encaramarse a toda cosa que se le pusiese en su camino, sin medir las consecuencias ni los peligros, por lo que frecuentemente terminaba lastimado.

Bob tardó cuatro años en venir a completar esta familia. En el medio de ambos hijos Kelly había tenido varios abortos que le habían hecho pensar que no volvería a conseguir llevar a término otro embarazo. Por eso cuando nació, ella sintió que por fin había realizado todos sus sueños.

Era bastante más tranquilo que su hermano, aunque sus travesuras tampoco lo alejaban del peligro constante. Kelly no podía dejar de estar atenta durante todo el día por lo que llegaba a la noche agotada, pero sintiéndose feliz por haber cumplido su misión de madre.

A pedido de su padre, Cleve los había anotado a ambos en el consulado español.

Su padre le había sabido transmitir el amor a España al igual que sus costumbres, muchas de las cuales fueron adoptadas por la familia de Cleve. Lo que Cleve no aceptó nunca fue enseñarles a sus hijos a hablar el idioma español.

El había sufrido mucha discriminación en la escuela por ser hijo de un español y no quería que nadie oyera a sus hijos hablando ese idioma.

-Ellos son ingleses y de padres ingleses. No necesitan saber el español- se había dicho resueltamente. Y la cumplió a rajatablas.

Los hermanos eran muy unidos, lo que no evitaba que se pelearan con bastante frecuencia entre ellos.

Alex siempre cuidaba de su hermano menor sin protestar.

Lo defendía en las peleas en la escuela. Lo ayudaba cuando no podía terminar sus deberes. Lo calmaba cuando algún mal sueño lo despertaba por las noches. Le enseñaba todos los trucos que él iba aprendiendo para manejarse en la vida. En pocas palabras lo quería muchísimo. Lo sentía y trataba como su mejor juguete.

Para Bob, Alex era su héroe. El que siempre estaba a su lado para salvarlo, para ayudarlo, para enseñarle.

Tenía muchos amigos pero ninguno era como su hermano Alex.

Ambos crecieron en ese pueblo de Taunton, hasta que un día su padre encontró una casa que se vendía a 10 quilómetros del lugar. Aunque Taunton no era una ciudad muy grande tenía un tráfico importante de vehículos sobre todo de los públicos, y él odiaba ese bullicio.

Estaba ubicada en un barrio muy tranquilo donde sólo de vez en cuando se veía pasar un coche.

Tenía un enorme jardín y estaba a la venta a un precio muy accesible.

A Kelly tampoco le gustaba mucho el bullicio así que aceptó sin vacilar la propuesta de Cleve de comprar esa casa.

Sobre todo porque por primera vez dejarían de alquilar y esa idea le pareció estupenda.

Una vez conseguida la hipoteca se mudaron sin prestar atención a las intensas protestas de Alex y Bob. Ninguno quería dejar a sus amigos de siempre.

Alex decidió que no se cambiaría de colegio.

No le importaba viajar todos los días. No pensaba perder sus amigos, especialmente a Pete su amigo del alma, y mucho menos a Sophie, quien ya era algo así como su “casi” novia.

Además su padre podría llevarlo por las mañanas cuando fuera a trabajar y el volvería en bus por las tardes.

A Bob no le dieron opción. Tenía solo 10 años y lo cambiaron al colegio más cercano

Estaba muy triste. Nunca se había planteado enfrentar la vida escolar solo. Ya no tendría quien lo defendiera en las frecuentes peleas que ocurrían en el colegio, puesto que su hermano no estaría.

El primer día fue muy asustado. Pero rápidamente se dio cuenta que había sido un buen alumno de su hermano, y había aprendido todos sus ardides y podía defenderse solo, y aunque muchas veces volvía con un ojo morado ya no tenia miedo.

De todas maneras su hermano seguía siendo su héroe y él seguía escuchando atentamente todos sus consejos y aprendiendo de ellos.

Esa fue la primera separación que sufrieron ambos hermanos.

