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Yo oí blasfemar en un tribunal

18/09/2018 14:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Una filóloga investida de historiadora, María Elvira Roca, triunfa en las estanterías y en las tribunas defendiendo la tesis de que la leyenda negra (la de España) es un invento imperiófobo fruto de la envidia de países con imperios efímeros y pequeñitos, como Gran Bretaña u Holanda (lamento la simplificación, pero no soy historiador, ni siquiera filólogo), y que ahora que no hay nada que envidiar se mantiene porque la historia de esos países está construida en base a ese relato. La tesis principal ya la han rebatido aquí, pero en lo que se refiere a la secuela actual, la pervivencia de la leyenda negra, me temo que detalles como, en su momento, la dictadura franquista, o ahora lo de los raperos o lo de Willy Toledo no ayuda.

Además de no ser filólogo, ni historiador, tampoco soy jurista en ninguna de sus múltiples variantes, así que no puedo opinar sobre lo de Toledo más allá de obviedades como éstas: para que pase algo que repugna no ya a la normalidad judicial, ni a la democrática, sino a la normalidad pura y simple de que alguien tenga que afrontar un castigo por decir algo que dice una parte considerable de la población en circunstancias tan cotidianas como pegarse un martillazo en dedo tienen que darse tres condiciones: que alguien lo denuncie, que alguien haga caso a esa denuncia, y que haya unas leyes que permitan a los dos primeros abrigar una mínima esperanza de que la cosa prospere. Permítanme matizar: hace falta alguien lo suficientemente ocioso y lo suficientemente sectario (en el sentido prístino de la palabra) como para fisgar en facebooks ajenos, considerar ofensa un exabrupto más que habitual y denunciarlo pese a ser consciente de su gran contribución a airear exponencialmente la teórica ofensa. Es necesario el concurso de un juez con las mismas características antes citadas, y quizá con el plus de esperar subir puestos en un ranking no estrictamente profesional. Y desde luego es imprescindible una legislación de esas ambiguas, como las que inspiraron a Napoleón la frase "hay tantas leyes que uno no está seguro de no ser colgado" y a un ingente número de autoridades la amenaza: "mire que le aplico el reglamento...".

Echando un repaso a la historia de las ofensas a lo divino y su castigo ?a la espera de que María Elvira Roca de un vuelco al concepto de blasfemia tal y como lo conocíamos, llega con echar un ojo a la Wikipedia? se puede rastrear ya el importante papel que en tal delito jugó la delación y la subjetividad del delator. Enrique IV de Castilla determinó que el denunciado perdía la mitad de sus bienes en beneficio, a partir iguales, del denunciante y de la hacienda real. Los Reyes Católicos establecieron que si alguien escuchaba una blasfemia, podía él mismo conducir al relapso a la cárcel y el alcaide tenía la obligación de aceptarlo. También ampliaron el catálogo de irreverencias punibles y el reparto de las multas por proferirlas: un tercio para el delator, otro para el juez y el último para los pobres (sustituyan los maravedíes por cuota mediática y eliminen el tercio de los pobres y comprobarán que la cosa no ha cambiado mucho). La Inquisición ?ese tribunal que dictaba sentencias ajustadas a las leyes vigentes, que establecieron como probado que había mujeres que volaban en escobas y tenían trato carnal con el demonio? no se metió en el sector de la blasfemia hasta que el suyo tradicional, el de los herejes, empezó a flaquear. Y también amplió a delitos muchas opiniones que la mayoría de la gente consideraba normales, como la fornicación (la voluntaria y consentida entre dos adultos libres). Los condenados por opinar que fornicar no era pecado llegaron a ser uno de cada cinco a finales del XVI y uno de cada cuatro a comienzos del XVII.

Carlos III introdujo la blasfemia en las ordenanzas militares ?"el que blasfemare el santo nombre de Dios, de la Virgen, o de los santos, será inmediatamente preso, y castigado por la primera vez con la afrenta de ponerle una mordaza dentro del cuartel por el término de dos horas por la mañana y dos por la tarde, en ocho días seguidos, atándole a un poste, y si reincidiese en esta culpa, se le atravesará irremisiblemente la lengua con un hierro caliente por mano del verdugo, y se le arrojará ignominiosamente del regimiento"? lo que debió de ayudar a convertir los cuarteles en los primeros brotes de la Asociación Española de Palabra Culta y Buenas Costumbres. El código penal de 1822 rebajó la posible pena a entre 15 días y tres meses de prisión, y la reforma de 1850 lo dejó en simple falta. Y además ya había quien se quejaba de que los jueces no aplicaban ni uno ni otro.

Yo, por ejemplo, fui testigo presencial de uno de esos casos de desidia (mucho más tardío, claro). No por parte de un juez, ni de dos, sino de todo un tribunal de altos magistrados, rodeados de abogados sin cuento, que no solo no movieron un dedo, sino que fueron ellos ?uno de ellos, en concreto, pero a los demás ni se les movió la toga? los promotores. Corría el año del señor de 1989, y en el Tribunal Superior de Justicia de Galicia se juzgaba a Xosé Luis Barreiro Rivas, en su día hombre fuerte de AP en Galicia y vicepresidente del primer Gobierno de la Xunta que tuvo el partido. Barreiro había promovido una moción de censura contra su teórico y oficial jefe de filas. En lo que en su día Vázquez Montalbán llamó "uno de los ajustes de cuentas más taimados que ha presenciado la transición española", el partido (comandado por su sucesor en la vicepresidencia, Mariano Rajoy) lo había denunciado por prevaricación por haber adjudicado desde la consejería de Presidencia, que también ocupaba, una concesión de lotería rápida a una empresa que todavía no estaba constituida. En la sesión final prestaba declaración precisamente su sucesor en ese departamento, Manuel Ángel Villanueva Cendón, que había sido quien, después de varios meses revolviendo en archivos, armarios y cajones, había logrado encontrar el primer expediente de la concesión.

El caso es que el abogado defensor de Barreiro, non sé con qué intención, pero creo que buena no, le preguntó qué había dicho cuando encontró el documento. "Llevé una sorpresa muy grande, tanto que se me escapó una expresión...", contestó el conselleiro de Presidencia. "¿Qué expresión?", insistió el letrado. "Bien, una algo fuerte", se retorció, piadoso, Villanueva Cendón. "¿Cuál?" no perdonó el interrogador. "Pues dije: ¡Mecagoendiós!" A pesar de haber sido proferido por un alto funcionario en el ejercicio de su cargo, haberlo hecho en dependencias oficiales y repetido, para su inclusión en su sumario, en una vista pública, en un tribunal, la ofensa a la religión quedó impune. O no, porque de aquel juicio acabó derivándose la llegada de Manuel Fraga a Galicia, y con ella la retirada de Villanueva Cendón de la política activa. Quizá es cierto eso de que Dios castiga sin palo ni piedra. Razón de más para que arreglar sus asuntos no necesite abogados que dicen que le representan, ni meterse en pleitos. Sin ir más lejos, si hubiese querido castigar a Willy Toledo, le hubiese hecho compartir elenco con Toni Cantó, por ejemplo.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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