
LA VENGANZA DE DIANA DE AMBOISE
Estaba acurrucada, escondida bajo los faldones de una mesa camilla, cuando acaeció el despiadado asalto de los dos oficiales alemanes. A su padre le descerrajó un disparo por la espalda el que tenía el semblante de orangután, antes de que pudiera alcanzar la puerta y salir a buscar ayuda.
Su hermano Mateo corrió idéntica suerte. El embrutecido atacante, bajito, de rasgos simiescos, no sintió la menor conmiseración por el niño de poco más de 10 años que había buscado refugio en el armario trastero de la cocina.
Diana nunca olvidaría el monocorde y macabro “mugido” de los reventados muelles del somier mientras el asaltante de los ojos azules y la pavorosa cicatriz en la mejilla derecha violaba a su madre.
La metálica sinfonía, cadenciosa, rítmica, ahogada como un chillido reprimido, como de saltimbanqui brincando sobre un lecho de chinchetas, se había incrustado en su mente y nadaba hacia la superficie cuando arreciaban las pesadillas.
Madeleine estaba ingresada en el pabellón psiquiátrico del hospital Jacques-Coeur en Bourges. Aunque su cuerpo había sobrevivido a la vejación repugnante, su mente feneció aquel día aciago de Agosto de 1943, incapaz de asumir la pérdida del pequeño Mateo y de su marido, el duque de Amboise.
Su madre ocupaba ahora la simbólica guarida bajo los faldones verdes de la mesa camilla de la antigua residencia palaciega en Orleáns.
Ni siquiera la reconocía cuando iba a visitarla. Madeleine se comunicaba exclusivamente por medio de un galimatías de bufidos y gorgoteos balbucientes, acompañados de una mirada siniestra que pareciera buscar la salida de un laberinto de pesadillas. Veintiséis años después, aquella apocada niña medrosa se había convertido en una mujer valerosa y amarrada a un destino proceloso:
Se había convertido en la duquesa de Amboise y esposa del duque de Touraine, Laurent Bernaud.
No le amaba realmente. No del modo febril y desasosegante que arrebata el sueño y se lleva el corazón a las cumbres de la Luna para recitarle odas de amor enardecido.
Diana, en todo caso, le amaba con egoísmo y artificio, del mismo modo que se ama a un amigo cercano en quien te puedes apoyar cuando todo se derrumba…
Ante todo, Laurent tenía los contactos e influencias necesarias para llegar hasta su objetivo final, acariciado en sueños febriles durante más de dos décadas: encontrar a su acérrimo enemigo, el teniente coronel Manfred Schüster.
Su leal acólito entonces, veintiséis años atrás, Herman Klaussmann, estaba en una silla de ruedas, tetrapléjico. Una espeluznante caída por una escalinata de más de 30 peldaños le había convertido en un ser vegetativo. Renato Castiglione se había encargado de brindarle el “accidental” empellón hacia el miserable vacío de su vida actual.
Uno menos, pensó dichosa Diana cuando recibió la confirmación del encargo que le había hecho a su eficiente sayón en Palermo.
Manfred, sin embargo, era asunto exclusivamente suyo. El violador de su madre tenía una cita con la muerte. Cegado por la lujuria, le confundiría su rostro hermoso y dulce... su mirada almibarada y angelical, el tono dorado de su cabello rubio y corto…
Ese sátiro salaz no reconocería la faz de la muerte en la concupiscente beldad, sumisa y complaciente, de líquida mirada azul y labios turgentes de frambuesa. A sus pies habían caído rendidos decenas de amantes prescindibles que le habían reportado vagos placeres y una fuente inagotable de información necesaria para encontrar a Manfred.
Su esposo, ignorante de sus intencionados escarceos amorosos, obtuso a la crueldad germinada durante años en su corazón, le había informado de que debían asistir esa misma tarde a otra de tantas tediosas reuniones con personajes hueros de la alta sociedad francesa.