Alex, Sophie y Pete eran amigos desde el primer día de clase cuando tenían 5 años de edad. En ese primer día, Sophie estaba sentada en el primer banco y alguien estaba tirándole gomitas en la cabeza. Sophie estaba molesta pero entonces era muy tímida y no se atrevía a decirle nada ni a quien se las tiraba ni a la maestra.

Pete y Alex estaban sentados en el penúltimo banco. Ambos estaban observando la escena y casi al mismo tiempo, se levantaron para defenderla.

Sophie les respondió con una sonrisa que los atrapó a ambos para el resto de sus vidas. Desde entonces fueron un trío inseparable.

Ella se mudó a un banco cercano a sus compañeros. Se sentía segura al lado de ellos, sabía que nadie más se atrevería a molestarla.

Así transcurrió todo el tiempo que duró la escuela elemental. Juntos estudiaban, juntos jugaban y juntos también, se peleaban.

Sophie acostumbraba a darle a Alex la razón en todo y a Pete le molestaba con frecuencia esta actitud, lo que los llevaba a discutir, y en algunas oportunidades, a que Pete atacara a Alex con una trompada en la nariz. Alex jamás dejó de defenderse.

Luego, Sophie se encargaba que todo volviera a la normalidad y los dos amigos se estrecharan las manos.

Y nuevamente volvían a ser el trío inseparable.

Los padres de Alex, durante el período vacacional, iban todos los años a visitar a John a Barcelona. La casa de ellos era muy amplia y albergaba a toda la familia con comodidad. Como vivían muy cerca del mar podían disfrutarlo sin inconvenientes. Tanto Alex como Bob estaban encantados de ir para allá.

El hijo de John, Joao, era mayor que ellos pero no tenía inconveniente en compartir las salidas a la playa. Era un muchachito algo extraño, ligeramente introvertido, que vestía según los ojos de ambos, muy raro. Pero la diferencia de edad existente les permitía a los tres tener cierta independencia de los padres y eso les gustaba a los dos.

En cambio, cuando John venía a Inglaterra optaba por alojarse en casa de sus padres, debido a que tenían mejor disponibilidad de espacio. Como la casa de ellos estaba muy cerca solían encontrarse con Joao.

Los padres de Pete solían ir a las playas cercanas de Inglaterra y algunos fines de semanas, a veces el padre de Alex y otras el de Sophie, invitados por ellos, alcanzaban a ambos hasta el lugar donde estaban, y los tres podían de esa forma seguir estando juntos.

Los padres de Sophie odiaban salir de vacaciones. Consideraban que el agua del mar que rodea Inglaterra era muy fría y a ninguno les gustaba estar tirado en la arena, sobre todo en un clima tan inestable, donde con frecuencia había que escapar de alguna lluvia. Tampoco les gustaba viajar.

Optaban por pasar las vacaciones recostados en las cómodas reposeras reclinables que tenían en su jardín y disfrutar de la pileta que pese a ser inflable, medía algo más de tres metros y tenía casi un metro de profundidad, lo que les permitía disfrutarla dándose un buen chapuzón. Tenían además un cómodo gazebo con una amplia mesa y sillas para protegerse del sol. Allí solían desayunar, almorzar y merendar. Por supuesto no faltaba la clásica barbecue, donde solían preparar las más ricas hamburguesas, según decían los niños.

Alex y Pete venían a diario cuando no se encontraban de vacaciones con sus padres.

Sophie era hija única y a sus padres les gustaba ver como jugaban bajo sus atentas miradas. Muchas veces habían comentado que les hubiese gustado más que ella tuviera amigas mujeres también, pero el trío no aceptaba interferencias.

Algunas veces les pedían permiso a sus padres para traer a Joao cuando estaba de visita, esta era la única excepción que aceptaban.

De esa forma transcurrió todo el período de la escuela elemental.

Cuando comenzaron el instituto ya era bastante evidente la preferencia que Sophie tenía por Alex.

Desde entonces, Pete se acostumbró a aceptarla. Él ya sabía que amaba con toda su alma a esa muchachita, pero que nunca sería correspondido.

Ni Sophie ni Alex tuvieron conciencia nunca de ese sentimiento.

