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De vuelta a la barbarie sindical

05/10/2010 16:12 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La huelga del pasado día 29 de septiembre nos demuestra fehacientemente que la izquierda española, y todos los progresistas de boquilla que pululan por ahí, han perdido el norte y se han reinstalado en el marxismo más arcaico y terrible de la égida bolchevique y estalinista. Como nuevos chequistas o talibanes trasplantados a España, se dedican nuevamente a ejercer la violencia y a estigmatizar a todos aquellos que se atreven a disentir, de manera atrevida, de lo que opinan las trasnochadas cúpulas sindicales y el Gobierno socialista. Quieren cerrar el paso a cuantos decididamente se empeñan en caminar por libre y no hacer caso a las recomendaciones emanadas de los aledaños del poder.

No se muy bien si pretenden devolvernos a los gloriosos umbrales de la filosofía griega, donde predominaba el mito que, en realidad, no es otra cosa que la fe del vulgo, época en la que prevalecía la credibilidad simplona y se aceptaba ciega e irreflexivamente todo lo que viniera del divino oráculo. Pues muchos de los acólitos de Zapatero parecen estar sumidos frecuentemente en estado de éxtasis frenético, como la pitia o la pitonisa de turno. O puede ser que quieran retrotraernos a tiempos más cercanos, aunque más aciagos y convulsos, como los de La Segunda República Española. En tiempos de esta República, sus homónimos políticos gozaban de patente de corso y, como buenos estalinistas, practicaban sin trabas el terror y la violencia más extrema e irracional.

Nos espera un futuro económico muy gris. Es más, con Zapatero en La Moncloa, apoyado por Cándido Méndez y Fernández Toxo, no hay futuro posible para los españoles. Llevamos ya siete años que, en vez de acercarnos, nos alejamos cada vez más del nivel de vida de los países más ricos de nuestro entorno. Ahora ya no competimos más que con aquellos países que, por su estilo de vida, se parecen mucho a los pueblos que llamamos tercermundistas. Y menos mal que ya hay muchos españoles que están abriendo los ojos y cerrando sus oídos a los cantos de sirena del neo socialismo que nos invade. La prueba la tenemos en la última manifestación en Madrid del 1 de mayo, a la que no asistieron ni todos los liberados sindicales de la capital, y en el resultado de la pasada huelga general del 29 de setiembre. Eran muchas las personas que, a pie de calle, renegaban de la huelga y de los piquetes que, con inusitada violencia, impedían a mucha gente desarrollar normalmente su actividad laboral.

Es evidente que la huelga general fue un tremendo fracaso para los sindicatos y para el Gobierno. Como era de esperar, todo quedó en un lamentable y deprimente espectáculo. Organizan esta mascarada prácticamente por entregas y de común acuerdo entre los sindicatos mayoritarios y el Gobierno. Tanto UGT como CC.OO., que han perdido totalmente su credibilidad por su apoyo irracional al Gobierno, pretenden recobrarla ahora paralizando al país con ese acto de fuerza. Con la huelga general, que financia el propio Gobierno, buscan desesperada, pero inútilmente lavar su cara ante esos trabajadores que cada vez les dan más la espalda. José Luis Rodríguez Zapatero quiere también aprovechar la circunstancia para simular ante los demás miembros de la Comunidad Europea que tiene graves problemas con los sindicatos por culpa de la Ley de Reforma Laboral aprobada.

Queda muy claro que, en esta aparente refriega, los sindicatos y el Gobierno han buscado siempre el empate, huyendo ambos de todo intento de hacerse sangre mutuamente. También es patente que, ni Cándido Méndez, ni Ignacio Fernández Toxo, han sido capaces de restañar sus heridas con los trabajadores, ya que en ningún momento han puesto fin a esa ya larga y absurda complicidad con la política económica del Gobierno, tan desastrosa para el mundo del trabajo. Las declaraciones de Rodríguez Zapatero, anunciando la continuidad del diálogo con los sindicatos y el beso que se dan después de la huelga María Teresa Fernández de la Vega y Cándido Méndez, lo confirman ampliamente. Hasta la posterior guerra de porcentajes entre Gobierno y Sindicatos se ha hecho con desgana y ha resultado totalmente irrelevante.

Conscientes los líderes sindicales de UGT y CC.OO. de su escaso predicamento ante el mundo laboral, y para no quedar con todas sus vergüenzas al aire, recurren al uso de la violencia. Se dejan llevar por su inveterado sectarismo ideológico y acuden sin remordimiento alguno al juego sucio sindical. Necesitaban apremiantemente paralizar Madrid y conseguir un seguimiento aceptable de la huelga. De ahí la utilización profusa de piquetes, llamados informativos, que no son más que un despreciable ejército de mastuerzos armados con toda clase de objetos contundentes, dispuestos a doblegar como sea la voluntad de los que querían trabajar. En todas las huelgas generales aparece ese vandalismo coactivo, que yo no sé por qué, pero forma parte de la idiosincrasia de los sindicatos de clase. Lo que sí es cierto que en ninguna otra huelga alcanzó un protagonismo tan alto y una extensión tan desmesurada como en esta.

Esta huelga pasará a la historia como la más violenta de todas. Con la ausencia de policía de todos los centros neurálgicos de transporte, se facilito considerablemente la labor coactiva de los piquetes. A pesar de la inusitada violencia desplegada por estos grupos vandálicos, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, se mantuvo constantemente al margen de la misma. Renunció voluntariamente al cumplimiento de su deber como ministro, dejando que se conculcara el derecho a trabajar de muchos ciudadanos, para no desagradar a los sindicatos. No quiso limitar la capacidad saboteadora de estos cafres violentos, para no desperdiciar futuros apoyos y mantener así intactas todas sus posibilidades de suceder al ya quemado presidente del Gobierno. Es la meta que, al parecer, se ha fijado últimamente. Le falta honestidad y le sobra ambición política.

José Luis Valladares Fernández

Criterio Liberal. Diario de opinión Libre.

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