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Vuelve el “Tren Botijo”

18/05/2009 12:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Viajar en un expreso de los de hace treinta años constituía toda una aventura, un reto a lo desconocido. Sólo sabías la hora de partida, que sistemáticamente se incumplía, y el lugar de destino. Con el billete normal no había derecho a reserva ni nin

Viajar en un expreso de los de hace treinta años constituía toda una aventura, un reto a lo desconocido.

Sólo sabías la hora de partida, que sistemáticamente se incumplía, y el lugar de destino. Con el billete normal no había derecho a reserva ni ningún otro compromiso por parte de Renfe que no fuera llevarte al punto de llegada. ¿Cómo? ¿Cuándo? Ahhh...

En aquellos días rojos, en los que los estudiantes nos subíamos al tren para pasar las vacaciones en casa, la operación de subir al vagón suponía una batalla a empellones, siempre mirando de reojo por si el maquinista decidía arrancar y te dejaba en tierra.

La lotería de la vida deparaba que, en contadas ocasiones, encontrases un compartimiento con un asiento libre, entre el campesino empeñado en compartir contigo el bocadillo de costilla de cerdo y una señora entrada en kilos y muy preocupada por mantener las distancias, a pesar de lo apretado de la situación.

No eran viajes para remilgados. Frío glaciar en invierno (y el acalorado del asiento de al lado empeñado en abrir la ventanilla), calor de desmayo en verano y; en cualquier estación, un nauseabundo olor a pies, tabaco y colonia de urgencia.

A veces la aglomeración era tal que las maletas taponaban el servicio y el viajero en apuros se veía obligado a aliviarse en cualquier rincón, porque bajar en las estaciones presentaba el riesgo más que probable de perder el tren.

Los pasillos se convertían entonces en improvisados lugares de guateque, con casetes, guitarras, pan y chorizo. Hasta que venía la máxima autoridad, el revisor, esa persona que disponía de vidas y enseres por cuanto era capaz de salvar tu salud con un asiento libre cuatro o cinco vagones más adelante, y a la vez tenía poder para mandarte al pasillo porque tu asiento (precisamente el tuyo) estaba reservado por un señor con bigote y maletín de viajante.

En el tren era posible hacer amigos para toda la vida, a veces encontrabas una novia para unos cuantos años y hasta podías cambiar de religión si te dejabas engatusar por los profesionales del proselitismo que elegían la Renfe como escenario de sus conquistas espirituales.

Ahora Renfe ha dado un salto enorme hacia el futuro y los convoyes resultan rápidos, puntuales (dicen que España figura como segundo país más exacto, tras Japón), limpios y cómodos. Podríamos hablar de otro medio de transporte: se llama tren como el de entonces, pero no tiene nada que ver.

Eso sí. Renfe ha tomado la precaución de, en ese 'reino del futuro', reservar un lugar para que no se pierda del todo el pasado. La compañía ha elegido los TRD que ¿unen? Salamanca con Madrid para ese museo retrospectivo, con trenes lentos y tardones como los de antes. Unos cacharros que no llegan a los cien por hora de velocidad de crucero, que arden a la menor chispa y se averían en cuanto caen cuatro gotas. Unos convoyes que no llegan en punto ni aunque amenacen con

ahorcar a la tripulación.

Alguien pensará que las autoridades provinciales y locales de Salamanca deberían poner el grito en el cielo y patear en el culo al Ministerio de Fomento para que acabe con el agravio de los más de quinientos mil usuarios anuales de esta línea.

Pero no es así. Entre otras cosas, porque bastante tienen las autoridades locales y provinciales con mirar por su futuro. Les preocupa mucho más la gaviota que el

AVE. Si no exigen vuelos internacionales desde Matacán, ni protestan por la lentitud de las obras en las nuevas autovías, ¡cómo se van a ocupar de menudencias como los retrasos del TRD!

Así que señores al tren, y a rezar para que no llueva.


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Autor:
Juan Luján (3 noticias)
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Opinión
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