Había llegado el momento de mover sus piezas hacia las casillas de ataque…
Apasionante, morbosa, redentora, así se presentaba la tarde. Sería peligroso, pero ante todo, sería un bálsamo lenitivo que erradicaría finalmente el trasiego infernal de sus pesadillas. Acallaría por fin el soniquete pertinaz de los muelles de un somier, aporreados sin descanso por el peso formidable del oficial alemán…
Sería una locura premeditada, alevosa, arriesgada e imprudente asistir aquella tarde de Septiembre al Château de Valençay.
El fascinante castillo, construido en 1510 y heredado tres siglos después por un ministro de Napoleón, Charles Maurice de Talleyrand-Perigord, acogería entre sus esplendorosos jardines ornamentales a un grueso “pelotón” humano de más de 200 invitados.
La familia Talleyrand había tenido la diligencia y consideración de incluir en ese amorfo cómputo humano al teniente coronel Schüster.
La anómala petición, formulada por el ignorante duque de Touraine, manipulado con argucias y carantoñas falaces por Diana, sorprendió notablemente al egregio clan. Finalmente aceptaron la sugerencia, engañados por el romanticismo épico de una gran perfidia.
El embuste narraba una leyenda vinculada a la presunta amistad entre el padre de Diana y el oficial alemán.
Diana le había exigido a su marido, con ruegos y arrumacos bordados de hipnotismo, que ocultara su verdadera identidad, ya que pretendía sorprender a Manfred con un encuentro inesperado.
Quería que cayera en su alambicada telaraña de patrañas. Confiado y servicial, expedito de sospecha, entregado sin reservas, acudiría a su cita con el filo de una guadaña.
El teniente coronel acudiría intrigado con el afán y desespero de quien con tanto afán y desespero había concertado aquel encuentro clandestino: “… la hija de un amigo suyo de la infancia… una mujer de facciones ignotas, que prefería postergar el secreto de su nombre hasta el crucial “cara a cara”…
Manfred no podría resistirse al influjo zalamero de un desafío tan prometedor…
Embaucar con su ponzoña a la familia Talleyrand y al incauto de Laurent no era ni de lejos el ardid más reprobable que Diana había ejecutado en toda su vida.
El arduo sendero hacia la culminación de su venganza estaba jalonado de perfidia e inverecundia, estupro, infidelidad conyugal, manipulación, pagos clandestinos, persecuciones detectivescas…
La corona de oro que cubriría la montaña de inmundicia que había levantado en torno a Manfred Schüster quedaría dispuesta aquella misma tarde, cuando el oficial alemán pagara con su vida el daño irreparable que le había causado a su familia y a ella misma…
Le recordaba mucho más apuesto y viril; una muralla de “hormigón”, de torva mirada azul y ademanes marciales. Diana había memorizado algunos datos imprescindibles para extender la red que caería sobre Manfred como una telaraña inexpugnable.
Había recabado información suficiente como para no cometer errores e interpretar a la perfección el papel de Steffi, la hija del almirante Karlhaussen. Diana se había informado bien. Por ello, tenía pleno conocimiento de la gran amistad que le uniera a Manfred 10 años antes de que falleciera a causa de una embolia cerebral.
Allí estaba su enemigo, departiendo con la oronda y septuagenaria baronesa Chenonceau, como un hombre íntegro y probo. Había ganado mucho peso y parte de su recio pelaje rubio se le había caído.
Manfred estaba más arrugado y su faz, colorada como el reluciente carmesí de un semáforo.
Fingió Diana que no le bullía la bilis mientras se aproximaba a la dicharachera pareja. Le temblaban las piernas. Era un momento crucial, mágico, el epítome de un sueño postergado durante demasiados años. Había recorrido un sendero espinoso y anfractuoso, perlado de espinas amargas, para encontrar a aquel engendro demoníaco de modales marciales y presunción civilizada.
PRIMERA PARTE…
Autor: Victor Virgós (627 noticias)
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