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Cuando los versos son agua, madera y roca: San Saturio, en Soria.

10/04/2012 18:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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San Saturio y el Duero. Fotografía de Dafne Calvo.

La ermita de San Saturio, del siglo XVII, es una de las atracciones obligadas de visita turística en la ciudad de Soria y un lugar donde la mímesis entre arquitectura y naturaleza eclipsan la piedra que las une en un atractivo sólo a nivel del paisaje que las enmarca. A diez minutos del centro ciudad, el visitante puede llegar hasta los pies del monumento en coche por una carreta estrecha pero perfectamente asfaltada, si bien es mucho más recomendable aparcar a los pies del Camino de San Saturio y disfrutar del paisaje que regala la provincia de Soria.

A la derecha unas sobrias cruces de piedra guían hacia la entrada, mientras que un puñado de senderos llaman a los pies del caminante a perderse entre las encinas de un monte típicamente castellano. A la izquierda queda el río Duero sereno y sobrio, arrastrando las primeras lluvias del año, mientras en su fondo guarda los versos del poeta que dejó su tinta y huella en Soria, Antonio Machado.

‘Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas’.

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La ermita. Fotografía de Dafne Calvo.

Cuenta la tradición que Saturio fue un noble soriano del siglo VI, que decidió marcharse a vivir en unas cuevas cercanas al Duero, tras repartir su patrimonio entre los más pobres. La acción del noble no se perdió en la historia, y su recuerdo se hizo materia mil años después, cuando en el siglo XVI se encontraron sus restos y se construyó un templo en su honor, además de ser nombrado patrón de la ciudad.

Desde el exterior, la arquitectura del edificio barroco sigue el modelo de arquetípico de ermita, con una estructura asentada sobre el paisaje natural, formas austeras, ventanas mínimas y parcas tejas. Toda idea a priori acaba con los primeros pasos del visitante al cruzar la puerta de entrada. El acceso a la ermita es una cueva, la de San Prudencio, discípulo del nombre ermitaño que llegaría a ser obispo de Tarazona.

La inevitable mediatización turística del lugar aminora, pero no destruye, la magia del lugar, donde la piedra parecer haber dejado su espacio a la devoción y el voto. El juego de luces y sombras entre las rocas crea una penumbra de voluntad y reposo. Sólo al fondo quedan los colores de una vidriera suavemente ilumanda, y que narra una escena en la que San Prudencio recoge las enseñanzas de su maestro.

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Vidriera en la cueva. Fotografía de Dafne Calvo.

La cueva es precedida por la Sala de los Heros, decorada solamente por pequeñas vidrieras verdes, una efigie del santo. La habitación es rodeada por jarrones sobre la balconada, donde celebraba sus juntas los miembros del Cabildo de los Heros, una especie de tribunal de las Aguas o hermandad de carácter agrícola.

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Varias escaleras más arriba se encuentra de nuevo la abrupta construcción de la naturaleza como autor, la cueva recoge la Capilla de San Miguel, donde San Prudencio enterró a San Saturio, representado por un ángel de madera policromada.

El siguiente punto del recorrido es caso por unanimidad el favorito por aquellos quienes visitan la ermita. Se trata del dormitorio del santero, cuya figura se ha perdido en la actualidad. Se trataba de un cargo fuertemente vinculado a la religión (y de hecho vestía con un sayal similar al del fraile), que se dedicaba a cuidar la ermita, un cargo que implicaba la vida en la propia ermita, apartado de la sociedad.

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El dormitorio del Santero. Fotografía de Dafne Calvo.

La sala, pequeña y humilde, ilustra la vida de aquellos quienes vivían en San Saturio, cuyo día a día fue descrito por Gaya Nuño en su libro El santero de San Saturio como un espacio donde el aire es un amigo leal y el tiempo es de estudio, lectura y contemplación.

La Sala del Ayuntamiento y la Sala de los Canónigos datan del siglo XVIII tienen como el mejor de sus elementos las ventanas, desde donde se contempla la inmensa rivera del Duero. Quedan ya sólo dos salas, la Sacritía y la Capilla.

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Sacrístía. Fotografía de Dafne Calvo.

La Sacristía es ocupada por un altar barroco donde antes se levantaba el altar documentado del siglo XVIII como ‘camarín del Santo Cristo’. Le sigue la Capilla, de planta octogonal, cuya bóveda narra en los frescos de Juan Zapata Ferrer la vida de San Saturio, incluido aquel milagro en el que ermitaño dejaba su capa sobre del río Duero, a través de la cual pasó el discípulo, sin mojarse. Al fondo, la capilla guarda los restos del santo.

Una vez fuera de la ermita, en su punto más alto, y cuando la visita parce finalizada, el paisaje crea el postre, el último mordisco de belleza al atardecer, donde os rayos del sol esquivan las ramas de los álamos, para acabar hundidos bajo las aguas del río donde siguen reposando los versos de Machado:

‘He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria —barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—’.

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Escalera de descenso. Fotografía de Dafne Calvo.


Sobre esta noticia

Autor:
Rutacuarentaydos (1532 noticias)
Fuente:
ruta42.es
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3686
Tipo:
Reportaje
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