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A vueltas con los sindicatos de clase

02/04/2010 01:05 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Autor: José Luis Valladares

Con la Revolución Industrial, que tuvo su origen en Inglaterra entre los años de 1776 y 1810, tienen lugar las mayores transformaciones sociales de la historia. El impacto económico que supuso esta revolución, dio al traste con la economía rudimentaria y de corte claramente familiar, practicada hasta entonces, para dar paso a otra mucho más pujante y en manos ya de una industria mucho más organizada.

A la vez que en Inglaterra se producía un éxodo masivo de campesinos hacia la ciudad para convertirse en obreros industriales, en Francia soplaban aires revolucionarios que traerían consigo transcendentales cambios sociales. Con la Revolución Francesa de 1789, desaparece la clase feudal, tan arraigada en Francia desde que fue institucionalizada por la Dinastía Carolingia. El espacio que deja vacío el feudalismo lo ocupa, de inmediato, una nueva casta social, la burguesía que, poco a poco, se transforma en clase dominante y adquiere rápidamente un gran poderío económico. La sustitución de feudalismo por capitalismo da lugar a un nuevo sistema económico, que se extiende rápidamente por toda Europa.

Con los obreros excedentes del campo que llegaban a las ciudades, se ponen en marcha las nuevas fábricas, dedicadas a la industria textil, a la siderurgia, a los transportes y a la minería. Desde un principio, y para que estas fábricas fueran plenamente rentables, comienza la producción en serie y la explotación descarada de los trabajadores. Como no había norma jurídica alguna que regulara esa actividad, los obreros tenían que trabajar, de sol a sol y sin garantía laboral alguna, por un simple salario de hambre.

Para luchar contra la avidez abusiva de los patronos y para tratar de mejorar su precaria situación laboral, los obreros comenzaron a formar asociaciones colectivas para reivindicar mejoras salariales y laborales. Y eso, a pesar de que, en aquella época, los movimientos asociativos eran ilegales y se perseguían rigurosamente y con la mayor dureza. A pesar de lo arriesgado que resultaba, dada la intrepidez y el coraje de los trabajadores, esas asociaciones terminaron por imponerse, dando lugar al movimiento obrero que, con el tiempo, fue perfeccionándose, convirtiéndose al final en lo que hoy entendemos por sindicatos.

Desde un principio, este movimiento obrero buscaba exclusivamente una retribución salarial más justa y unas condiciones de trabajo más dignas. Este movimiento obrero, con muchas carencias en sus primeros pasos, fue adquiriendo relevancia y cogiendo experiencia con la lucha solidaria de los trabajadores contra las duras condiciones laborales impuestas en un principio por los patronos. Estas asociaciones colectivas, en su lucha contra la injusticia manifiesta, fueron adoptando distintos modos a lo largo de la historia sindical. Los primeros modos, como el socialismo utópico y los cartistas, centraban todos sus esfuerzos en el mundo laboral.

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Los movimientos que fueron surgiendo después, a la lucha social incorporaban la lucha por el poder político. De estos, el más representativo era el socialismo que Marx y Engels definieron como científico. Y en este socialismo científico copiaron después todos los sindicatos de clase que aparecieron posteriormente. Todos ellos, incluidos CC.OO. y UGT, a pesar de los intereses puramente políticos, tuvieron siempre presente la defensa de los intereses laborales del obrero. Ante todo, la economía debía ser puesta al servicio de la mayoría.

Ahora se han cambiado las tornas. Desde que se produjo la conjunción planetaria del chico del talante y de la falsa sonrisa con las cúpulas actuales de CC.OO. y UGT, los sindicatos se olvidan de la defensa de los trabajadores para apoyar al Gobierno y, de paso, engrosar notablemente su cuenta corriente. A Zapatero le quema el dinero público, el dinero ese que "no es de nadie", según dijo una de sus antiguas ministras. Y como no es de nadie, el presidente del Ejecutivo, antes de que caliente en sus manos, procura buscarle dueño, dedicándolo a la compra inmediata de voluntades y en tener bien aprovisionado el pesebre gubernamental. Y las cúpulas sindicales citadas aprovechan muy bien esa mamandurria que les ofrece el Gobierno, pues las cuotas de los afiliados dan para muy poco.

Los sindicatos de clase se han beneficiado de un espectacular incremento de los recursos públicos desde que Zapatero llegó a la Moncloa. Las ayudas directas que CC.OO y UGT recibieron del Gobierno aumentaron en un nada despreciable 50%. Una de las partidas que más se dispararon, a pesar de la grave crisis que padecemos, fue la destinada a financiar la fundación de estos sindicatos que gestiona los sospechosos cursos de prevención de riesgos laborales. Para estos menesteres, estas organizaciones sindicales, solamente en el año 2009, recibieron de Administraciones Públicas la bonita cifra de 28.908.000 euros. Hay también, mediante Decreto del Consejo de Ministros, enjundiosas asignaciones a dedo para actividades complementarias, 455.000 euros para UGT y 330.000 a CC.OO.

Los silencios de Cándido Méndez y de Fernández Toxo y la denigrante paz social que ofertan al Gobierno están francamente bien pagados. Estos dos sindicalistas pasan obscenamente de los más de 5 millones de parados, debidos muchos de ellos a que los responsables políticos no han provisto medidas estructurales adecuadas para luchar contra la crisis. Tanto Méndez como Toxo no tienen el más mínimo respeto por su función institucional. Se olvidan de quienes se han quedado sin trabajo y caen en el ridículo de movilizarse para defender a un juez. Dedican todo su esfuerzo en la preparación de un acto público de "notable relevancia" para apoyar al juez Baltasar Garzón. Con tal fin, se dedican a recabar apoyos en los comités de empresa, en las universidades y en todos los ámbitos en los que aún conservan cierta influencia.

La miseria moral ha hecho mella en estas organizaciones y nunca, en su dilatada historia, habían caído tan abajo. Ya no merecen la calificación de sindicalistas.

Clases Medias Aragón

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