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Unamuno, agitador de espíritus

23/07/2010 11:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"Yo aprendí en sus doctrinas y en el alto y noble ejemplo de su conducta, mi fortaleza espiritual y la concepción moral que tengo de la vida. La grandeza de su alma no pudo remitir este período tristísimo de nuestra historia. Dios le libró de las pesadumbres y de las angustias que le ocasionaron los hombres, llevándolo con vuestra santa y buena madre a la mansión de los justos".Filiberto Villalobos, desde la cárcel, ante la muerte de Unamuno.

La biografía que han escrito Colette y Jean-Claude Rabaté sobre Miguel de Unamuno es recomendable para todos aquellos que quieran tener un referente en nuestro pensamiento basado en la "libertad" de conciencia.

Unamuno es uno de los escritores más lúcidos y más hondos, y a la vez más independientes, pero con un común denominador: buscaba la verdad, la verdad desnuda, y la buscaba "dentro de sí mismo".

Y ahí nació un conflicto, que sigue vigente aún en nuestra España como lo estaba en "su" España: la relación entre la "libertad individual" y la libertad entendida desde el poder, cualquier poder. Dónde empiezan y dónde acaban esas relaciones ha sido motivo de fricciones durante mucho tiempo, y parece que no lo tenemos muy claro hoy día.

Unamuno tenía un "mundo interior" muy proceloso, fruto de sus muchas preguntas interiores, de tipo moral y espiritual; preguntas sobre Dios, sobre la religión, sobre la libertad, sobre la angustia interior, sobre el mal, etc... Preguntas legítimas que nos hacemos todas las personas y que, por nacer en la conciencia, no se pueden ni imponer ni resolver desde un ámbito distinto de la conciencia individual.

De ahí su continuo enfrentamiento con los distintos poderes, incapaces de entender ese mundo interior y rico de Unamuno: sus dudas, sus inquietudes, sus sensibilidades, su amor por su familia, por los pobres, su revolverse contra las injusticias; Unamuno vivía en "guerra" consigo mismo pues el "mundo" que le rodeaba no era, desde luego, el mejor de los posibles; eso hacía que el "aforismo evangélico" de "no he venido a traer a traer la paz sino la guerra" fuese para él un acicate interior que le movía a estar inquieto.

Su mundo fue el de la libertad y más en concreto el de la "libertad individual": "buscad el reino de la libertad, de la libertad individual, y el resto se os dará por añadidura". Su limpio y sincero interior proceloso estaba en ebullición y le hacía, en cada momento, enfrentarse con un "poder" diferente aunque la nota común de todos ellos era acabar o controlar la conciencia.

Su "guerra" era interior, la que tenemos todos los hombres a nivel de dudas existenciales, de inquietudes morales, de hambres espirituales. El hombre ha nacido para "ser inquieto", para preguntarse cosas.

Ese hombre "hierático", que está al margen de los problemas del "mundo", ese hombre "estoico" que ve a los hombres que tienen inquietudes como si fuera seres inferiores, ha sido un hombre "teórico", que no ha existido nunca, ni siquiera en aquellos que lo han defendido: es una "proyección" de ciertos sentimientos que el hombre tiene de paz, de armonía, etc... y que precisamente por querer imponerlos a otros, ha traído más problemas sociales.

Unamuno parte de un "hombre" angustioso, con problemas, un hombre cristiano, un hombre doliente, que es el hombre "real", el hombre que existe en la realidad, que es el mundo en que vivimos, no el mundo que soñamos. Los cambios sentimentales que ese hombre tiene, o pueda tener, han de ser respetados. Y no se puede imponer, desde el "poder", del tipo que fuere, un hombre "ideal" que no sufre ni se pregunta por nada; ese hombre sería un hombre de "cera", un hombre de "piedra", un hombre "eterno"; pero el hombre de Unamuno es un hombre de carne y hueso, un hombre temporal, sufriente, doliente. Y ese "hombre", precisamente porque es real, ha de ser respetado.

Unamuno no era contradictorio, como se le acusó, sino que vivía su angustia interior y quería ser respetado por ello. Los contradictorios fueron los "poderes" que le dieron y le quitaron sus honores, tanto la "República" como los "sublevados". Pero él, Unamuno, estaba por encima de todos ellos; puesto que si esos poderes no "representaban" a la sociedad española, menos aún representaban "sus" sentimientos y angustias interiores de los hombres "reales". No sé si el "único real" era Unamuno, pero sí el único con una limpieza de corazón que podamos imitar a nivel de independencia en su conciencia.

Recomiendo vivamente esta biografía, aunque más aún recomiendo sus obras, que no son espejo de su alma, sino que son que su "misma alma". La frescura de sus líneas son un abrevadero para apagar nuestra sed de libertad individual, pues él sigue siendo un buen nutriente, "alma", para nuestro espíritu.

Él decía, citando al profeta Daniel, que los "libros son para comérselos": ¡qué mejor metáfora para que sus obras nos sirvan de alimento!

Antonio Fidalgo

Secretario de cultura del CDS

Criterio Liberal. Diario de opinión Libre.

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