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Yo quiero ojos azules

18/11/2011 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La cirugía plástica, el querer parecerse más a los demás. Nos retocamos las arrugas, las bolsas, la nariz, las caderas, el culo, los pechos, ... ¿Y los ojos?

Anda, díganme que no. Por hache o por be, los errores no están muy bien vistos y si cuando cometemos un fallo hemos aprendido a recular, ¿por qué no iba a hacerse con todo lo demás? ¿Por qué alguien que, al mirarse al espejo, en vez de nariz sólo ve una falta de ortografía, algo así como una “P” que le vuelve pensativo, prudente, parco en palabras, no iba a poder corregir su aspecto? Lo mismo que se cambia de chaqueta, se compra un monovolumen o se tatúa la espalda. ¿O no es lo mismo?

Desde luego, ustedes me dirán, cada cual padece para sí rasgos imperdonables vía herencia de los padres, o de los padres de éstos, pequeños datos genéticos que nos alejan un poquito del canon de belleza que benditamente se reparte en cada rinconcito de sociedad. Por lo tanto, digo yo, he ahí el gran enemigo que nos aleja de la típica aunque absoluta belleza de revista: la herencia genética. Al fin y al cabo, es la nariz de la prima Carmen, las orejas del abuelo sordo, las patillas de las gafas que en absoluto te estilizan el rostro pero que te regalaron sin darte cuenta tus padres, lo mismo que les pasó a ellos, generación tras generación; todos estos detallitos que dan personalidad y carácter a quien lo posee, a grandes rasgos, son los principales motivos por los que existe la cirugía plástica. Obsesionados con parecernos o dejar de parecer, nos vamos olvidando de quienes somos. Y, no me cabe duda, el verdadero culpable de esta desorientación social no es otro que el espejo, al que recurrimos con adicción cada mañana al levantarnos, al acostarnos, después de hacer fuerza, cuando vamos a hablar en público, al pasar frente a un escaparate, incluso cuando estamos conduciendo. Si algún día salimos de casa sin echarle un vistazo al reflejo, nos quedamos tan a disgusto como si hubiéramos olvidado el móvil. Vivimos para y por la imagen. Por no utilizar el resto de preposiciones.

Y digo todo esto porque la necesidad parece cruzar fronteras. Desde luego, ya está asumido y aceptado el concepto conocido como diagnóstico genético de pre implantación, una técnica utilizada para prevenir enfermedades mortales o genéticas en los bebés y que consiste precisamente en eso, en la preselección genética de los embriones, en busca de los sanos, pudiendo elegir, ya de paso, como quien decora una casa, los rasgos de perfil del hijo, si va a ser rubio o moreno, alto o bajo, con ojos claros o con la piel más oscura. Seguramente, todos estos padres, hartos de mirarse al espejo, han decidido deshacerse de esos detallitos que, generación tras generación, les han dado personalidad y carácter, y han decidido cortar por lo sano. Más o menos, saben lo que no quieren. Y lo sustituyen por algún rasgo de belleza de revista. Aunque, no crean, ellos también deciden correr el riesgo, así que es normal verlos llenos de incertidumbre, no queriendo saber hasta el final si es niño o niña.

De cualquiera de las maneras, no deja indiferente a nadie el remedio de la estética. Cada vez es más habitual encontrar a alguien que se haya operado las tetas o se haya estirado la piel. El doctor estadounidense Gregg Homero, sin embargo, va más allá. Se dedica a cambiar el color de los ojos. Con tan solo veinte segundos de luz láser, sustituye la pigmentación del ojo, volviéndolo azul. Así de simple. En menos de un minuto te han desteñido la mirada. Los colores desde entonces se hacen más intensos y la vida más feliz… Y no se rían, por favor. Porque, después de todo, no podrán negarme que todos, en algún momento, hemos fantaseado alguna que otra vez con poder mirarnos al espejo y tener otro color de ojos. Anda, díganme que no.


Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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Tipo:
Opinión
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