De todas maneras eso no alteró la unidad del trío.

Una tarde en que Pete había faltado a clase porque estaba engripado, cuando volvían a sus casas a la salida de clases, Alex aprovechó la situación. Hacía mucho tiempo que estaba esperando una oportunidad así y nunca se presentaba.

Le dijo a Sophie que fueran por el parque en lugar de hacer el camino de siempre. -Tengo ganas de tomar un poco de aire fresco- le dijo.

Sophie aceptó con una sonrisa picaresca, haciéndole entender a Alex que ella también estaba de acuerdo en lo que iba a suceder.

Ya en el parque la invitó a sentarse en el banco.

Sophie aceptaba todo feliz, esperando el desenlace que también ella esperaba.

Se besaron tímidamente la primera vez. Luego se miraron fijamente a los ojos y ya no dejaron de besarse, hasta que se dieron cuenta que estaba anocheciendo y que sus padres estarían preocupados porque no regresaban.

Riéndose con todas las fuerzas salieron corriendo rumbo a sus casas.

Alex la dejó en la puerta de la casa con un tímido beso en la mejilla. Temió que sus padres los vieran y no se animó a enfrentarse a esa situación. Todo era demasiado nuevo para él. Tenían entonces 15 años.

Se dirigió a la parada del bus y notó que ya había pasado el último.

Tuvo que llamar a su madre a que viniera a buscarlo.

En el auto, Alex le contó todo. Estaba tan excitado que necesitaba decirle a alguien la experiencia vivida. Kelly se alegró mucho. Apreciaba mucho a Sophie y le encantaba ver a su hijo tan feliz.

Cuando dos días después Pete se reintegró a clase, no necesitó que ninguno de los dos le contara nada. Ya era evidente que la relación entre ambos había comenzado, y aunque Pete hacía mucho que sabía que iba a ocurrir, no pudo evitar una enorme tristeza que trató de disimular cuando les dijo que estaba muy feliz por los dos.

De todas formas el trío siguió imperturbable. La amistad no se había mellado por la relación.

Alex no podía quejarse. Tenía una buena vida.

No tenía problemas en el instituto. Planeaba seguir los estudios de mecánico de aviación. Tenía una novia maravillosa y bellísima además a la que quería mucho y se sentía correspondido de la misma forma desde hacía ya casi tres años. Un amigo estupendo e incondicional, y muchos amigos más, aunque no tan íntimos como Pete.

Una vida perfecta. –No- se dijo repetidas veces. -No tengo nada de que quejarme. Me gustaría que siguiera siempre así. Se que habrá muchos cambios cuando seamos adultos pero ojalá todo lo importante se mantenga sin alterar-.

Ya estaban cursando el último año del instituto.

Cuando este año llegara a su fin, cada uno iría por un camino distinto y esto los entristecía mucho.

Hacia tantos años que hacían todo juntos que no podían imaginar sus vidas, yendo por distintos caminos.

Pero los tres sabían que siempre iban a estar juntos. Pasara lo que pasara en la vida de cada uno.

Cuando terminó el año lectivo, junto a la algarabía de la graduación, se acrecentó aún más la tristeza de la separación.

Pete se iría a Exeter a estudiar. Desde muy pequeño había demostrado su interés por los casos judiciales. Siempre conseguía los extractos de los casos y fuera cual fuera la rama, civil, comercial o criminal, él los leía apasionadamente y las recordaba con una exactitud de datos asombrosa.

Exeter no estaba lejos de allí, poco menos de una hora de auto, pero sabían que solo se verían los fines de semana.

Sophie todavía no había decidido que quería seguir estudiando. Le gustaba mucho la docencia, pero no tenia elegida una rama específica.

Alex iría a la escuela de aviación de Bridgwater, y aunque tampoco estaba muy lejos de allí, algo menos que Exeter, debía concurrir a diario a clases, con lo que sumado al tiempo de viaje, aunque ya su padre le había comprado el Mini Cooper, no le dejaría mucho tiempo libre para Sophie, comparado con el que había dispuesto hasta ese momento.

Los tres sentían como si la distancia quisiera interponerse en su amistad.

