Y el 29 de septiembre, a trabajar
Madrugador, como tantos, y afortunado, viajaba yo en mi vehículo a trabajar, como cada mañana, cuando me llamó la atención la pegatina que portaba el coche que me precedía. Un pie rojo con un mensaje: “el 29, yo voy”. Y es que los españoles nos veremos sitiados tal día de esta semana por unas orbes sindicales de la subvención, chiringuitos, que si no sirven a los empleados, sí saben utilizarlos para su servicio. La contienda está pactada, y la imagen de España lo sufrirá, que esta jornada de falsa revolución, al estilo de las del siglo XIX, llamada huelga, garantizada por la Constitución, pero sin ley que la regule, habitual contradicción en nuestro país, no sólo no servirá para solucionar la crisis que padecemos, sino que supondrá un nuevo gasto innecesario para el Estado, las empresas y, cómo no, las familias. La huelga se ha planteado tarde y mal. Tarde, porque debió haberse convocado hace dos años, cuando la crisis arreciaba y nuestros políticos vivían a la sopa boba (algunos más que otros). Mal, porque hoy ya no esperamos nada de este gobierno, al que lo único que exigimos es la convocatoria de elecciones anticipadas para que sean los ciudadanos quienes forjen una alternativa a través de las urnas.
El próximo veintinueve de septiembre, muchos españoles nos levantaremos, como cada mañana de jornada laboral, entre las seis y las siete de la mañana, nos asearemos, tomaremos un café con alguna que otra galleta y marcharemos después a la oficina para cumplir con nuestro deber para con la familia, la empresa y, por ende, España, como es hacer frente a una jornada laboral. Esto si no nos vemos cercados y se nos coarta o amenaza, y gozamos de la suerte de no cruzarnos con uno de esos grupos llamados “piquetes informativos”. Los de la reparación de lunas pueden hacer su agosto ese día; los cerrajeros, también.
Estamos hasta el gorro de escuchar mensajes sensacionalistas en boca de Cándido, Toxo o Pajín, todos ellos ministros sin cartera, sindicalistas socialistas, miembros sumergidos de un gobierno cuyos brazos alcanzan ya la mayoría de los aspectos de nuestras vidas. Sólo saben llenarse la boca con las palabras “trabajadores y trabajadoras”. Sin embargo, trabajadores lo son tanto los asalariados, como los autónomos, como los empresarios. Que justamente quienes no “trabajan” se han dedicado durante estos treinta años de democracia a enfrentar a empleados y empleadores, en lugar de fomentar un acuerdo constructivo que sirva para convertir España en un mercado laboral moderno, donde los derechos y deberes de unos y de otros se puedan compaginar con respeto, y donde la contratación no suponga una sangría para los emprendedores, sino un valor añadido a su empresa. ¡Qué difícil es construir! ¡Qué sencillo destruir! Que si el proceso de desintegración ciudadana empieza por el sitio a las familias cristianas, a su integridad y a su independencia, no cabe pues esperar otra cosa que esclavitud, con sindicatos o sin ellos. Por ello esta quietud.
La libertad y el esfuerzo van de la mano. Y España requiere de un gobierno que abogue por la libertad y sume esfuerzos. A España le sobra una UGT o una CCOO que protejan a los vagos, vivan de las desgracias ajenas y creen conflictos donde no los hay. Rodiezmo simboliza la parábola de lo que acaece en nuestro país. Un icono del pasado lacra nuestro futuro. Así, pretenden reescribir la historia y recuperar políticas desfasadas, desarrollando un discurso contra el capitalismo. Cándido culpa a los “especuladores” de provocar esta crisis. Y resulta que no hay mayor capitalismo que el de Estado, cuando especula con nuestro futuro, nos acribilla a impuestos y nos impone una forma de ser y de vivir.
El miércoles se escribirá una nueva página de nuestra historia. Esta vez presenciaremos atónitos la celebración de una huelga general contra los empresarios y la oposición para que nuestro gobierno sindicalista gane un poco más de tiempo en su deriva. Y nada cambiará en España mientras sigamos consintiendo que las izquierdas institucionalizadas se nutran de nuestro trabajo. Así jamás lograremos hacer cierto aquel refrán que reza: “se trabaja para vivir, no se vive para trabajar”. Las sanguijuelas se nutrirán de nuestra sangre. Y es que alguien ha de costear toda esta desgraciada comedia; escrita para que, al final, siempre rían los mismos.
Paco Bono
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