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Vidas humanas, la tía paz

15/07/2010 19:22 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las campanas de Villafruel repiquetearon furiosas aquel día, rompiendo el dilatado silencio que habitualmente asolaba al pueblo

Eran aproximadamente las tres de la tarde, hora del rosario, cuando todas las mujeres se dirigían a la vieja Iglesia a recitar sus plegarias, alzar sus oraciones y pedir cumplimiento de sus más recónditos deseos

En una de las casas del pueblo, una con fachada de cal, ladrillo y portalón verde, nacía ajena a este tumulto una pequeña niña a la que llamarían Carmina, la octava y última hija de la Tía Paz, nuestra heroína. Fue un parto sin complicaciones, al igual que los otros siete. Paz se sentía tranquila, haciendo honor a su propio nombre, ya que tenía en casa a la mejor comadrona que una podía desear: su madre. El nacimiento de su última hija iluminó el resplandeciente rostro de una mujer cansada, que pese a no tener mucho que ofrecerla sabía que aquella niña sería tan feliz como lo habían sido el resto de sus hermanos. Se hacía latente el dicho de que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Un niño solo necesitaba amor y de eso Paz tenía para dar y regalar.

La vida transcurría sin grandes lujos en Villafruel, aunque todo era relativamente fácil gracias a la Tía Paz, esa mujer regordeta cuya reminiscencia produce en mí una mezcla de tranquilidad y admiración, una breve pausa de serenidad y sabiduría. Su sonrisa iluminaba aquel pueblo sombrío y enterrado, cuyo cielo es el filtro que intimida el alegre retintineo del sol. Mi recuerdo es el de una mujer ya anciana: las arrugas describían sutiles caminos en su cara, sus pequeños ojuelos guardaban la picardía de su juventud y su voz grave se suavizaba con sus historias, con las aventuras y andanzas que ella misma te contaba mientras asomaba por su cara un breve destello de melancolía y tristeza bien disimuladas.

La vida de Paz fue la de una superviviente, que a lo largo de sus 97 años vivió en sus propias carnes el lastre de varias guerras. Pero la contienda más difícil que tuvo que ganar Paz fue la de criar a sus ocho hijos prácticamente sola, ya que su marido murió pronto. Contó con el apoyo de su hermano y su madre, pero fue ella la que tuvo que desplazarse en burro treinta kilómetros de distancia una vez por semana, para vender frejoles y garbanzos en el mercado de Guardo. Además, la casa de Paz se convertía en la cantina del pueblo y acogía a todo aquel que quisiera pasar un buen rato con sus chistes y algarabía. A todos los frecuentadores de sus pócimas, esos guisos en los que, literalmente, Paz daba gato por liebre, la mujer solía decirles: “Dios da la llaga pero también el remedio”. Era Paz una mujer de refranes, algunos inventados por ella misma a medida que la vida iba moldeando su sabiduría y el paso del tiempo iba haciendo de ella una especie de gurú. Fue, desde luego, una mujer que se hizo a sí misma y cuyo carácter logró hacer de las grandes adversidades pequeños obstáculos pasajeros.

Esta breve reseña a la vida de la Tía Paz, que murió consciente siempre del mundo que la rodeaba y feliz con tan sólo echar una partida de cartas, no tiene ninguna pretensión más allá de recordar por un momento a esta heroína de pueblo. Una de tantas heroínas que poblaron aquella España profunda que tan lejos parece quedar hoy de nuestras vidas. He visto en su historia un maravilloso elenco de pequeños detalles, que son los que convierten una pequeña historia en una aventura digna de mencionar.


Sobre esta noticia

Autor:
Aisbel Pelaez Vega (3 noticias)
Visitas:
96
Tipo:
Opinión
Licencia:
Distribución gratuita
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