-Jamás lo logrará- habían dicho en una oportunidad, cuando mencionaron el tema. -Jamás lo logrará! -Habían respondido casi al mismo tiempo con énfasis. Eso lo sabían los tres. Estaban muy seguros de que así sería.

Ese verano tratarían de vivirlo con gran intensidad los tres juntos sintiéndose más inseparables que nunca.

Habían estado pensando durante los últimos meses pasar ese verano en Weston-Super -Mare.

Los tres decidieron conseguir un trabajo temporario como camareros para disponer de algo de dinero propio, y consideraron que Weston era el lugar apropiado. Estaba cerca de sus casas. Poco más de media hora de auto.

Era un lugar turístico con importante movimiento de gente durante el verano, y sabían que no era difícil conseguir esa clase de trabajo. Lo eligieron pensando en que era un trabajo que les permitiría sumar a la paga mensual el dinero obtenido por las propinas, y eso a su edad, tuvo mucha ingerencia a la hora de elegir. Además lo veían divertido.

Alquilaron un pequeño departamento. No querían tener que viajar diariamente, prefirieron quedarse en el lugar, y aprovechar el tiempo libre como si estuvieran de vacaciones.

Disfrutaron de la playa, de los paseos por la arena, del sol, aunque no lo veían con demasiada frecuencia, porque el sol no es muy poco generoso en Inglaterra.

Los tres trabajaban en distintos lugares, pero los turnos de salida casi siempre coincidían, puesto que cada lugar cerraba cuando no había más clientes y eso ocurría en todos los lugares aproximadamente a la misma hora. Si alguno terminaba primero, iba a buscar al otro y lo esperaba hasta que terminara su trabajo, haciéndose servir por su amigo una cerveza, y en broma le dejaba una propina. Su amigo la tomaba, la miraba con desprecio y se reía diciendo que era una propina bastante miserable. Lo hacía en voz alta y los pocos clientes que quedaban volvían sus cabezas para observar la escena. Y ellos disfrutaban de su actuación.

Luego cuando todos terminaban de trabajar se iban a tomar cerveza a la playa. Ya no había bares abiertos pero ellos siempre tenían un acopio importante en su poder. Empezaban con una a la que luego le seguía otra y otra, hasta terminar bastante mareados, mientras bailaban descalzos en la playa mientras tarareaban sus canciones preferidas. Si bien el clima generalmente no era muy apropiado a ellos no les importaba demasiado. Las cervezas y el baile hacían que no sintieran el viento aunque muchas veces soplara con intensidad.

Y muchas veces se quedaban en la playa y, sin dormir se iban a trabajar. Otras, se quedaban dormidos en la playa exhaustos de tanto bailar, hasta que la luz del día despertaba a uno de ellos quien se encargaba de despertar a los demás para ir todos juntos al departamento y otras, salían corriendo pues una brusca lluvia los empapaba de repente.

Hicieron el clásico juramento de los adolescentes de ser como los tres mosqueteros, siempre ayudándose los unos a los otros y no separándose jamás.

De esta forma transcurrió todo ese verano. Fue un verano donde por primera vez los tres habían aprendido lo que era trabajar. E independiente de esto, lo habían vivido muy bien. Hasta el trabajo por intenso que a veces les pareciera, lo habían tomado como parte de las vacaciones puesto que les permitía charlar y hacer chistes con los clientes.

Cuando volvieron faltaban muy pocos días para que comenzaran las clases y por ende que sus vidas tomaran distintos rumbos.

Sophie seguía sin decidir que hacer. Por mucho que lo pensara no encontraba nada que realmente la apasionara como para pensar en dedicarse el resto de su vida.

Optó por buscar trabajo y darse un año para pensar a que se dedicaría.

Pete se marchó a Exeter, quería conseguir los programas de estudio y los horarios de las clases.

También quería ver si podía conseguir un trabajo part time que le permitiera manejarse con sus gastos.

Para pagar la universidad ya había conseguido su crédito de estudiante.

Alex no tenía nada para hacer pues ya se había anotado en el colegio hacía un tiempo.


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