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Un virus que no se lo deseo ni a mi peor enemigo

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29/10/2021 05:57 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A propósito de mi experiencia al verme afectado por el SARS-CoV-2, que me mantuvo ingresado en la Unidad de Atención y Tratamiento de Personas Infectadas por este virus en el Hospital José María Cabral y Báez, quiero compartir una breve consideración basada en esta mal experiencia vivida.

Quiero empezar diciendo que me puse la primera dosis de Sinovac y se me había cumplido el tiempo para la segunda dosis, pero en ese lapso, lamentablemente se produjo mi afección que me llevó a una Unidad de Cuidados Intensivos. Nunca me opuse y siempre he creído en las vacunas.

Sin embargo, todas aquellas personas que se oponen a las vacunas contra el covid19 están cometiendo el "peor atentado terrorista y suicida por terquedad". Y lo digo porque un individuo que se infecte del coronavirus por negarse a vacunarse se convierte en un propagador de la enfermedad que llevaría a la muerte a decenas de individuos que desconocen que esté infectado. Un suicida, porque no tener la protección que da la vacuna es atentar contra su vida, alegando criterios y argumentos distorsionados, falsos y sin fundamento científico alguno.

Yo que pude vivir en carne propia los efectos devastadores del covid19 no se lo deseo ni a mi peor enemigo, pues me convertiría en un verdugo que llevaría a un sufrimiento lento y cruel generado por los efectos negativos de tan peligrosa enfermedad. Así es el coronavirus: un verdugo que te ataca lentamente y te lleva a una condición de sofocación como si te estuvieran estrangulando sin piedad y sin compasión ante la mirada de muchos, en este caso, el personal médico que te atiende.

Mis pulmones, corazón e intestino se vieron afectados gravemente hasta el punto de que a mi cuarto día de ingresado la tos, sofocación, dolores y diarrea se incrementaron y los medicamentos no querían hacer efecto sobre la enfermedad. Permanecí ese mismo tiempo sin poder dormir y pensaba que iba a colapsar a nivel cerebral. Los médicos al ver mi sofocación y estado delicado de salud me pidieron autorización para ser ingresado en UCI, cosa que cedí sin pensarlo ni un segundo.

Encima de todo esto, la crueldad del coronavirus se aumenta al ver como cada noche mueren dos y hasta tres personas infectadas al lado de uno, dejando una preocupación de si el próximo seré yo en la lista de los ingresados. Ver y escuchar el corre corre de los médicos y enfermeras yendo en el auxilio de un individuo que grita de dolor pulmonar y se sofoca aun teniendo el oxígeno puesto, aumenta la adrenalina y ansiedad en el paciente que no tiene de otra que aferrarse a alguna idea de esperanza que le calme la angustia de saber que podría morir en cualquier momento.

Otro elemento que se suma al tormento emocional es ver cada día ingresar a dos y tres personas prácticamente languideciendo en el lecho de una camilla porque la enfermedad se ha desarrollado en sus pulmones y otros órganos a un nivel preocupante.

No es fácil ver sufrir a muchos con mayor gravedad la enfermedad porque padecen de asma, problemas en los pulmones y hasta individuos que deben recibir diálisis, lo que hace más difícil el trabajo del personal de salud que los atiende. Tal es el caso de un paciente que luego de gastar un millón de pesos en una clínica privada, sus familiares no tuvieron de otra que ingresarlo en el hospital público porque prácticamente quedaron quebrados económicamente, pues el paciente sufre de asma y el virus no cede ante los medicamentos lo cual lo mantiene desde hace más de un mes en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital José María Cabral y Báez.

Tomando en cuenta estos detalles que pude percibir y experimentar, es una pena que profesionales, tal es el caso de médicos, ingenieros, abogados, periodistas, entre otros, mantengan la absurda idea de que el coronavirus no existe o al menos, que las vacunas son un fraude para atentar contra la humanidad.

Sin embargo, las cifras de ingresados y fallecidos por covid19 en estado delicadísimo es el mejor contra argumento de su irracionalidad. Pues los hechos hablan contundentemente de que no vacunarse es el motivo de que los centro privados y públicos de salud permanezcan abarrotados de pacientes infectados por la enfermedad.

Aunque es su deber y responsabilidad, debemos agradecer la pronta acción de las autoridades que al producirse la vacuna gestionaron para invertir millones de dólares de nuestros impuestos y poner a nuestra disposición el antídoto contra este flagelo que nos acecha a todos, sin importar el color, el lugar, el tiempo, la religión, el estatus social y económico. Y, aun así, somos descuidados o nos negamos a ponernos la vacuna.

He aprendido la lección de una forma muy negativa de la que pude salir gracias a Dios y la ciencia médica.

En vista de lo anterior, creo que es un acto de amor hacia uno mismo, la familia, amigos y vecinos con los que compartimos diariamente, el protegernos vacunándonos contra el covid19.


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